24 sep 2020

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CURIOSAS REVELACIONES DE UNA BIOGRAFÍA DEL NATURALISTA, DE CUYA MUERTE SE CUMPLEN HOY 30 AÑOS

Rodríguez de la Fuente pasó la infancia de cueva en cueva

ÁLVARO GARCÍA MONTOLIU
BARCELONA

Puede parecer coherente con su posterior obra, pero no por ello deja de sorprender. Una biografía de Félix Rodríguez de la Fuente (Poza de la Sal, 1928) revela que el célebre divulgador naturalista, de cuya muerte se cumplen hoy 30 años, pasó buena parte de su infancia jugando de cueva en cueva. «Fue un golpe del destino. No fue a la escuela hasta los 10 años y medio. Por aquel entonces, viajaba mucho en mula hasta las cuevas de Altamira, cuando aún no eran conocidas, porque su padre era amigo del descendiente del descubridor», explica Benigno Varillas, autor de Félix Rodríguez de la Fuente. Su vida, mensaje de futuro.

El biógrafo cuenta cómo De la Fuente vivió entre 1936 y 1939 una vida intensa en la que conoció la naturaleza. En vez de ir a la escuela se pasaba el día jugando por los arroyos de su pueblo. Y cuando al final no tuvo más remedio que ir a clase, huía por la ventana para ir a ver buitres y ranas. «Él equiparaba esa experiencia con el paleolítico de la humanidad. Su juventud es una lucha para recuperar la libertad», comenta Varillas. Precisamente, el mensaje que él transmitió en el futuro.

En sus años universitarios, el realizador participó en diversas actividades deportivas. «Valoraba mucho mantener el físico capacitado para defenderse como el hombre primitivo», recuerda Varillas. Buscaba una fisonomía que se pudiese equiparar a la de los bosquimanos y otras tribus milenarias, cuyos cuerpos De la Fuente describía como «perfectos». El autor describe al divulgador como «un rebelde que nunca quiso ser domesticado». Y metódico. En 1965, antes de que su labor empezase a cobrar la importancia que ahora tiene, escribió un ideario sobre lo que quería hacer. «Es impresionante que tuviese tan claro su objetivo en los siguientes 15 años».

CONTACTO CON EL REY SAUD / De sus viajes por todo el mundo, De la Fuente quedó impactado por varios. Uno de ellos fue cuando estableció contacto con las tribus africanas. También le fascinaron la naturaleza prístina del Orinoco (Venezuela) y sus exóticas escapadas a Arabia Saudí. Allí estableció contacto con el rey Saud, a quien llevó expresamente dos halcones peregrinos que él mismo capturó como obsequio de Franco. «Fue muy amigo de los cetreros reales, pese a que estos disponían de todos los medios del mundo». Esta fascinación por la cetrería le llevó, por aquellas fechas, a ser asesor de El Cid, en cuyos platós coincidió con Charlton Heston y Sofía Loren. Pero el encuentro que más le marcó fue el que tuvo con un trampero en Canadá. «Él leía libros sobre estos temas que le encantaban. El último reportaje que se emitió en televisión estando él vivo fue sobre uno de estos viajes. Al final, el destino fue caprichoso y su cuerpo acabó quedándose a vivir con ellos», concluye Varillas.