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En la Rambla

Louro, el restaurante gallego con un pasadizo que conecta con el Palau Güell

El establecimiento, que ocupa parte del Centro Galego de Barcelona, propone platos tradicionales con algún toque moderno

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El pulpo 'a feira' del restaurante Louro.

El pulpo 'a feira' del restaurante Louro. / El Periódico

Ferran Imedio

Ferran Imedio

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Los turistas que llegan hasta allí lo saben porque parecen estar más enterados que los barceloneses: la Rambla cuentan con un restaurante en la primera planta de un edificio convertido en un hostal que conecta con el Palau Güell a través de un pasadizo. Se llama Louro, apenas hay una tímida indicación desde la calle y ocupa parte del centro cultural gallego más antiguo de la ciudad. Pero, oh, espóiler, ese pasadizo está tapiado, así que no podrás cruzarlo para visitar la joya de Gaudí (aunque, oh, espóiler, sí podrás verlo).

Louro

Rambla dels Caputxins, 37. Barcelona

Tf: 93.730.82.80

Precio medio (sin vinos): 40-45 €

Hay consuelo, y de los buenos, porque los platos de este negocio te transportan a Galicia gracias al magnífico producto que maneja con buen tino en la cocina el equipo que dirigen los hermanos Rubén y Miguel Bermúdez (artífices de 'El álbum del gourmet'), Carlos García, Eduardo Armas y Guillermo Dosil. No puede ser de otra manera tratándose de un lugar que comparte espacio con la oficina de turismo de esta comunidad autónoma. Y más aún cuando están en la misma sede del Centro Galego de Barcelona, fundado en 1892.

Primero había estado en la plaza Reial, pero en los años 40 del siglo pasado se mudó a su actual ubicación, la casa que mandó construir en 1830 Joan Güell, una de las fortunas de la época. Cuando su hijo Eusebi se emancipó, quiso demostrar que él también manejaba dinero, así que contrató a Gaudí para levantar el Palau Güell. Y por aquello de no perder el vínculo con sus progenitores, conectó el fabuloso edificio con el de la Rambla a través de un pasadizo.

Hoy no se puede cruzar porque está tapiado al no ser de la misma propiedad ambas construcciones, pero sigue en pie y se puede observar desde el comedor de Louro, que tiene aspecto de lo que es, un piso, y que abre los mediodías y noches de sábados y domingos y las noches de lunes, jueves y viernes.

Visitar el Centro Galego

Para completar una experiencia que va más allá de la gastronomía, vale la pena, antes o después de comer o cenar en el restaurante, pedir permiso para visitar el Centro Galego y admirar los murales, la biblioteca, los serigrafiados, las vidrieras, el piano, los elementos masónicos de la decoración...

Ya en la mesa, sirven platos típicos de Galicia con algún que otro toque moderno que se consultan en una carta disponible en forma de 'tablet' o en el móvil a través de un código QR. Los han ido afinando desde su apertura en 2017, cuando recogieron el testigo del bar que había cerrado unos pocos años atrás. Esos sabores tradicionales, acompañados de buenos vinos (el 90% de los blancos y la mitad de los tintos son gallegos) han ido atrayendo a muchos más comensales de los que cabría esperar.

La zamburiña del restaurante Louro.

La zamburiña del restaurante Louro. / El Periódico

Porque no resulta sencillo llegar a este rincón señalizado con un discretísimo cartel y al que se accede cruzando un vestíbulo impersonal y subiendo una escalera presidida por un busto de Castelao, uno de los padres del nacionalismo gallego.

Son muchas las razones que han llevado a Louro a cosechar tan buenas calificaciones en platafomas como Tripadvisor o Google, en las que roza el excelente: el pulpo 'a feira' es uno de los mejores que podrás probar en Barcelona, el calibre y carnosidad de las almejas a la marinera alcanzan el nivel de espectáculo de la naturaleza, las navajas a la plancha con aceite y cebollino solo llevan aceite y cebollino porque no necesitan nada más para triunfar, y platillos como la zamburiña sobre una base parmentier y aderezadas con salsa de tomate casera y 'panko' con pimentón, y la tosta de pan de Cea con sardina ahumada, queso do Cebreiro y sofrito merecen un canto a Galicia como el de Julio Iglesias. ¡Hey!

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