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Gastronomías

Restaurante Los Caracoles: 190 años a paso lento y seguro en Barcelona

Desde hace casi dos siglos, Los Caracoles es un negocio de hermanos y primos, con la incorporación ya de la sexta generación, con méritos como la apertura de la primera ‘rostisseria’ de pollo a l’ast de Barcelona

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Cristina, Ramón y Aurora Bofarull, delante del famoso ‘ast’ de Los Caracoles.

Cristina, Ramón y Aurora Bofarull, delante del famoso ‘ast’ de Los Caracoles. / Sandra Román

Pau Arenós

Pau Arenós

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Un cocinero abre la jaula de los pollos a l’ast en la esquina centenaria de Los Caracoles y los moja con la grasa que han ido desprendiendo y los turistas dicen ‘oh’ y ‘ah’ ante ese espectáculo de faquires.

Es un atractivo con función: el ave rotatoria se impregna con su propia sustancia. Sin haber entrado, estamos ya ante un récord: se trata de la primera 'rostisseria' de Barcelona, alimentada con leña de encina.

Los Caracoles

Escudellers, 14, Barcelona

Tf: 933.012.041

Precio medio (sin vino): 50 €

Las llamas naranjas acarician los alados, inmutables en la rutina giratoria. Datemos la pajarera: 1934, aunque el corazón de la casa es más viejo: 1835.

Son 190 años. Pronto, los dos siglos. Es el segundo restaurante más antiguo de la ciudad, tras Can Culleretes. El primero en manos de la misma familia: los Bofarull.

Los caracoles de Los Caracoles.

Los caracoles de Los Caracoles. / Sandra Román

Hoy, al mando, primos y hermanos Bofarull, Cristina, Aurora y Ramón. El hijo de este, Pablo, la sexta generación, está ya en la sala. Un negocio de primos y de hermanos y de nombres repetidos.

Lo primero que observa el cliente es el peso de la historia, en kilos o toneladas, cientos de objetos, cuadros, fotografías de celebridades –todo Hollywood– y piezas de los Encants repartidas por distintas estancias, tachonando las paredes.

El pollo a l'ast de Los Caracoles.

El pollo a l'ast de Los Caracoles. / Sandra Román

Los aficionados al minimalismo saldrán con desconsuelo. Y un museógrafo podría padecer un derrame al plantearse catalogarlos. «Es cero funcional. Fue creciendo. Subes. Bajas. Te pierdes», dice Cristina en el laberinto. Múltiples comedores donde alimentan a 350 personas cada día sobre mesas enmanteladas.

Es así. Es diferente. Hay más distinciones porque una gigantesca cocina económica, que consume 140 kilos diarios de carbón, preside el lugar de trabajo. No hay otra energía. «Es sucia y rápida y hay que saber manejarla», explica Aurora.

La bullabesa de Los Caracoles.

La bullabesa de Los Caracoles. / Sandra Román

El mantenimiento es complejo, igual que el mecanismo del 'ast': los artesanos van muriendo.

Todos los comensales pasan por el órgano vital, situado en medio del restaurante, festival de las ollas y las cazuelas colosales donde borbotean los caldos sin tiempo.

Tiempo. Fechas.

1835: apertura de Casa Bofarull como ultramarinos y taberna. Agustín traspasa el local a su primo Feliciano, que empieza a servir comidas, con las botas como mesas.

1915: los caracoles guisados son un reclamo tan influyente y eficaz que modifican el nombre del sitio: los chuperreteo con sofrito, costilla y jamón, y butifarra negra, aportación del nuevo jefe de cocina, Álex Rodríguez.

La cocina de carbón de Los Caracoles.

La cocina de carbón de Los Caracoles. / Sandra Román

1925: entra la bullabesa en la carta. En 1948, Irving Penn la hace famosa en EEUU tras fotografiarla. Busco la imagen: un plato del que salen las pinzas de tres cigalas, dos gambas y algunos mejillones. En la mía, un carabinero, rape y mejillones y tostada con 'allioli' en lugar de 'rouille'.

1934: Antonio y Ramón, hijos de Feliciano, amplían el local y un francés, Dardé, construye la máquina que aún hoy le da ritmo al pollastre. Sirven medio en una bandeja con patatas fritas, tierno y con pátina dorada.

La 'rostisseria' de Los Caracoles.

La 'rostisseria' de Los Caracoles. / Sandra Román

1936: los anarquistas montan el pollo y colectivizan Los Caracoles, mientras que los Bofarull siguen como encargados.

1940: los hermanos se reparten el trabajo. Ramón, en los difíciles manejos del carbón y Antonio, en la luz, fulgurante relaciones públicas. Actor secundario y productor, consigue sentar al artisteo nacional e internacional. Es famosa la estampa a bordo de su calesa enganchada al caballo Regalado y al trote desde la Bonanova hasta Ciutat Vella.

«Tándem perfecto», dice Cristina. Recuerda Aurora los puros del abuelo Ramón: «Enormes. Con las vitolas me hacía anillos».

Los Caracoles era la segunda casa de las primas Bofarull: «Nuestros padres no hacían más que un día de fiesta. Y la única manera de verlos era venir aquí».

Uno de los comedores de Los Caracoles.

Uno de los comedores de Los Caracoles. / Sandra Román

1973: Agustín y Feliciano, hijos de Ramón, acompañan al patriarca en los quehaceres hasta su muerte, en 1995.

1989: Aurora entra a trabajar en el histórico recinto cuando su padre, Feliciano, padece un grave accidente de coche que lo deja en coma, y se recupera.

Aurora recuerda la llegada: «No fue fácil. Todos eran hombres. ‘¿Qué viene a hacer aquí?’, preguntaban». A las puertas del siglo XXI no en el XIX. Convenció. Se adaptó. Evoca a un cliente japonés, el señor Yamada: tras morir, la viuda fue a comer con las cenizas, un trazo negro en la memoria. Se emociona. Y se emociona Cristina: «Los Caracoles corren por nuestras venas».

2035: trabajar con primos, hermanos, hijos, sobrinos, tal vez nietos: «Hay que dejar al margen lo personal y preservar por lo que lucharon nuestros abuelos y padres», concluye Cristina.

Los Ramones, los Felicianos, los Agustines.

Las Yolandas. Las Auroras. Las Cristinas.

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