Cata Menor
Comer una 'burger' de autor es una porquería cara
La carne ha dejado de la protagonista, camuflada en un bodegón de salsas invasivas, quesos blandurrios y vegetales tibios
Smash burger' o hamburguesa normal: ¿cuál prefieren los chefs?
Combate: Smash Burger contra Burger Mofletuda

La hamburguesa del restaurante Leña, en Barcelona. / Pau Arenós

Las hamburguesas forman parte de un negocio que consiste en ocultar la carne. La chicha ha dejado de la protagonista, camuflada en un bodegón de salsas invasivas, quesos blandurrios –o una simulación del lácteo– y vegetales tibios, con tomates inmaduros que dejan la boca como si hubieras besado a una anaconda.
La perversión máxima es la proteína animal multiplicada por dos: añaden al vacuno unas tiras de beicon por si la vaca o el ternero fuera inválido y necesitara de muletas de sabor. Provocar un infarto es una práctica desaconsejable. Ninguna escuela de negocios promueve la extinción de la clientela, a menos que apoye el sector de las pompas fúnebres.
Todas esas excusas o amontonamientos permiten que una porción de carne picada –con más grasa de la necesaria para aumentar el volumen y asegurar el sabor– traspase el listón del precio razonable con el garbo de un saltador de altura batiendo un récord.
Son caras, son difíciles de comer porque no caben en ninguna boca que no sea un buzón –¿cuántas mandíbulas dislocadas han acabado en urgencias?– y el consumidor trastea en el plato aquella borrasca de ingredientes hasta destrozarlos y acercarse a la descomposición de un ‘bacon’. Me refiero a las obras del pintor Francis Bacon, no a la suculencia cerda.
El truco de la engañosa variedad merece aparecer en el repertorio de un prestidigitador.
En una pizarra o en una carta, una pletórica multitud de ‘burgers’, aunque siempre es la misma carnaza con la ficción del cambio gracias a una salsa (o varias: imposible distinguir brochazos) y algunos otros acompañamientos con una espesura del maquillaje.
¿Por qué no panecillos con contenido básico para gozar del buen músculo? En el Leña de Dani García, que acaba de prender la llama en el Hotel Gran Hyatt de Barcelona, me reencontré con una creación mini que incluso mereció el raro honor de formar parte de la minuta de aquel tres estrellas que cerró en el 2019.
A precio alto (dos porciones, 22 euros), picaña madurada, y picada ante el comensal, queso havarti y la salsa ‘bull’ (industrializada, para mí, con exceso de aditivos). La 'bull' es un invento del cocinero que vende en hipermercados. Como envoltorio, un ‘pretzel’.
Nada más. Pan, ‘burger’, queso, salsa. Nada más. Y cabe en la boca. Muy buena. Nada más. Sin el regusto de besar a una anaconda.
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