crónica desde Estambul // ANDRÉS Mourenza

Hidrellez, la fiesta de los hijos de los sefardís

Músicos celebran el Hidrellez.

Músicos celebran el Hidrellez.

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ANDRÉS Mourenza

Hay ocasiones en que Estambul parece un desagüe de la historia de España, el lugar adónde va a parar aquel pendiente que un día se escurrió por el lavabo o el anillo que se escapó por el fregadero, como si alguien hubiese retirado el tapón del discurrir del tiempo para que ciertas páginas de nuestra cultura fuesen a parar al sumidero de la Historia.

A veces, esos pedazos de historia perdidos reaparecen de improviso entre las calles de Estambul, en forma del meloso acento castellano de un judío sefardí o en las reminiscencias almohades del alminar de la Mezquita de los Árabes, donada por el sultán otomano a los musulmanes expulsados de la Península. Pero también al escuchar el agudo clarinete, el ritmo de las percusiones y el sonido cristalino de la cítara cuando las bandas gitanas conquistan el cuerpo de los estambulís durante las celebraciones de Hidrellez.

"Nuestros padres vinieron de España hace 500 años", explica con orgullo el citarista Osman, mientras acaricia el cabello alborotado de su pícaro hijo. "Primero se instalaron en Salónica (actual Grecia) y luego vinieron a Estambul". La historia es factible: además de con judíos y musulmanes, los Reyes Católicos se cebaron también con los gitanos a través de la Pragmática de Medina del Campo (1499), por la que se ordenaba a "los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos" hacerse sedentarios y tomar "oficios conocidos" en un plazo de 60 días o abandonar el país. En caso de negarse, serían desterrados perpetuamente y se les cortarían las orejas.

Hidrellez es el acontecimiento anual más importante para los habitantes del barrio gitano de Ahirkapi, la antigua Puerta de los Establos de Palacio, que se encuentra entre la zona de Sultanahmet y el mar. Los vecinos colocan mesas en la calle para ofrecer empanadas caseras, bocadillos de chorizo de vaca, arroz, cerveza y vino, todo al doble de su precio habitual. Incluso alguno saca todos los licores del mueble-bar y ofrece chupitos a precios astronómicos.

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Es una fiesta peculiar, este Hidrellez. La noche del 5 al 6 de mayo, según el calendario que utilizaban los nómadas turcomanos y gitanos de Anatolia, marca el límite entre las dos estaciones del año: los días de Hizir (la estación cálida) y los días de noviembre (la estación fría). Y como no podía ser de otra manera, la llegada del calor se celebra con gran jolgorio: la fama del festival de Ahirkapi atrae a jóvenes de toda la ciudad que se anudan pañuelos y flores en el pelo, se escriben los deseos en cintas colgados de un árbol, se saltan hogueras, se canta y se baila. Corren litros de alcohol, algo que no es muy común en los actos en los que participa el pío Ayuntamiento (pero la pela es la pela) y las celebraciones se extienden hasta la madrugada.

Escuchando tocar a Ali, el "rey de la darbuka", viendo los dedos de Osman desplazarse vertiginosos por las cuerdas de la cítara, observando a las y los jóvenes contonearse con los ritmos romaníes, uno no puede menos que dejarse llevar, olvidarse de lo pasado, atrás queda la larga estación de noviembre, como si nunca fuese a regresar. Ahora solo hay que disfrutar de Hidrellez.