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EDITADO POR AGUILAR

La vida 'partía' de Alejandro Sanz

El cantante y compositor madrileño de sangre gaditana repasa su infancia y los durísimos inicios de su carrera en el libro de memorias '#Vive'

Olga Pereda

Alejandro Sanz, durante sus inicios como cantante y compositor. Imagen incluida en el libro de memorias #Vive / AGUILAR

Alejandro Sanz, durante sus inicios como cantante y compositor. Imagen incluida en el libro de memorias #Vive
Sanz, en una foto de archivo incluida en #Vive

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Durante muchos años Alejandro Sanz (Madrid, 1968) no fue 'Alejandro el desmayador' sino un chaval de Moratalaz de tupé kilométrico que amaba la calle y la guitarra infinitamente más que los libros. Un madrileño con sangre gaditana que se pateó mil garitos, mil radios locales y mil estudios antes de convertirse en el artista prestigioso que es hoy. Óscar García Blesa trata de resumir su compleja biografía personal y profesional en '#Vive' (Aguilar).

Alenjandro Sanz, de niño / AGUILAR

Mamá loba y papá ausente

Las memorias de Alejandro Sánchez Pizarro empiezan con un bellísimo homenaje a su madre gaditana, una mujer con la fuerza de cien lobos. “Me canturreaba nanas con su voz de laurel. Yo tenía meses de vida y estaba más cerca de lo que estaré nunca de la felicidad completa. Es el recuerdo más antiguo que tengo. Aún puedo distinguir sus ojos de loba mirándome con un amor que ahora desearía tener de nuevo”. Sanz creció con un padre ausente. Era músico y vendedor de libros y se pasaba todo el tiempo viajando con su grupo. "Podíamos estar meses sin verlo. No es ningún reproche, lo que hacía era trabajar para traer el pan a casa”. El primer regalo que le hizo fue una raqueta. La cogió frente al espejo como si fuera una guitarra.

Malas calles

Si hay algo que define al autor de 'Viviendo deprisa' es su carácter de chico de barrio. Primero Ciudad Lineal y luego Moratalaz. “Era como cruzar el Mississippi, otro mundo distinto. Si no eras fuerte para pelear, no eras nadie. La calle es una escuela que, si sabes salir a tiempo de ella, puede ser maravillosa. Convives con la realidad más cruda”. No estamos delante de san Alejandro Sanz a pesar de que muchos pueden pensar que su vida es y ha sido modélica. “Mis primeros años conformaron una fase en la que pasaron muchas cosas. Es bueno bajar a los infiernos de vez en cuando. No puedes cantar canciones que emocionen jugando al golf”.

Karate o ganchillo

Alejandro y su hermano, Jesús, daban muy mala vida a su madre, que estaba desesperada y les quería apuntar a cualquier actividad. La escuela de karate ese día estaba cerrada, así que lo hizo en la de guitarra (a Jesús le tocó ir a la de flauta) pero pudo haber sido la de ganchillo. “Nos hubiera apuntado a cualquier cosa con tal de quitarnos de encima”. Rápidamente, Alejandro se convirtió en un fanático de la guitarra, que empezaba a tocar a las seis y media de la mañana. “Mi madre me dio con ella en la cabeza y le hizo un boquete. Lo tapé con un anuncio de Kodak”. El primer bar en el que tocó se llamaba Los Nardos: 3.000 pesetas al mes por tocar tres veces al día durante toda la semana. Las sesiones de madrugada eran las más chungas, con clientes ‘cargaítos’.

Un pésimo estudiante con magnetismo

Alejandro era un chaval guapete. Tenía un magnetismo y una simpatía que solo tienes si naces con ella. Hacía gracia hasta a los profesores y eso que era de todo menos buen estudiante. En EGB tuvo un profesor que dividió la clase en tres grupos. “Del grupo A solo los tres primeros llegarán a algo en la vida. De los del B probablemente ninguno. En el C nadie llegará a nada”, les espetó. El futuro compositor estaba, evidentemente, en el C. En primero de BUP no aprobó ni una asignatura.  A él lo que le gustaba era tocar la guitarra, aunque fuera el tema cristiano 'Alabaré'. Jinete inmortal fue el nombre con el que bautizó a su primer grupo. Cuando le echaron del instituto conoció a un profesor particular que le cambió la vida: el excelente Vicente Ramírez, que el primer día le dijo:  “Sé que eres capaz de ser el primero de clase. Atrévete a demostrármelo”.

Junto con Barak Obama durante su mandato como presidente de EEUU / AGUILAR

Fama, castigo de Dios.

“El éxito es un amigo que te deja tu espacio. La fama es un amigo que no te deja respirar. Qué bueno ser como el grupo Kiss, que se quitan la pintura de la cara y pueden salir tranquilos a caminar por la calle”, afirma el autor de 'Corazón partío', que en la gira de 1992 se ganó a pulso el apodo de 'El desmayador' y que ahora hay una cosa que echa muchísimo de menos: montar en metro. “Lo peor de la fama es la fama en sí. Pero es algo que también te da la oportunidad de hacer muchas cosas, iniciativas solidarias [ya sea con el medio ambiente o la infancia] que pueden llevarse a cabo precisamente por la fama. No me gusta demonizar nada, ni siquiera la fama, que tiene tanto de demonio. Es el castigo que Dios manda a los artistas”. Sin embargo, también le ha servido para cartearse y verse con el hombre más poderoso del mundo (en su día): Barak Obama, al que pidió ayuda a favor del medio ambiente.

“No va vender un disco en su puta vida”

Los inicios profesionales no fueron nada fáciles. Y eso que se pateó todas las radios y televisiones locales de España. Podía hacer doce entrevistas al día. “¿Qué vais a hacer con este chico? No va a vender un disco en su puta vida”, le espetó un eminente periodista a un ejecutivo Warner. Todo empezó a cambiar a raíz de su primer gran concierto, la primera vez que Alejandro Sanz lloró después de actuar en público. Fue en 1991, un 'show' benéfico que se emitió en TVE. Cuando llegó al camerino, Sanz se tuvo que tumbar en el suelo.

Paseando con su hija Alma / Aguilar

Mal perdedor de mus

El autor de 'Más' es padre de cuatro hijos. Con Jaydy Michel tuvo a Manuela. Alexander nació fruto de su relación con Valeria Rivera (que provocó la separación con Michel). Con su actual pareja, Raquel Perera, tiene a Dylan y Alma. “Llevamos una vida muy tranquila. Alejandro nunca e levanta de mal humor, es la persona menos rencorosa que conozco. Es generoso. Le gusta cocinar para los amigos. Y ahora lo malo: no le gusta nada perder al mus. Es mi marido y muchas veces le quiero matar. Pero me pongo los cascos y escucho un disco suyo y se me pasa enseguida”, afirma Perera.