30 may 2020

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HISTORIAS DE LA CONTRA

Relatos relacionados con epidemias, plagas y situaciones límite que pusieron a prueba el aislamiento de la sociedad, contadas por Olga Merino e ilustradas por Ramon Curto

Los peregrinos arrastraban consigo rumores, pero nos resistimos a creerlos hasta que un amanecer, después de maitines, aparecieron en el portalón del convento dos hombres, los dos sobre la misma montura, bañados en sudor y polvo de los caminos. Querían agua para ellos y para abrevar al caballo, que traía los flancos desollados. Habían galopado la noche entera. Aseguraron ser padre e hijo, curtidores de oficio, y que venían huyendo de una pestilencia horrible que se llevaba a las gentes a manojos, una plaga que no perdonaba ni a viejos ni a mozos. Ya habían muerto por decenas en Besalú, en Santa Pau y aún más allá, dijeron, y las veredas venían llenas de labriegos sin rumbo. Que el mal procedía de Oriente, y que causaba grandes fiebres y unos bultos del tamaño de un huevo o una manzana en la entrepierna y los sobacos. “Soltad el ganado, haced el hato y echaos al camino, cuanto más al norte, mejor”, aconsejó el mayor de ellos, el padre, pero el abad bajó la vista, miró la punta de sus sandalias, y parecióme que tragó saliva. Los despidió con un pan de centeno y la promesa de que rezaríamos por sus almas. Una semana después —o acaso fueron cuatro días—, la muerte ya se había infiltrado entre nosotros, como el humo negro de una candela apagada.