Aires ochenteros
70 años de Casa Pagès: de vender hielo y albergar timbas ilegales de póquer a servir 'esmorzars de forquilla'
El popular negocio de Gràcia, historia viva del barrio, añade los desayunos a su oferta de menús de mediodía y tapeo nocturno asequible
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Un día de menú de mediodía en Casa Pagès. / Sandra Román

Setenta años dan para mucho. Sobre todo para convertirse en historia de un barrio. Y eso es lo que ha conseguido Casa Pagès, uno de los restaurantes más populares de Gràcia, que comenzó siendo un local que vendía hielo y que, con el paso del tiempo, pasó a convertirse en tocinería y, finalmente, en el restaurante (y punto de encuentro del vecindario) que es.
Casa Pagès
Llibertat, 19. Barcelona
Tf.: 93.457.35.45
Instagram: @casa_pages
Precio medio (sin vino): 18-20 €
Aunque muchos puedan pensarlo, nunca fue una casa de payés, sino un establecimiento que había inaugurado una familia que tenía una casa de payés en la carretera de la Arrabassada. De ahí el nombre con el que lo bautizó. Corría el año 1956, y vendían barras de hielo y distribuían La Casera y Estrella Damm. En los 60, convirtieron la mitad del local en tocinería y la otra mitad, en bodega que vendía vino a granel.

La entrada de Casa Pagès. / Sandra Román
Casa Pagès cambió de propiedad en los 70 y la tocinería desapareció para convertirse en una bodega con bar. Pero no duró mucho. A finales de aquella década, las autoridades lo cerraron porque organizaban timbas ilegales de póquer, y los dueños de entonces y los clientes que pillaron ahí dentro pisaron el calabozo. Uno de ellos siguió frecuentando el restaurante y explicaba que una vez, la mujer de uno de aquellos jugadores fue a buscar a su marido para evitar que se jugara el patrimonio familiar.

Alberto Barros, apoyado en la barra del restaurante Casa Pagès. / Sandra Román
En 1981 se lo quedó Pedro Barros. Tras un año de reformas, lo reabrió en 1982 y ahí sigue su hijo Alberto, que rememora muchas anécdotas de Casa Pagès, que en cierto modo cuentan la historia de Gràcia y de Barcelona porque ha sido un lugar de reunión para los vecinos. "Mucha gente viene sola a ver quién se encuentra", señala Alberto, actual jefe del negocio.
Un cliente llamado Pasqual Maragall
"Era un bar de menú para de trabajadores. En la zona había carpinteros, lampistas, pintores... Aunque también venía gente de Enher [la sede de la compañía eléctrica estaba en el actual Hotel Casa Fuster]; de Olivé Gumà, conocida como la clínica de los toreros; de la farmacéutica Bayer...", recuerda. Casa Pagès, que también es sede de la Colla La Moderna de Gràcia de Sant Medir, dio de comer muchas veces a Pasqual Maragall cuando andaba por el barrio.
Pero la crisis posolímpica hizo que el hijo mayor de Pedro, que se llamaba como su padre, cogiera las riendas y ampliara la oferta a las noches con 'torrades' con butifarra, con anchoas, con escalivada... La clientela se rejuveneció y Casa Pagès sobrevivió. En el 2000, Pedro júnior se cansó y el padre retomó las riendas aunque con más ganas de jubilarse que de otra cosa, así que tiró de Alberto, su otro hijo, que a menudo le ayudaba. "Estaba harto de Casa Pagès. Mis amigos salían de marcha, iban al fútbol, estaban con sus novias... y yo me tenía que quedar aquí currando", admite.

El fricandó de Casa Pagès. / Sandra Román
Pero no tuvo muchas más opciones porque tampoco sabía qué hacer con su futuro profesional. Y poco después se quedó al frente del local siendo un veinteañero. "Mi padre estaba a punto de jubilarse y me dejaba hacer lo que quisiera, aunque no estuviera de acuerdo", explica Alberto, que sonríe cuando al recordar cómo discutían sobre aquellas ensaladas mixtas que servían. Alberto decía que estaban muy pasadas de moda y que tenían que hacerlas de rúcula o espinacas, y su padre se escandalizaba: "¿De espinacas crudas? ¡Eso es una guarrada!".
Igual que en 1982
Alberto empezó a enamorarse de aquel "negocio de subsistencia" y la cosa comenzó a funcionar bien. Hasta que llegó la crisis del ladrillo... y la cosa funcionó aún mejor. "Al ser un lugar de precios populares, nos fue de coña, con colas como las que habíamos tenido en los 80 y principios de los 90". Aquel menú de mediodía costaba unos 9 euros. "No había nada igual alrededor, y por la noche tampoco había sitios como el nuestro, que hacía cuatro cosas sencillas, ensaladas y bocadillos". Algunos bocatas siguen desde entonces, como el Freud (pollo con queso brie) y el Sócrates (lomo con queso y pimientos), igual que el espacio, idéntico al de 1982, con las mismas mesas y sillas, y el menú, que hoy cuesta 14,90.
Así ha seguido hasta ahora, con pequeños cambios, como los vermuts de fin de semana, los nuevos 'esmorzars de forquilla' y el reciente fichaje del chef Fernando Cuenca, con el que pretende reforzar el espíritu de los años 80. "De hecho, estos desayunos son muy de la época: fricandó, 'capipota', albóndigas, calamares con butifarra negra, butifarra con 'mongetes'...".
Barros no tiene complejos en mirar al pasado. De hecho, lo reivindica: "Hay muchos sitios que lo quieren reproducir pero son de cartón piedra porque no llevan allí desde entonces, y nosotros sí. Tenemos historia, tenemos solera. Somos originales, auténticos, y ofrecemos platos de siempre, como huevos estrellados con jamón, 'trinxat' de la Cerdanya... Somos el bar de la esquina de toda la vida".
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