Ir a contenido

UNA VIDA DE CINE

Jacqueline Kennedy: la viuda de América

Ricardo Mir de Francia

Una semana después de que su marido fuera asesinado en Dallas, Jackie Kennedy invitó al periodista Theodore White a que la entrevistara en la mansión de su familia en Cape Cod (Massachusetts). Quería contarle su versión de lo que pasó aquel fatídico día y en las traumáticas horas que le siguieron. Jackie le habló del calor de Dallas, de las multitudes o de los intentos posteriores para alejarla del cadáver de su marido, pero también aprovechó para inventarse el mito heroico que se asociaría desde entonces con la presidencia de John F. Kennedy. En un golpe de genialidad política, le contó al periodista que antes de acostarse escuchaban discos, especialmente el de 'Camelot', un musical de la época que contenía la estrofa favorita del presidente. «No dejes que se olvide que una vez hubo un lugar, durante un breve momento resplandeciente, que se llamó Camelot».

Aquella conversación dio pie al artículo que cerró la edición que 'Life' dedicó al magnicidio y al funeral de JFK en diciembre de 1963. Y con ella también se abre Jackie, la estupenda película del director chileno, Pablo Larraín, que narra la atormentada vida de la primera dama en los días que siguieron al asesinato. El filme -que se estrena aquí el próximo viernes- es a la vez un retrato emocional de aquella mujer casi perfecta a ojos del público, interpretada magistralmente por Natalie Portman, como una mirada a las decisiones que tomó para construir el legado de su marido y encumbrarlo a los altares del panteón político estadounidense tras una presidencia breve y complicada, más recordada por sus aspiraciones que por sus logros.

LA ESCENOGRAFÍA

El mito de Camelot es un ejemplo. Pero hay otros, como el funeral de Estado que le organizó inspirado en el de Lincoln, o la privilegiada colina que escogió en el cementerio de Arlington para que descansaran sus restos. «Ella era muy buena con la escenografía, como demostró al diseñar aquel funeral. Realmente pensó en la historia y en la importancia del momento, sabía que estaba construyendo el legado de su marido», dice en una entrevista Tina Cassidy, autora de 'Jackie After O', una biografía que examina la vida de la Kennedy después de que perdiera en 1975 a su segundo marido, el armador griego Aristóteles Onassis.

Veintitrés años después de su muerte, la que fuera durante muchos años la viuda de América sigue siendo en gran medida un enigma. «Si vas a una librería encontrarás, una descabellada cantidad de biografías sobre Jackie», dijo Larraín al presentar la película, su primer trabajo en inglés. «Pero a pesar de que se ha escrito mucho, sabemos muy poco. Es la persona más desconocida que hay».Cassidy sostiene que como mínimo hay dos Jackies. La pública y la privada.

La primera es aquella mujer pre-feminista, hija de un bróker de Wall Street que se convirtió en una madre modélica y esposa abnegada, en un icono de la moda, en un ejemplo de dignidad ante el dolor, como pudieron ver por televisión millones de estadounidenses en el funeral por las calles de Washington o en aquella foto con el Channel rosa todavía manchado de sangre mientras el vicepresidente Lyndon Johnson jura el cargo a bordo del Air Force One.

PRIMERA DAMA

Como primera dama no fue una Eleanor Roosevelt o Hillary Clinton, porque apenas intervino en la gestión política de su marido. La política le interesaba poco. Antes de que su JFK fuera elegido, dejó perpleja a la prensa al decir que no sabía que día se celebra la investidura (desde 1937, siempre el 20 enero) o al proponer el balneario mexicano de Acapulco como un lugar apropiado para celebrar la Convención Nacional Demócrata. Pero detrás de algunas de las empresas que abordó, como la redecoración de la Casa Blanca, había mucha más enjundia de lo que muchos le atribuyeron. «La interpretación más simplista dice que cambió las alfombras y todo eso, pero lo que hizo fue una minuciosa investigación histórica para asegurarse de que las antigüedades y objetos de la Casa Blanca contaran la historia de América», dice Cassidy.

Veintitrés años

después de su

muerte, su figura

sigue siendo

todo un enigma

La Jackie privada era mucho más incisiva y aguda que la mujer modesta y algo ingenua que representó ante las cámaras en aquella primera presidencia televisiva. Así se extrae de las ocho horas y media de entrevistas que concedió al historiador y asesor de su marido Arthur Schlesinger, en 1964, unas cintas que no se publicaron hasta 2011. Esos documentos tienen un extraordinario valor histórico porque Jackie solo dio tres entrevistas desde el asesinato de JFK hasta su muerte en 1994. En las cintas no habla de aquel día aciago, algo que nunca volvió a hacer tras la entrevista con White, pero sí habla de su matrimonio, de la vida en la Casa Blanca y de los «estadios extremos del dolor» por los que atravesó en aquellos meses posteriores, en palabras de su hija Caroline. (Pocos años después, en 1968, fue asesinado Robert Kennedy, otro trauma que le hizo revivir los fantasmas del pasado).

PERIODISTA Y EDITORA

A pesar de los traumas y las ausencias, Jackie siempre supo reinventarse y nunca quiso ser un bonito mueble ajado. Antes de casarse con JFK trabajó como periodista y, después de perder a Onassis y criar a sus hijos, se reconvirtió en editora de libros. «No necesitaba el dinero porque se gastaba más yendo un día de compras de lo que ganaba trabajando en un año, pero era una mujer inteligente y brillante que quería usar su mente», dice Cassidy.

La película de Larraín, con guion del debutante Noah Oppenheim, es muy fiel a la historia y la documentación que existe del personaje en los archivos. Eso piensa Cassidy, aunque hay algunas licencias como las conversaciones que mantiene con el cura y en las que se cuestiona su fe. Jackie mantuvo correspondencia con algunos sacerdotes, pero no hay constancia de que se reuniera con ninguno de ellos en los días posteriores al asesinato. El filme no entra en temas morbosos, como las infidelidades de JFK o las enfermedades que arrastró toda su vida y que ocultó a la ciudadanía.