Gastronomías
La depurada paella valenciana de Cruix: disfrute sin sed de caballo al terminar
La formalidad atenaza los restaurantes y mientras aquellos lugares donde reina el silencio y la tirantez agonizan, los espacios laxos y bulliciosos remontan las mesa
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La paella valenciana del restaurante Cruix. / Pau Arenós

Miquel Pardo se ha hecho mayor con el restaurante Melós (una de las mejores aperturas del año pasado en Barcelona), pero yo regreso a la jovialidad de Cruix, que puso a rodar en noviembre del 2017.
Son ocho años de consolidación y cambio y lo que nació como sencillo proyecto de barrio es un restaurante con los arroces por bandera donde manejan platillos con electricidad, sin perderse en protocolos que atragantan la experiencia.

El cocinero Miquel Pardo en el restaurante Cruix. / Pau Arenós
La formalidad atenaza los restaurantes y mientras aquellos lugares donde reina el silencio y la tirantez agonizan, los espacios laxos y bulliciosos remontan las mesas. Ir a un restaurante no debería ser como sentarse ante el dentista y abrir la boca con dolor.
Cruix
Entença, 57, Barcelona
Tf: 935.252.318
Precio medio (sin vino): 50 €
Menús degustación: 45 y 68 €
Establezco un paralelismo entre Cruix y Suculent, entre Miquel y Toni Romero, uno de Onda y de 1989; el otro, de Nules y de 1986.

Los profiteroles de paté de pollo de Cruix. / Pau Arenós
Se da la circunstancia de que un arroz de Toni forma parte de la carta actual de Miquel como artista invitado, el de gamba y pato, un mar y montaña que da más satisfacción que el viejo éxito de los Rolling Stones.
El otro enlace es la paella valenciana, que Suculent tuvo en su momento y Cruix en la actualidad, una depuración del clásico para permitir el servicio con las limitaciones de una cocinita.
La paella se hace con agua, pero aquí recurren a un “caldo de paella”, los mismos elementos que después se someterán al arroz porque quien reina es la gramínea, obedecida por el pollo, el conejo, la costilla (sí, costilla siempre en Castelló), la ‘bajoca’, el ‘garrofó’, el ajo (sí, ajo siempre en Castelló), el tomate, el azafrán y el romero.

La sopa de cebolla de Cruix. / Pau Arenós
‘Paelló’ de 32 centímetros y 120 gramos de arroz bomba de El Cazador: 26 euros la paellita, coma uno o coman dos.
Barcelona es más Paellador, que rima con Marina d’Or, que Paellaland, con contados lugares donde la valencianidad se expresa con rigor y sustancia.

El 'okonomikale' del restaurante Cruix. / Pau Arenós
Las dos paellas demuestran una virtud que aprecio sobremanera: tras la ingesta no hay que ir al pilón a beber agua como un caballo tras cruzar el desierto del Mojave. Sofrito suave y caldo eficaz dan un resultado sabroso pero no agobiante.
“Arrocería contemporánea con productos de proximidad y elaboraciones del mundo”, resume Miquel.

La paella de gambas y pato de Cruix en colaboración con Suculent. / Pau Arenós
Y del mundo son las alcachofas a la brasa con salsa César; el ‘okonomikale’, una versión con ‘kalette’ de la llamada pizza japonesa; la sopa de cebolla con la liliácea rellena de ‘aligot’ y con una yema curada con agua de anchoa; el paquetito de pasta filo con cordero especiado.
No sé la procedencia geográfica de los profiteroles caseros con paté de pollo pero son muy buenos.

La entrada del restaurante Cruix. / Pau Arenós
Y del mundo es la poulsard de Domaine Rolet 2023, sutil, elegante, limpia, vestida de domingo tras faenar a diario en el campo.
Sutil, elegante, limpia y endomingada como la genuina paella. ¿Quién da más con tan poco?
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