26 oct 2020

Ir a contenido

Cando suenan las sirenas de emergencia de una crisis en que están en juego intereses vitales, apriorismos ideológicos, ortodoxias, financieras o no, obsesiones, filias y fobias pasan a un segundo plano ante la necesidad de salvar la casa de las llamas. Solo hace falta mirar a los números que hacen desde Bruselas y Fráncfort. Y algo así ha sucedido en Barcelona. De perseguir las terrazas de los bares centímetro en mano a ampliarlas raspando espacio al coche, de arrugar la nariz ante las molestias del turismo a suspirar por su retorno.