Sonidos y bocados
Vinilos, vinos y viandas: la (buena) música ya no solo suena de fondo en bares y restaurantes
Crece la oferta de los ‘listening bars’ y los chefs melómanos se llevan sus elepés al restaurante
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Planta Baja, un nuevo local que abre en Madrid con música en alta fidelidad, tragos y platos. / Planta Baja

Los bares de escucha japoneses o ‘jazz kissas’ tenían un porqué: a mediados del siglo XX eran los únicos lugares en los que se podían escuchar los discos de jazz occidentales, había que conseguirlos de importación y eran caros. Respondían al carácter melómano del dueño, que muchas veces se encargaba de servir bebidas, además de cambiar de la cara A a la cara B cuando la aguja se levantaba.
Los cambios en formatos y costumbres de escucha fueron haciendo mella en los ‘jazz kissas’, que se fueron reduciendo en número, pero no en capacidad de seducción. Muchos occidentales, fascinados ante los negocios, han intentado crear modelos hosteleros parecidos en los que la música sea la gran protagonista. A veces el que manda es un equipo potente, pero otras basta con la pasión del dueño por la música.
Lo más 'cool' del momento
La vuelta (con fuerza) del vinilo tanto por su sonido analógico como por su estética atrayente, ha terminado por completar el cóctel. Los bares de escucha -o ‘listening bars’, como queda mejor llamarlos- son lo más ‘cool’ del momento. Y muchos de ellos complementan la oferta con buenos tragos y platos.

El Curtis, un pionero entre los bares de alta fidelidad de Barcelona. / Curtis Audiophile Café & Record Store
Vinilos, bocadillos y pastrami
En Barcelona, uno de los primeros en abrir sus puertas fue Curtis Audiophile Cafe & Record Store (Mallorca, 196). Guille de Juan, veterano 'd'j al frente del proyecto, llevaba tiempo queriendo abrir un local “en el que hubiera un equipo decente y se pinchara música en vinilo”. Para De Juan, la figura del pinchadiscos en muchos locales había quedado reducido a "un 'dj' florero” y él quiso cambiar eso abriendo en 2018 “el Curtis, que no es un ‘jazz kissa’, porque aquí la gente, por su carácter, si hay música, se pone a bailar más que a escuchar”.
La música negra es el hilo musical de una programación de pinchadas de 'djs' a las que convocan a través de ‘flyers’ a partir de iconos de la cultura musical popular, y que concitan a numeroso público que acude, sí, a escuchar y a bailar, pero también a probar cócteles de una carta que mezcla clásicos como el Moscow Mule o de autor como el Italo Pisco, a base de pisco, zumo de limón, licor de cereza, licor de violeta y clara de huevo. Para acompañar, buenos bocadillos como el Tunisia, a base de ‘hummus’, tomates secos, sésamo tostado y rúcula o bikinis, tanto tradicional como vegetal.

Fenómeno, un bar con un equipo de música de alta fidelidad. / Coke Riera
Uno de los últimos en llegar a la creciente lista de ‘listening bars’ es el madrileño Fenómeno (Recoletos, 13). Decoración en madera, una barra animada y un potente equipo musical en el centro del local a modo de declaración de intenciones. Un viernes por la noche el ambiente es de euforia, con vinilos de ‘house’ sonando sin parar y los ‘barmen’ sirviendo cócteles sin cesar. También hay carta de picoteo, porque, como explica Pablo Rodríguez, director de marketing de Mandala Group -artífice del proyecto- “la idea es que la gente venga, escuche música, beba bien y coma algo para seguir con la noche”.
En la carta de cócteles, de nuevo convivencia entre clásicos y modernos: los Negroni y los Old Fashioned se juntan con cócteles como Éter, que mezcla palo cortado y notas especiadas, o Gravedad, a base de ‘whisky rye’, cacao y maracuyá. La parte sólida se completa con guiños mexicanos, como la tostada de atún rojo con cremoso de aguacate; o internacionales, como el sándwich de pastrami.
La apuesta de un chef con estrella
Rondando el fenómeno de los ‘listening bars’, tenemos más exponentes de locales en los que se cuida al máximo el sonido como Oblicuo Hi-fi Bar en Barcelona (Riera de Sant Miquel, 59), que ofrece un combo a base de joyas vinílicas, cócteles y vinos naturales; o el novísimo Planta Baja (Marqués del Duero, 8), que va a abrir en Madrid el chef Juan D'Onofrio -estrella Michelin por Chispa Bistró- junto al ‘barman’ Kevo Jacoby y que permitirá tomarse un plato de 'bresaola' artesana maridado con una Paloma Porteña, que introduce mate en la receta del clásico combinado mexicano. Envolviendo todo, un equipo de música con altavoces de altas prestaciones que garantizan un sonido inmersivo.

Frank Beltrí, el hombre tras los platos (en todos los sentidos) en Bar Canyí. / Bar Canyí
Que la moda de los bares de escucha no opaque el verdadero motivo del regreso del vinilo a bares y restaurantes: el amor por la música. Lo profesa Frank Beltri, que regenta el estrellado Michelin Slow & Low, pero también el más informal Bar Canyí (Sepúlveda, 107), en el que hace cocina de barrio bien hecha.
Fanáticos de los vinilos
De la cocina salen terrinas de pato, arroces de calamar, canelones… y del tocadiscos que figura en la barra, temas de El Último de la Fila, Peret, Portishead o los Smiths. “Aparte de cocinero, soy también ingeniero de sonido… llevo la música en el ADN y colecciono vinilos desde siempre”, explica Beltri.
En el Canyí puede empezar a sonar rumba catalana o boleros a mediodía, pero por la noche, en fines de semana, es fácil que lo que se oiga sean discos clásicos de la salsa, como los de Rubén Blades o Héctor Lavoe. “Lo que tengo aquí es un equipo muy sencillo pero suena muy bien. Lo que pasa con los discos en un bar es que muchas veces se manchan porque estás cocinando y los tocas para cambiar de cara. Pero bueno, es también parte de la historia, supongo”.
Igual pasión siente Pepe Solla, de nuevo cocinero pero también músico, que en el nuevo espacio que se inventó hace unos meses en su restaurante Solla, con estrella Michelin (avenida de Sineiro, 7, Poio, Pontevedra) una taberna de vinos en la que la música suena en surcos.
Para acompañar los ¡2.800! vinos de la bodega que comparte con el Michelin, Solla propone empanada, 'kokotxas', salpicón… que se disfrutan mientras se escucha alguno de los discos de la colección privada del chef, en la que se pueden encontrar desde los Beatles a Viva Suecia. “Elijo cada día una selección de vinilos de mi colección, unos 12, y vamos tirando de ahí. También doy la posibilidad de que algún cliente traiga los suyos y pincharlos también”.
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