Alerta gastronómica
Plaga de cierres de restaurantes en Barcelona: ¿una burbuja culinaria que amenaza con estallar?
La ciudad ha sido testigo, en los últimos meses, del cierre de numerosos restaurantes que eran referentes
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Cartel de cerrado. / Craig Whitehead (Unsplash)

Barcelona está viviendo un fenómeno inquietante: una oleada de cierres de restaurantes que, hasta hace poco, eran referentes. Proyectos cuidados, rentables sobre el papel, con concepto, diseño y producto. Algunos llevaban décadas, otros apenas habían nacido. Bajarí (Pujades, 133), Xeixa (Carabassa, 7), Palo Verde (Còrsega, 232), Gegant (Pujades, 93), Camarasa Fruits (Diagonal, 557), Opera Acid (Mestre Nicolau, 12), Il Birrino (Alí Bei, 123)… son solo algunos nombres de establecimiento que han bajado la persiana este año.
En todos ellos parecía haber futuro, pero la realidad los ha golpeado de frente. La capital catalana, con más de 9.000 locales de restauración, vive un momento de transición que muchos profesionales definen como una tormenta perfecta. ¿Qué está pasando? ¿Y por qué ahora?
Cualquiera que hable con restauradores en Barcelona escucha una palabra de forma recurrente: saturación. La competencia feroz ha dinamitado incluso proyectos aplaudidos, como Palo Verde (Còrsega, 232), un bistró gastronómico enfocado a brochetas creativas y cocina al carbón abierto en 2020 y que acaba de anunciar su cierre.
Andrés Bluth, uno de sus socios, lo resume así: “Un cierre siempre es complicado y multifactorial. En nuestro caso concreto apuntaría como principales problemas: un tíquet en medio de la tabla, demasiado caro para los jóvenes con poder adquisitivo limitado y demasiado poco para quienes buscan cierta exclusividad. Estábamos en tierra de nadie. También nos afectó haber empezado en plena pandemia, perdiendo el chute inicial, el 'hype', y en Barcelona, donde todo el mundo se mueve por la atracción de la novedad, es una desventaja porque te vas rápido a la capa de sustrato. Es una ciudad competitiva en la que siempre hay aperturas y los conceptos pueden pasar rápidamente de moda".
"Los costes laborales son muy altos"
Bluth admite: "Hay meses que no llegábamos, nos hemos mantenido a flote cinco años haciendo todos los esfuerzos, y ajustando, pero la estructura se desgasta en estas condiciones. Al final es un esfuerzo económico enorme, porque todo encarece y los costes laborales en España son muy altos”. Bluth todavía no sabe si dará una segunda vida al negocio o se orientará hacia nuevas aventuras laborales.
Si Palo Verde ha sorprendido, el caso de Gegant (Pujades, 93) ha dejado boquiabierto al Poblenou. Un restaurante querido, lleno entre semana, que anunciaba su cierre tras apenas unos meses de vida. Aunque aquí el principal motivo, apuntado por uno de los socios fundadores de este establecimiento dedicado a la cocina tradicional catalana, ha sido “una desavenencia en la gestión". "Teníamos muy buenas críticas, y clientela fija. Pero el negocio no funcionaba internamente. Aunque, claro, es complicado conseguir los beneficios esperados”, confiesa Yván Fernández.
Alquileres al alza y materia prima más cara
Y eso, en un contexto en que la presión económica es transversal: alquileres al alza, materia prima más cara, costes de empresa que suben y un cliente que gasta menos. En este cóctel, incluso los nombres más sólidos se tambalean.
Va de Cuina (Borrell, 54), el proyecto de Jordi Vilà en Sant Antoni dedicado a platos catalanes preparados ('escudella', canelones, fricandó o 'samfaina' para llevar), cerró definitivamente en agosto. Una paradoja dolorosa: mientras todo el mundo repite que hay que comer mejor y más local, los platos preparados de uno de los grandes chefs catalanes no lograron competir con la fuerza de otras cocinas y otros precios.

Pollo a l'ast de Chez Cocó. / Chez Cocó
Ni la reputación, ni los años de experiencia parecen blindar a nadie. Chez Cocó, la 'rôtisserie' de lujo de la Diagonal, cerró tras 13 años de historia al no poder asumir el nuevo alquiler ni encontrar personal cualificado. Un problema recurrente: la dificultad de encontrar equipos estables y formados, un lastre que cada vez más restauradores describen como “crónico”. Hay más: Blau, Bar Torrente o Aürt, este, por cambio de ubicación.
Otro cierre duro de digerir ha sido el de Per Feina (Ciutat de Granada, 130), en Poblenou, del chef Rafa Zafra, uno de los mejores de España, que parece no haber podido rentabilizar el local por la dificultad de llenarlo por la noche y competir con precios de menú populares. Los números no salían, pese a la calidad gastronómica y la popularidad del proyecto.
El Raval, herida abierta
Pero si hay un barrio donde la situación es especialmente delicada, ese es El Raval. Allí, el cierre de Sifó (Espalter, 4) ha sido un golpe moral. Tras 23 años de vida, su propietario, Jorge Runnacles, describe sin filtros un declive que asusta: “Fue una muerte lenta, que empezó con el covid, que de casualidad sobrevivimos. A partir de aquí salió una ancla de deudas que pensábamos que podríamos solventar pero que se sumó a un cambio radical de consumo, también menos poder adquisitivo y una situación desastrosa en el barrio que ha alejado a la clientela local y al turismo. La gente ya no gasta en conceptos de restaurantes, las colas están en las panaderías 'low cost' tipo 365. En un triángulo alrededor nuestro hay unas 15 de esta marca…".
Runnacles afirma que "el Raval está tocando fondo: siempre hubo rock and roll aquí pero ahora La Rambla es un hervidero de gente que trapichea abiertamente, que intimida, y eso hace que la gente no venga, y eso ha precipitado que no podíamos abrir de noche". "Es una pena enorme porque son 23 años, y eso no es un bar ni un negocio, es un espacio humano del que vivíamos”, zanja Runnacles.
Eso sí, quiere dar a Sifó una despedida alegre: el próximo 13 de diciembre invita a todos los barceloneses a ir a brindar una última vez. También aprovecha su situación para proponer una reflexión: “Creo que debemos plantearnos cómo consumimos. Cómo puede ir alguien a comprar una camiseta de 2 euros y salir feliz sabiendo que por ello hay alguien que está en la miseria, es esclavo. ¿Cómo podemos aceptar eso? Lo mismo pasa con el 'low cost' de la restauración. ¿Queremos eso?"

La zanahoria con su jugo de My Fucking Restaurant. / Ricard Cugat
Matteo Bertozzi, que dejó este año las riendas My Fucking Restaurant (Nou de la Rambla, 35) y Assalto (Nou de la Rambla, 44), coincide: “El barrio se ha degradado, ya no está de moda, y hace que la gente no quiera venir. Ni de día ni de noche. Los pocos que vienen es en taxi, y es complicado. Además, el 70% de mi clientela era turismo y ha cambiado en los últimos años, ya no son visitantes con dinero sino que ahora van a comprar bocadillos baratos. Nuestra facturación bajó un 40% en el 2022 respecto a los inicios, y supongo que ahora es peor. Además, aunque no llegue a verlo, en 2026 tenía que renovar los alquileres y seguro que iban a subir unos 1.200 euros más”.
Bertozzi, sin embargo, está iniciando una nueva etapa con mucha ilusión en su recién inaugurado restaurante del Poblenou, Atipical (Llull, 259): “Hago una comida gastronómica sostenible con su sello pero a precio populares. Nunca había trabajado en un barrio popular así y es muy bonito", asegura.
Sin embargo, hay esperanza en el Raval. Rubén Bermúdez, restaurador de largo recorrido en el Raval con locales de éxito como Arume (Botella, 11) o Louro (Rambla del Caputxins, 37), apunta que "la seguridad está empezando a mejorar aunque va a tardar en recuperase la reputación del barrio". "Los taxistas dicen a la gente de ir con cuidado, los hoteles les dicen a los turistas de no venir y los locales tienen miedo por lo que leen en los informativos. Eso no ayuda, y se va a tardar en revertir la reputación”.
Sin tejido comercial
Sin embargo, también apunta otro problema endémico: “Aquí ya no hay tejido comercial y el gastronómico se desvanece. Por cada restaurante de calidad que cierra, abre uno de 'fast food' malo. Y ya no hay negocios con encanto, ni artesanos. Todos son baratijas: eso no invita a venir a callejear en un barrio que, sin embargo, es bonito, bien comunicado e histórico”.
Pero no todos los cierres son finales trágicos -aunque de primeras resulten sorprendentes-. Algunos son el paso previo a un relanzamiento, una práctica cada vez más habitual en una ciudad que exige reinventarse rápido. Oria (paseo de Gràcia, 75), restaurante de Martín Berasategui en el Hotel Monument, cerró el pasado mes de octubre. Desde el hotel apuntan que se trata “de una inversión para seguir innovando" con un nuevo concepto que se comunicará en enero.
Un cierre, una apertura
Teatro Kitchen & Bar (Paral·lel, 164) bajará la persiana a final de año, una noticia muy comentada porque había conseguido su primera estrella Michelin unos meses atrás. La razón del cierre es el cambio de propiedad; lo ha adquirido el grupo de restauración Orobianco, que abrirá allí un nuevo restaurante. El chef Paolo Casagrande será el encargado de imponer su sello a la nueva apertura.
En Barcelona, cada cierre va seguido de una apertura. Cada caída se sustituye por un nuevo concepto. Pero la pregunta persiste: ¿cuántos podrán sobrevivir al ritmo de una ciudad que devora sus propias promesas?
La tormenta perfecta
Competencia desbordada, alquileres imposibles, cambios en el consumo, falta de personal, barrios degradados, inflación y un cliente más precario. Todo junto, todo a la vez.
La burbuja culinaria que convirtió Barcelona en una potencia gastronómica empieza a mostrar sus primeras grietas. Y muchos se preguntan si no estaremos viendo el principio de una reconfiguración inevitable del mapa gastronómico de la ciudad. Por ahora, la frase más repetida entre los restauradores es la misma: “Cierres y aperturas se suceden”. Pero cada vez hay más cierres que duelen. Y más preguntas que respuestas.
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