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Los restaurantes de Pau Arenós

Bonanova: el restaurante de Barcelona sin nombre en la puerta que ha cumplido 60 años

Los hermanos Herrero Salvador mantienen en forma el precioso restaurante que heredaron de sus padres, en una finca del siglo XIX

Espacio y cocina mantienen ese aire retro de lo que vale la pena conservar

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Los hermanos Carlos, Adolfo y Cristina Herrero, en el restaurante Bonanova.

Los hermanos Carlos, Adolfo y Cristina Herrero, en el restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

Pau Arenós

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El restaurante Bonanova ha cumplido los 60 años sin necesidad de rotular el nombre en la puerta. El negocio de los hermanos Herrero Salvador nunca ha colgado un letrero en el exterior de una calle de Sant Gervasi. No lo pusieron los padres, Adolfo y Pilar. No lo pondrán ellos, Adolfo, Carlos y Cristina.

Bonanova es una preciosidad: entrar es pasar del siglo XXI al XIX, contemplar la barra de mármol y las pilastras molturadas, entretenerse con los dibujos de Opisso, tal vez copias, y pisar las baldosas, que no son las originales, sino una reproducción de los años 70 encargadas en Onda. El suelo que lleva del segundo comedor a la cocina está recubierto con los mármoles de las mesas primitivas.

El calamar con sobrasada del restaurante Bonanova.

El calamar con sobrasada del restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

Barcelona conserva con un amor triste los locales emblemáticos, que con los traspasos se transforman en cajas sin alma en los que por ley hay que conservar la fachada y los elementos patrimoniales, pero cuyos interiores se alteran con inapropiadas vidas como tiendas de carcasas de móviles o despachos de venta de panes congelados.

Que lugares como La Venta, Bar Alegría, Casa Alfonso, El Xampanyet, Cafè del Centre o 7 Portes, por citar algunos, sigan rulando es un privilegio, y un compromiso.

«Este sitio era conocido como Café del Norte, como Cal Tonet, como El Casinet, como Los Billares», cuenta Adolfo (1966), el mayor de los Herrero. El barrio lo ha vivido con tantos nombres diferentes que no creyeron necesario señalarse como Bonanova. Tampoco El Passadís del Pep o Suru Bar indican la presencia con cartelería.

La entrada sin nombre del restaurante Bonanova.

La entrada sin nombre del restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

Según las fichas del Ayuntamiento, hay elementos que pertenecen a la «decoración del Café del Norte, anterior a 1909», que cerró en 1929: la finca es del siglo XIX, aunque sin concretar. Los padres, originarios de Olba, en Teruel, reinauguraron como Bonanova en abril de 1965, pero en este lugar sirven desde hace 116 años.

Adolfo Herrero padre fue camarero, frutero y con 24 años se hizo cargo del local, cuando la cocina era de carbón y las jornadas asfixiantes, con la vivienda arriba, lo que impedía una saludable distancia, y en la que reside Adolfo Herrero hijo, en el gobierno de la sala: «Estuvieron diez años sin hacer ni un día de fiesta».

Por Bonanova han pasado muchos cocineros, también la madre, Pilar, que aprendió el oficio sobre la marcha. El responsable del 'chup chup' es ahora Carlos (1975), el menor, mientras que Cristina (1970) se ocupa de los números.

La ensaladilla con gambas del restaurante Bonanova.

La ensaladilla con gambas del restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

Adolfo y Carlos son caras distintas de la misma moneda. El primero, polvorilla y suficiente. El segundo, calmado y cauteloso.

Adolfo querría festejar los 60 (además, él cumplirá los mismos años en el 2026) y Carlos, pasar discretamente por la efeméride.

Sería un buen momento para repasar antigüedades. En una carta de enero de 1969 hay literatura suculenta: 'civet' de liebre, perdiz con 'farcellet' de col y estofado de toro de lidia.

No es que se hayan alejado del registro secular: como antes, sesos de cordero, solo que el rebozado es con 'panko'; calamar de playa a la plancha, llegado de Palamós y con un toque de sobrasada y miel y ensaladilla rusa, una pequeña virguería con gambitas, mayonesa elaborada con aceite de gambas, patata y huevo, pocos elementos para un gran resultado.

El acceso al comedor interior del restaurante Bonanova.

El acceso al comedor interior del restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

Se lucen con el rosbif de presa ibérica y puré de patata monalisa, las albóndigas con sepia y carne de chuleta y los bautizados como macarrones marranos con una boloñesa con una picada del mismo lomo de black angus del Segrià madurado 25 días, cerdo y chorizo.

De postre, un 'éclair' de limón y para beber, el tinto clásico Marqués de Murrieta 2020. Estamos en 1965 y estamos en 2025.

En la carta anuncian el nombre de los proveedores para reconocer valías: el pan de Can Bertran de Badalona, los pescados de Frederic, el cerdo de Joselito, las carnes de Sanmartí 1850 y Luismi.

Adolfo es un torbellino, que se sienta en la mesa para tomar nota, lo que puede incomodar a los clientes inhabituales, algo que sabe perfectamente y que forma parte de su carácter y tal vez ya del de Bonanova: «Soy algo gamberro».

El comedor interior del restaurante Bonanova.

El comedor interior del restaurante Bonanova. / Ferran Nadeu

A Carlos, en combate contra las inseguridades, le costó encontrar su sitio en la cocina por culpa de algún cocinero con aires de mastín y reconoce el magisterio de otro, César Pastor: «Me enseño a optimizar». Lo indiscutible es que ama la cocina y se maneja con conocimiento.

Adolfo suelta, desinhibido: «Somos exclusivos, únicos y caros». Y Carlos se altera y responde: «¡No digas eso!». Adolfo sonríe, zumbón y chinchador: «Porque tenemos el mejor producto de la ciudad».

Después de 60 años no han tenido necesidad de anunciar su presencia en el acceso al establecimiento. Se llama Bonanova y perdura en el número 103 de la calle de Sant Gervasi de Cassoles.

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