Cata Menor
La captura de la lamprea: barro, penalidades y aguas peligrosas
Se adhiere a los grandes pescados y los parasita y chupa la sangre, habita los ríos, serpentea hasta el mar y al cabo de dos o tres años regresa al curso fluvial, desova y muere
Lamprea: el plato más feo del mundo

'Pesqueira' de lamprea en el río Ulla, en Galicia. / Pau Arenós

La lamprea es un ser raro entre los raros: no tiene espinas ni huesos, sino un cartílago; ni escamas, ni mandíbula y sí una boca en forma de ventosa con círculos concéntricos de dientes que podrían poblar pesadillas.
Se adhiere a los grandes pescados y los parasita y chupa la sangre. Habita los ríos, serpentea hasta el mar y al cabo de dos o tres años regresa al curso fluvial, desova y muere. Parece una anguila pasada por el filtro de un maestro del terror, pero ni siquiera es pariente.
En Galicia, fluye por los ríos Tambre, Miño y Ulla y es muy probable que el lector jamás haya probado esa carne salvaje como la propia vida del bicho. Fuera del territorio gallego se oculta con la invisibilidad del producto desconocido.
El precio es alto por la escasez y por la complejidad de la captura, pero quien haya ido a las ‘pesqueiras’ del río Ulla comprenderá que es muy distinto a cultivar espárragos, sin que haya demérito en este comentario hacia las penalidades del agro.

La boca de la lamprea. / El Periódico
Tito está jubilado, de manera que sigue con una tradición que le mantiene en forma y el ingreso de algún dinero, que debe descontar del precio de la licencia que paga a la Xunta, que son unos mil euros. Está a cargo de las ‘pesqueiras’ de la familia, que comienzan en un punto llamado la Caseta, en Carcacía, y que es un agujero horadado en la roca hace un siglo y donde encontraban refugio quienes le precedieron.
Acceder al lugar no es fácil: una senda embarrada en la ribera –las botas se clavan en el cieno– y que solo los iniciados son capaces de ver. Las pendientes son una trampa para novatos.
Frente a la Caseta, los pedruscos transversales que algunos forzudos arrojaron a las aguas bravas hace cientos de años (se habla de los romanos, se habla del siglo XI) y cuya separación aprovechan para echar (“armar”, dicen) las redes metálicas que deberán atrapar las lampreas en el remonte, a contracorriente.

La lamprea guisada del asador O'Pazo, en Padrón. / Pau Arenós
Entre los sillares de piedra, hay, por así decirlo, unas calles, en las que fijan los embudos de acero, tres por ‘pesqueira’. Los animales evitan el centro del Ulla, con una corriente de mil demonios, y circulan por los laterales.
Tito y su socio, equipados con chalecos salvavidas y guantes, manipulan con ganchos los ‘butróns’ con el peligro del desequilibrio y la indeseada y peligrosa zambullida en el río, y con el susto reciente del pastor alemán de su propiedad, que, por fortuna, fue rescatado.
Cuatro veces al día recorren el camino escurridizo como la propia lamprea: a las seis de la tarde para ‘armar’ y a las siete de la mañana para ‘desarmar’ y ver si la noche ha sido propicia.
Hay que imaginar la escena con temporal, con lluvia y viento gélido, y con las mochilas cargadas, si hay suerte: “Cuando la pesca es abundante, hay que subir y bajar varias veces”, cuenta Tito.

Lampreas antes de ser desangradas. / EP
Un kilo pesa, más o menos, cada uno de los látigos de resbaladiza mucosa: todo aquí es deslizante, como si el paisaje y los seres fluviales se hubiera puesto de acuerdo. Pero cada vez hay menos botín y, además, acechan los ladrones: “Llegamos a sacar hasta 400 en una noche. A Carcacía llegan más tarde, entre San José y mayo. Son más finas, más buenas, con menos grasa porque la ha ido perdiendo con el remonte”.
Venden la lamprea en torno a los 120-140 euros y la adquieren cocineros como Óscar Vidal, al frente de O’Pazo, en Padrón, asador donde la brasa es una ciencia y una obsesión. Puede que la revolución del fuego esté sucediendo allí. Óscar la guisa con su sangre y vino, como es costumbre, y no recuerdo mayor elegancia en una carne que suele ser feroz. La mejor que he comido. El cocinero se fija en los ojillos, que parecen de dibujo animado: “No me gusta que digan que es un vampiro”. Pero lo es.
La lamprea ha hecho un viaje de 400 millones de años para coincidir con nuestro tiempo: es posible que nos extingamos antes que ella. Fue uno de los primeros vertebrados de la Tierra y es un privilegio coincidir con un monstruo que da menos miedo que esos otros que gobiernan el mundo.
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