ENTREVISTA CON LA PRESENTADORA DE TELEVISIÓN

Mayra Gómez Kemp: «He sido valiente ante la vida, y también ante la muerte»

Mayra Gómez Kemp, en Madrid, la pasada semana.

Mayra Gómez Kemp, en Madrid, la pasada semana. / AGUSTÍN CATALÁN

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POR JUAN FERNÁNDEZ

Al otro lado del éxito hay seres humanos que deambulan por la vida portando la misma maleta de penas y alegrías que arrastran quienes les idolatran, aunque esa parte rara vez ve la luz. Mayra Gómez Kemp, presentadora del mítico Un, dos, tres, fue hace tres décadas uno de los rostros más populares de la televisión. Ahora, a sus 66 años, tras superar dos episodios de cáncer y múltiples vivencias jamás contadas, ha decidido repasar su vida en un libro de memorias, ¡Y hasta aquí puedo leer! (Plaza & Janés), donde desnuda a una currante del espectáculo que jamás acabó de creerse del todo el éxito que le tocó vivir.

-Cantó, hizo cine y teatro, fue locutora de radio, reinó en la tele, trabajó hasta en el circo. ¿Pero usted qué quería ser realmente?

-De muy pequeña decía que quería ser astronauta, porque me fascinaba la ciencia ficción, pero me contaron que tenía que estudiar muchas matemáticas y eso ya no me iba tanto. Mis padres no tardaron en darse cuenta de que yo iba a ser carne de cañón, que su hija no había nacido para quedarse encerrada en un despacho. En el colegio cantaba, bailaba, hacía teatro, colaboraba en el periódico, en los grupos de debate. Yo siempre me he apuntado a un bombardeo.

-Resumiendo: a falta de poder ser astronauta, se hizo estrella de la tele. 

-Qué bonito suena eso, se lo pido prestado, pero le confieso que nunca me vi a mí misma como una estrella, solo siento que he sido una mujer muy trabajadora. Spencer Tracy decía que el secreto de un buen actor consiste en memorizar bien el guion y saber dónde está tu marca. Ese lema me lo podría aplicar. Yo me he dedicado toda mi vida a hacer lo que me pidieron, aprenderme bien lo que tenía que decir y ser puntual. En esto último me entendía muy bien con Chicho [Ibáñez Serrador], que decía que la única excusa para no ser puntual es estar muerto.

-¿Conseguía aislarse del fervor popular que la rodeaba?

-Sí, porque para mí todo eso era solo trabajo, la forma en que me ganaba la vida, nada más. Pero mi vida, mis intereses, estaban en otro sitio, en mi casa, con mi familia, con mi marido. Soy una aburrida señora que lleva 40 años casada con el mismo señor y ambos hemos llevado una vida normalísima. En esos años de fama y éxito, mi única preocupación era hacer bien mi trabajo y no perderlo. Estaba convencida de que a los seis meses de desaparecer de las pantallas, la gente se olvidaría de mí.

-¿Tiene claro por qué Ibáñez Serrador le ofreció presentar el Un, dos, tres?

-Fíjese, le diría que por mi memoria. Siempre he disfrutado de una memoria fotográfica fabulosa. A mí me da un papel con un texto y solo necesito echarle un vistazo para grabarlo en mi cabeza. Antes de presentar el Un, dos, tres participé como actriz en el programa y jamás cometí ni el mínimo error. En aquella tele no había pinganillos ni telepronter que te chivaran lo que tenías que decir, estabas sola ante la cámara, y creo que Chicho intuyó que yo no le iba a fallar. Aunque, realmente, yo no fui la primera opción, sino la segunda.

-¿Ah sí?

-Primero se lo propuso a Chicho Gordillo. Al renunciar él, Ibáñez Serrador acudió a mí, que en ese momento estaba presentando el programa juvenil Sabadabadá. Un buen día de agosto de 1982, estando en la peluquería, me pasaron a Chicho al teléfono. Me dijo: «Mayra, no voy a dar muchas vueltas, ¿quieres presentar el Un, dos, tres?». Y allí mismo, con los rulos puestos y la toalla liada a la cabeza, le contesté que sí. Esa noche fui a su casa a hacer una prueba y al acabar me despidió diciendo: «Adiós, Mayra Gómez Ledgard».

-¿Ese día empezó su etapa más feliz?

-No. Los momentos de mayor felicidad que he vivido trabajando no fueron en la tele, sino en la radio. Mientras hacía el Un, dos, tres, estuve en Antena 3 Radio y de buena gana me habría quedado toda mi vida delante de aquellos micrófonos. La radio tiene algo especial. Los oídos no tienen párpados y eso te permite acompañar a la gente en la cama, en la cocina, viajando. Me gustaría haber sido una Julia Otero o un Luis del Olmo de la radio, más que ninguna otra cosa.

-¿Qué le frenó?

-Me salió lo de la tele, y eso pudo con todo. La cámara encierra un misterio imposible de explicar: hay personas de las que se enamora y otras de las que no. No es una habilidad que se aprenda en la escuela, es algo con lo que naces. Y resulta que yo la tenía, o eso decían. Tuve la suerte de que la cámara me quería.

-Imagino que todo eso lo ignoraba el día en que se plantó en Barcelona con 22 años. ¿Qué buscaba?

-Vine para pasar un año sabático y volverme cuando se me acabaran los dólares que traía, pero aquí descubrí algo inesperado. Había vivido la mayor parte de mi vida en Estados Unidos, pero allí me sentía una ciudadana de segunda. En cambio, aquí me sentí acogida, respetada y aceptada. La gente tenía una inocencia y una forma natural de relacionarse que me parecía familiar. Tuve una especie de dejavú, como si yo hubiera estado aquí antes, como si perteneciera a este lugar.

-¿Cómo era la Barcelona que encontró en 1970?

-Para una jovencita como yo, que llegaba de Estados Unidos, fue una sorpresa agradabilísima toparme con una ciudad tan hermosa y cargada de historia. Recuerdo que Tete Montoliu tocaba jazz en un local de la calle Tusset y solía ir a verle después de tomarme en una granja una tortilla francesa con rodajas de tomate y un café con leche por 25 pesetas. En aquellos años la dictadura ya era dictablanda, pero había algo que no entendía, y era por qué no dejaban a los catalanes hablar en catalán, cuando todo el mundo lo hablaba en las casas y las tiendas.

-¿Por qué eligió Barcelona?

-Porque aquí vivía una amiga, simplemente. Para mí fue una suerte, porque Barcelona era en ese momento una ciudad más abierta y avanzada que Madrid. En la capital estaba el Gobierno, Franco, los ministerios. En cambio, en Barcelona la cultura era más liberal, era la ciudad más europea de España. A través de un amigo de mi padre empecé a trabajar en una agencia de publicidad, donde me fue muy bien.

-Hoy podría ser una anónima ejecutiva publicitaria.

-Seguramente, pero la vida me llevó por otros caminos. Creo que era demasiado joven para aquello. Con 22 años fui la primera mujer redactora de textos de la agencia, la primera que tuvo un grupo de creativos a su cargo. Lo de ser pionera ha sido una constante en mi vida. Luego me tocaría ser la primera mujer que presentaba un concurso televisivo en el mundo.

-En los últimos años ha tenido que afrontar retos más difíciles que presentar el Un, dos, tres.

-Yo siempre supe que ante la vida era valiente, pero no sabía si iba a ser igual de valiente ante la muerte. Y descubrí que sí. He luchado dos veces contra el cáncer, uno de lengua y el otro de garganta, y he afrontado todos los daños colaterales que esta enfermedad te deja. En mi caso fue especialmente cruel, porque aparte de la vida, pudo quitarme mi medio para ganarme la vida, el habla.

-¿Cómo se logra ser valiente ante la muerte?

-Sacas fuerzas de donde ignoras que las tienes. Yo sé lo que es mirarte al espejo y verte totalmente deformada, y decirte: «Esa no soy yo». Después de 36 sesiones de radioterapia y otras tantas de quimioterapia, sin pelo y con 16 kilos menos, yo era solo huesos y pellejos; parecía que me había escapado de un campo de concentración. En esas circunstancias no es fácil decirte: «Ahora te vas a levantar y vas a seguir luchando, y vas a recuperar el habla». Lo logré porque aposté por echar para adelante.

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-Hay quien vive esto de forma muy privada, pero usted fue a la tele a contarlo, y ahora lo relata en sus memorias. ¿Es mejor así?

-Decidí contarlo porque intuí que me iba a hacer bien, como así ha sido, y también porque sentí que de este modo podía ayudar a otras personas que estuvieran en mi misma situación. Yo he ido por la calle con la cabeza cubierta, escondida tras unas gafas negras para que nadie reconociera mi cara deformada, y la gente ha vendido a abrazarme y decirme: «Ánimo, Mayra, tú puedes, vas a salir de esto». No sé si eso cura, pero le aseguro que ayuda mucho.