27 sep 2020

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CONFINADO REAL

El rey de Tailandia se atrinchera en un hotel de lujo alemán con sirvientes y una veinta de concubinas

El pueblo percibe a Vajiralongkorn como un bala perdida, coleccionista de mujeres e hijos extramatrimoniales, excéntrico, violento y fiestero

Adrián Foncillas

La reina Suthida el día en que se convertía en la cuarta esposa del rey Vajiralongkom, en mayo del año pasado.

La reina Suthida el día en que se convertía en la cuarta esposa del rey Vajiralongkom, en mayo del año pasado. / AFP / THE ROYAL HOUSEHOLD BUREAU

¿Un monarca que alienta y reconforta, que blande su espada y lidera la lucha, que aclara al pueblo que no está solo en la adversidad? No lo busquen en Tailandia, está en Alemania. El rey Vajiralongkorn lidia con la epidemia del coronavirus desde un hotel de lujo de los Alpes nevados, a miles de kilómetros de las cálidas playas tailandesas, junto a su séquito de sirvientes y concubinas.

El Gran Hotel Sonnenbichl no parece el peor lugar para soportar los rigores del confinamiento. Se levanta a los pies de los Alpes y ofrece una gloriosa panorámica de la que emerge el Zugspitze, la montaña más alta del país. En la decoración de sus suites transpira ese lujo regio de las viejas capitales centroeuropeas. Y estos días es, además, el único hotel de la localidad de Garmisch-Patenkirchen que ha ignorado la prohibición de apertura. Un portavoz del distrito ha justificado el “permiso especial”  en el “grupo homogéneo y sin fluctuaciones” que forman los huéspedes, asegura el diario alemán 'Bild'. Quizá influyera también que Vajiralongkorn sea el monarca más rico del mundo.

El diario asegura que el rey se ha llevado consigo un harén con una veintena de concubinas y una nutrida servidumbre aunque se desconoce si ha incluido a su cuarta esposa en el séquito. La comunidad, en todo caso, ha quedado adelgazada por el regreso forzoso de 119 miembros a Tailandia que, según el medio, estarían contagiados.

Del actual rey no esperaban mucho los tailandeses, pero esa huida oprobiosa se ha juzgado excesiva incluso para sus estándares. Ni siquiera la draconiana Ley de Lesa Majestad, que castiga cualquier crítica a la monarquía con 15 años de cárcel, ha acallado esta vez al pueblo. El activista Somsak Jeamteerasakul, desde su exilio francés, ideó el hashtag “Para qué necesitamos un rey” que ha catalizado las críticas. Desde la cuenta gubernamental de Twitter se hubo de recordar, con la imagen de unas muñecas esposadas, que no es recomendable incumplir la ley.

Un bala perdida

La monarquía fue la institución más reverenciada del país mientras el rey Bhumibol ocupó el trono. Su muerte, dos años atrás, sumió al pueblo en un insoportable duelo que el inminente relevo por su hijo no ayudó a aliviar. Mientras Bhumibol vestía mundanas camisetas, su hijo aparecía en tirantes y tatuado. Cuando el primero recorría las provincias agrícolas y se fotografiaba con los campesinos, el segundo derrochaba en fiestas y banquetes pantagruélicos. Y si el rey fallecido sufragaba proyectos e infraestructuras en las regiones más pobres, el actual nombraba mariscal a su perro Foo Foo, lo llevaba a las recepciones oficiales y organizaba un funeral de cuatro días a su muerte.

El pueblo percibe a Vajiralongkorn como un bala perdida, coleccionista de mujeres e hijos extramatrimonialesexcéntrico, violento y fiestero. Tampoco la subida al trono le ha dotado del decoro que los más optimistas auguraban. De la boda del pasado año se recuerda a la reina Suthida culebreando con su vestido de seda sobre los marmóreos suelos palaciegos hasta alcanzar las botas del semidivino rey para recibir en su frente el agua sagrada. Meses después se autoregaló una concubina real, una figura que la monarquía tailandesa había enterrado más de un siglo atrás. Aquel trío fue efímero: el rey le retiraría poco después el título, los honores y condecoraciones tras acusarla de dividir a los cortesanos, confundir al pueblo y pugnar con la reina.

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