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Cata Mayor

No nos gusta el chiringuito, sino la idea de chiringuito

De la ensaladilla guarra a la ensaladilla elegante

Restaurante Fandango Formentera: olas de color turquesa, paella de gambas y cigalas a la brasa

Restaurante Toc al Mar: la paella cuadrada en el súper chiringuito

Un bogavante y una langosta en un chiringuito.

Un bogavante y una langosta en un chiringuito. / Pau Arenós

Pau Arenós

Pau Arenós

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El verano es imán de chiringuitos, aunque en esa palabra quepan demasiadas cosas, todas ellas caras, porque incluso el cañizo más modesto dispone de una carta sobrepreciada.

Es el coste de establecerse frente al mar, más en lo ilusorio que en la realidad. Porque lo que en nuestra mente es música de ukelele, cócteles helados, brisa revitalizante, arena impoluta y el azul de los ojos de una estrella de Hollywood en la materialidad es reguetón, cerveza tibia, vaharadas ardientes, arena tiroteada con colillas y un mar terroso abochornado por las altas temperaturas.

Comprendo parcialmente los importes abusivos porque se trata de un negocio corto, de temporada, y con concesiones municipales por montantes de palacio versallesco.

Al menos, que el hielo de las copas no se derrita a la velocidad del Ártico y que el condumio sea aceptable. Nos clavan, sin duda, pero que podamos terminar la crucifixión moderadamente felices y silbando como en el final de ‘La vida de Brian’: ‘Mira siempre el lado bueno de la vida’.

En ningún lugar consta que el chiringuito tenga que ser marítimo, el diccionario solo indica que respira al aire libre: quiosco o puesto de bebidas, dice con una tierna humildad, superado hace décadas por el formato de restaurante sin paredes. Los merenderos padecen el despecho de quienes los dejan fuera de la categoría.

Apartemos la fritanga y el vino blanco caliente para entrar en los híper chiringuitos del Mediterráneo, de norte a sur, establecimientos con materia prima superlativa en primera línea de costa. Quien busque facturas de baja graduación que se acoja a otros refugios.

Un chiringuito en Punta Umbría.

Un chiringuito en Punta Umbría. / Julián Pérez / EFE

Los platos apátridas son comunes, como si la internacional del aguacate se impusiera en alianza con la burrata, las piparras, los puerros (pero, ¿qué pasa con los puerros?), las ostras multicolores, el bimi, la leche de tigre, la mayonesa de limón, el cangrejo real, la vieira y el wagyu.

‘Suquets’, calderos, romescos, pesca de descarte, la manduca de la marinería, han sido apartados de la familia.

Mi interés vira hacia las cestas con las capturas de la jornada, cuernos de la abundancia, pescados y mariscos lustrosos, productos de primera, unos de proximidad; otros, de avión, como esas cigalas tronco que vuelan desde Escocia o Suecia.

Frituras en un chiringuito.

Frituras en un chiringuito. / Pau Arenós

La parrilla es central: aporta velocidad y un primitivismo jaraneo que cura las úlceras urbanas. Son bichos XL porque todavía medimos el éxito según el tamaño.

Bautizan los pescados enteros con un pilpil o con la llamada ‘agua de Lourdes’ o ‘que la parió’, como si todas las tradiciones confluyeran ya en una. ¿Por qué nadie trabaja los aliños propios? 

El bogavante es nacional sin especificar a qué nacionalidad. La langosta es local –aunque alguna viajera se cuela– y diva del Mediterráneo, sacrificada de diversas manera, aunque la demanda mayor recae en la bandeja multicultural: en compañía de huevos, patatas y pimientos de Padrón o de Marruecos, según la honestidad de quien compra.

¿Por qué un invento de hace unos 25 años –unos lo sitúan en Menorca; otros, en Formentera– se ha convertido en un plato balear? Porque por encima de la identidad está el capricho.

En realidad, no nos gustan los chiringuitos y sus servidumbres, sino la idea de chiringuito, de ocio, de descanso, de cachondeo, de ese mar en el que ya no nos bañamos por miedo a las medusas y a las picaduras de las motos de agua. 

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