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Mamarazzis

Ana Obregón y la sobreexposición de su hija-nieta

Ana Obregón confirma su relación con Jeffrey Epstein aunque desmiente cómo conoció al depredador sexual

Ana Obregón, la semana pasada, en un acto de la Fundación Aless Lequio

Ana Obregón, la semana pasada, en un acto de la Fundación Aless Lequio / Raúl Terrel / Europa Press

Laura Fa

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En estas comidas y cenas de Navidad en las que ya parecía que no quedaban temas nuevos para discutir, Ana Obregón ha vuelto a sentarse a la mesa sin que nadie la invite. Su última portada en la revista '¡Hola!' ha logrado algo casi histórico. Dejar sin palabras incluso al 'cuñao' más pesado de la familia. No tanto por ella, que lleva más de 40 años instalada cómodamente en la exposición pública, sino por la imagen en la que aparece. Posa con su hija-nieta mientras alrededor flotan los nombres de Jeffrey Epstein y Alessandro Lequio. Una mezcla imposible. La imagen de una niña dulce e inocente colocada junto a dos hombres vinculados al abuso y la violencia. Todo en el mismo plano. Todo revuelto.

El 'caso Epstein' es gravísimo y exige contexto, cuidado y responsabilidad. Sostener a una menor mientras sobrevuela el tema de la violencia sexual no es ingenuo ni neutro. Sitúa a esa niña dentro de un relato que no le corresponde y normaliza algo profundamente incómodo: mezclar menores con temas que pertenecen exclusivamente al mundo adulto. A eso se suma el tema de Alessandro Lequio. Antonia Dell’Atte lleva décadas explicando los malos tratos que sufrió durante su relación con él. Ana, cuando le preguntan, responde que "Alessandro fue un gran padre para Aless" y subraya lo implicado que está en la fundación. Como si una cosa tuviera que ver con la otra. No vamos a entrar ahora en explicar qué es la revictimización, pero volver a hablar de maltrato mientras se posa con una menor vuelve a plantear el mismo problema. Una niña integrada en un conflicto adulto, en una historia de violencia que no es la suya.

Una gran contradicción

Ana Obregón ha protagonizado portadas como actriz, como icono sexual, como madre, como mujer rota por la muerte de su hijo. Siempre ha elegido contar su vida en público. El problema es que ahora ya no cuenta solo la suya. En marzo de este mismo año, aseguró que a partir de 2026 no volvería a posar con su hija-nieta en revistas ni a exponerla públicamente. Como si la protección de una menor pudiera ponerse en pausa. Como si el daño entendiera de calendarios. Al final, lo de siempre. Las ganas de foco pesan más que el compromiso. Y resulta especialmente llamativo si recordamos que fue la propia Ana Obregón, junto a otras famosas, quien luchó para que los hijos de personajes públicos aparecieran pixelados en los medios. Defendió el derecho de los menores a la intimidad. Sabía perfectamente lo que implica crecer bajo la mirada constante.

Por eso no dejamos de alucinar con que ahora exponga sin filtros a una niña que no puede decidir. La Ley Orgánica de Protección Jurídica del Menor es clara. El interés del menor debe prevalecer siempre, incluso frente al dolor, el duelo o la necesidad de contar una historia. Los niños tienen derecho a la intimidad, a su propia imagen y a un desarrollo emocional libre de cargas ajenas. Nadie duda de que Ana Obregón quiera a su hija-nieta. Ese no es el debate. El debate es el papel que se le asigna, el de la niña-milagro, la heredera del dolor, la razón para seguir viviendo. Ese lugar, por muy bienintencionado que parezca, puede convertirse en un duelo permanente impuesto desde fuera. Los niños no deberían ser símbolo, consuelo ni escenario de conflictos ajenos. Y no, no vamos a mencionar el tema de la explotación reproductiva, porque eso nos daría para cuatro artículos más… y hoy no es el tema.

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