Los restaurantes de Pau Arenós
Restaurante Embat: fiable, veterano, necesario y a precio amigo
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Marta Przywarska, Roser Sancho y Santi Rebés, en el restaurante Embat. / Sandra Román

La conversación con Santi Rebés es melancólica: ¿qué queda de los restauradores que abrieron hace dos décadas con furor bistronomiquero? Embat sigue 18 años después –noviembre del 2007– y Santi va camino de los 52 años –febrero de 1974–.
Me senté aquí por última vez en el 2014, mi primera crónica fue en enero del 2008, a los dos meses de debutar, y me preguntó por qué no he regresado y lo sé: soy un infiel por naturaleza profesional, a la búsqueda de lo nuevo o de lo desconocido para mí.
Mientras como, tomo notas y pienso: este es un restaurante fiable. Y eso es mucho decir en tiempos insustanciales y confusos.
Embat
Mallorca, 304. Barcelona
Tf: 934.580.855
Menús: 26,50 y 41 €
Precio medio (sin vino): 40-45 €
La supervivencia pasa por la contención: de precios, de personal, de producto caro e inflamable.
Santi nunca ha sido muy hablador, sonríe hacia dentro, lleva la timidez de serie y es todo eso y un cocinero informado y aún entusiasta y cliente: quiere saber, estar al día.

El milhojas de espárragos de Embat. / Sandra Román
«El nivel de Barcelona es muy alto», dice, treintañeros –Santi estaba en esa franja cuando acometió Embat con Fidel Puig– que destetan su primer negocio y que se sitúan en un segmento complicado y exigente, el de 70 u 80 euros.
En esta casa del Eixample, 50 € con el vino y dos menús: mediodía, 26,50 y noche y fines de semana, 41. Es difícil encontrar menús nocturnos. Los restauradores esperan resarcirse de las mañanas pobres con el hachazo de las cartas noctívagas.

Las alcachofas con panceta y yema de Embat. / Sandra Román
Han estado 15 días cerrados por arreglos y han regresado con la novedad de una carta corta mañanera, además del citado menú de los días laborables.
Y escribo en plural porque además de Santi, curran Roser Sancho en la sala y Marta Przywarska en la cocinita: unos seis metros cuadrados. «La ampliamos», me recuerda el chef. Cierto: era aún más pequeña.
Hace seis años, Santi se quedó solo ante los fuegos y mediante un amigo conoció a Marta, polaca y filóloga inglesa, aficionada a lo gastro, y se preguntó: «¿Por qué no?». Hoy son pareja.
Esta mini cocina recibió antes a cocineros que hoy cuentan en la ciudad: Víctor Ródenas (Casa Fiero y Maleducat), Carles Pérez de Rozas (Berbena y Pompa) y Marcel Pons (Incorrecte). «¡Todos han triunfado!», suelta Santi, como si se hubiera quedado un poco atrás. Y no.

Las albóndigas de pintada de Embat. / Sandra Román
Copeo con el 3055 de Jean Leon, merlot y petit verdot del 2023, y picoteo el pan del Forn Sant Josep y observo a Roser arriba y abajo con el comedor repleto de clientes leales y sé que esta es la gastro real, la de los negocios con poca plantilla y mucha tarea.
Roser fue cocinera, asistió a la escuela Sant Ignasi como Santi y juntos estuvieron en Casa Juliana, que recuerdo como otro sitio donde la alta cocina pequeña bullía y por donde también pasó Alexis Peñalver (La Pubilla, Extra Bar, Hermós). Santi curró en Holanda, en Gargantúa i Pantagruel, en Cata 1.81 y en Espai Sucre.

Santi Rebés en la cocina de Embat. / Sandra Román
Entro en acción con el milhojas de espárragos verdes y blancos, separados por galletas de parmesano y, encima, una 'mousse' de pecorino trufado y ahí hay salero y estilo y pensamiento gastro relajado: Santi no quiere asustar ni epatar.
La alcachofa es una gozada: hervida y a la plancha, rociada con yema y panceta ibérica y aceituna negra y una vinagreta con 'dashi' y ahumada. «Hecha como antes: sumergiendo carbón en aceite», explica el chef.

El comedor del restaurante Embat. / Sandra Román
La 'tatin' de cebolla carga con el pequeño defecto del exceso de humedad sobre el hojaldre y lo compensa con la exacta cocción de la liliácea y el realce del 'suc de rostit'.
Santi quisiera dar más oportunidades a lo vegetal sin la muleta de lo cárnico, aunque cuesta la aceptación del verde. Somos una sociedad de boquilla: pedimos salud y le hacemos una finta.

La entrada del restaurante Embat. / Sandra Román
Las albóndigas de pintada –y una pequeña proporción de pollo y 'cansalada'– sacan de la monotonía a la redondez y encuentran una almohada en la 'parmentier' y el contrapunto, en las trompetas de la muerte.
Ah, el pastel de limón con espuma de yogur, galleta y merengue seco.
Camino de los 20 años, Embat es un sitio necesario porque fue refugio y aprendizaje cuando todo estaba por hacer en la Barcelona de los milagros.
El equipo
Roser Sancho y Marta Przywarska.
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