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Posesión balsámica

Pau Arenós

Imagino al cocinero con los ojos fuera de las órbitas, un rictus maligno en la boca y una risa desencajada y aumentativa.


En la mano, un bote de crema de vinagre balsámico de Módena, Cuenca o Estambul, que todavía ninguna organización ha incluido en una lista de armas prohibidas.


El hombre, trastornado, acaba de terminar un plato, al que ha aplicado cierto talento. El día anterior pensó qué cocinar, lo fue a comprar y dispuso los elementos lo mejor que supo.


Y en este instante frenético, inducido por algo negro, espeso y dulzón, destruye el trabajo con unos churretones.


¿Por qué? ¿De qué parte de su interior ha surgido la necesidad de estropear el equilibrio del preparado con un innecesario e indeseado añadido?


Líneas alquitranadas, o círculos. Cordones de penitente.


Los psicólogos estudian la patología. Ya hay un posgrado universitario. Posesión balsámica, dicen los exorcistas. El mal del balsámico loco, dicen los veterinarios.


La semana pasada sufrí dos veces la epidemia: los agredidos fueron un pincho de cerdo y un cazón en adobo. Las familias de los ingredientes damnificados recogen firmas.

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