Ir a contenido

James Dean

El bonito cadáver ya tiene 60 años

NÚRIA MARRÓN

La noche antes de partirse el cuello al volante de su Porsche nuevo, un Spyder 550 al que llamaba Pequeño bastardo, James Dean le fue a llevar su gato a Liz Taylor, para que se lo cuidara mientras él acudía a una carrera en Salinas, California. Nunca volvió a recogerlo. De la nada -que en este caso fue un cruce- le salió un Ford Tudor con el que chocó antes de estamparse contra un poste de telégrafo. Era el 30 de septiembre de 1955 y no deja de ser curioso que el hombre que parecía arrastrar tempestades más que problemas, y que se movía en los márgenes de la estabilidad emocional y la heterosexualidad, se convirtió en fetiche de la contestación beat y de la rebeldía juvenil precisamente en otro margen: el de una solitaria carretera de provincias.

Cada época fabrica sus mitos. Y James Dean dejó un cadáver de 24 años en el que se miró una generación que, tras la segunda guerra mundial, se estaba inventando  la identidad juvenil. Los diarios y debates de la época dedicaban entonces sus exclamaciones a esos hijos de la prosperidad que alargaban la vida educativa en los high school y que se mostraban desobedientes, desnortados y desdeñosos con el puritanismo y la complacencia de sus padres. En el

rock de raíces negras, la nueva subcultura encontró sexo, contestación, alegría, dolor y furia. Y en el cine, un mito solitario que vestía tejanos y cazadora de cuero, que parecía escupir sobre los hombres perfectos del sueño americano y poseía esa amarga insolencia que desde entonces ha marcado el molde de los ídolos juveniles.

Huérfano de madre

¿Pero quién había detrás de ese insomne ojeroso que sacaba de quicio a directores a cambio de interpretaciones extremas? Según explica Philippe Besson en el recién publicado Vive deprisa, básicamente un niño huérfano «que nunca llegó a mitigar su pena». Hasta los 9 años, la vida de Dean transcurrió plácidamente entre las faldas de Mildred Dean, una mujer intuitiva y desprejuiciada que había percibido la pulsión artística de su hijo y, ante el sofoco de la familia y el vecindario, lo había apuntado a clases de claqué y violín. No solo eso: en su casa de Los Ángeles, adonde la familia, procedente del Medio Oeste, se había instalado, se entretenían juntos inventando tramas y escenificándolas ante un público imaginario. Aquel mundo, sin embargo, implosionó cuando Mildred murió de cáncer y su padre, un protésico dental, lo envió a vivir con sus tíos a una granja en Indiana. Allí, explica Besson, Dean vivió dos episodios que lo marcaron para siempre: el sacerdote del pueblo lo sometió a abusos sexuales y una maestra aficionada al teatro se brindó a pulir sus dotes interpretativas tras quedar perturbada por la luminosidad y la violencia con la que aquel mocoso recitaba poesía.

A los 18 años,  volvió a Los Ángeles con su padre, que se había empeñado en comprarle un futuro como abogado matriculándolo en Derecho. Los planes del chico, sin embargo, eran otros: quería ser actor y mientras tanto, emplearse en encadenar audiciones, juergas, chicas, trabajos que apenas le duraban una semana y papeles esquinados en telefilmes. Por aquel entonces, se fue a vivir al apartamento del futuro guionista Dennis Stock, con el que empezó a adentrarse en la complejidad de las relaciones afectivas y sexuales. Y luego se dejó querer por el publicista Rogers Brackett, que allanó con contactos y ayuda económica su traslado a Nueva York.

Allí se matriculó en el Actors Studio y siguió apurando la noche, el hígado, la velocidad -dicen que era capaz de conducir a 190 km/h por el centro de la ciudad en hora punta- y las relaciones con mujeres mayores y con chicos a los que echaba de la cama al amanecer.

El director Elia Kazan leyó en sus ojos el desamparo infantil que necesitaba para el personaje de Cal Trask en Al este del edén y, tras el éxito de la película, Hollywood invistió a una nueva estrella cuyas rarezas y caprichos eran pura pesadilla en los rodajes y una bendición para la Warner y las revistas, que se lamieron los bigotes con su apasionado idilio con la actriz Pier Angeli.

De nuevo fue su aura frágil y violenta la que atrajo a Nicholas Ray, que andaba buscando el reparto para Rebelde sin causa. La película no solo llevó tan lejos como permitían la censura y los tiempos la tensión sexual entre los personajes que encarnaban Dean y Sal Mineo, sino que acabó convirtiéndose en el manifiesto fundacional de esa juventud cuya exaltación no estaba aún claro si acabaría en rebelión o destrozándolos. En el caso de Dean, el misterio lo resolvieron un cruce y un Ford Tudor. Cuando Rebelde sin causa y Gigante se estrenaron, el actor ya moraba en el mismo cementerio de Indiana al que tantas veces había llevado flores frescas a la tumba de su madre. Mientras los gusanos acometían su trabajo, Hollywood hacía el suyo convirtiéndolo en una industria que, 60 años después, sigue siendo fabulosa.

Temas: Cine