08 jul 2020

Ir a contenido

Antes de todo esto, era fácil sentirse un extraño en el Gòtic. Aquí empezó todo con aquellos colonizadores romanos que se establecieron en el monte Táber, no muy lejos de lo que hoy es la plaza de Sant Jaume. Y monte por decir algo, porque no alcanza los 20 metros sobre el nivel del mar. La semilla de Barcelona se había convertido en un lugar irreconocible, deborado por un turismo que cambió el comercio, hechizó la restauración y expulsó a los vecinos. Hasta el punto de que hay más más camas para forasteros que para residentes. Llegó el coronavirus y borró con su aliento todo lo ajeno al barrio. Por eso ahora es fácil ver escenas imposibles a principios de marzo desde los tiempos preolímpicos. Niños correteando por el parterre de los olivos de la catedral, una madre jugando al 'frisbee' con su hija en la plaza, pachangas futboleras con jerseys como portería, dos veteranas vecinas charlando en el portal de su casa en Banys Nous, carreras de patinetes en Avinyó. El Gòtic, con sus problemas y sus desafíos, vive un espejismo; un sueño del que muchos no quieren despertar. O del que esperan poder retener algún diminuto retal.

Viaje por las ciudades en desescalada

R. Domènech / I. Noain / E. Cantón / B. Arce / A. Rocha Cutiller 0 Comentarios

Los corresponsales de EL PERIÓDICO en Roma, Nueva York, París, Londres y Estambul relatan la nueva realidad de esas ciudades en plena pandemia