Comer por menos de 15 €
Menú del día: La Cassola, un antídoto contra descreídos
Este imponente local con 40 años de vida podría considerarse un unicornio en el Gòtic

Canelones del menú del día del restaurante La Cassola. / Alberto García Moyano
Con muchísimo gozo escribo estas líneas, porque la visita de esta ocasión es la causante de renovar -algo más- mi fe en lo que llamamos el centro de Barcelona que, como -casi- todo centro de núcleo urbano que se precie de serlo, sufre las consecuencias de la turistificación masiva. Y, en el centro del centro, diría que está el Gòtic, que concentra tanta belleza como desesperación de ver en lo que se ha convertido.
La Cassola
Sant Sever, 3. Barcelona
Tf: 93.318.15.80
Precio: 14,50 €
Por eso cuando, explorando la zona, me anoté como pendiente visitar La Cassola, no voy a ocultar que un cierto temor habitaba en mí. Temor, esencialmente, a depositar esperanzas en una visita (sépase que, de esperanza, siempre voy con mucha a cuestas) y que esta resultara una decepción proporcional. Tratándose de la zona de esta visita, diría que el temor resulta más que razonable porque no sabes si lo que va a ser un desastre es la comida, el local o todo en general.
Así que, aprovechando un reciente miércoles, aproveché a llamar a mi estimada Mar, con quien ya di buena cuenta del Transatlàntic y así compartir juntos la emoción de ver con qué íbamos a dar.

La entrada del restaurante La Cassola. / Alberto García Moyano
Y ahí estábamos, frente a La Cassola, un imponente local con 40 años de vida en pleno Call Major, barrio judío medieval de la ciudad. Esa entrada en plena calle de Sant Sever, acompañada del cartel anunciando el menú del día, llama (vaya si llama), pero el interior es de los que se suele decir que te quedarías a vivir.
Curiosamente, en cierta manera recuerda a una suerte de bistró, concurrido él, pero sin los agobios propios de muchos de los comercios de la zona. De momento, podría ser un espejismo. Sigamos siendo unos descreídos, que nunca se sabe.

Ambiente del restaurante La Cassola. / Alberto García Moyano
Ya acomodados en el comedor principal (hay uno más pequeño en un segundo nivel), una de las cuatro hermanas que regentan el lugar muy amablemente te marca el terreno: estás en su casa y este es el restaurante familiar. El espejismo va desapareciendo para ir cogiendo cuerpo de realidad.
Cuatro primeros y ocho segundos
Hay cuatro opciones de primero y ocho de segundo, dos de las cuales con suplemento: el bacalao y el confit. Como pedir con suplemento superaría el límite máximo de esta sección, nada de platos con suplemento. Así como hay otros lugares en los que, si no tiras de suplemento, no hay demasiadas garantías de comer decentemente, este no es el caso.
Como primer plato volví a darme con uno del que no escribía desde la primera de estas crónicas: los canelones, esa 'rara avis' en menús del día, que seguramente abunden más que lo que acaban apareciendo en este rincón de la red. Gratinados y, aunque con algo menos de bechamel que los de Can Massana, iban rellenos de una farsa bien rica. Habíamos puesto un primer pie en la luna con éxito.

'Galta de porc' del menú del día del restaurante La Cassola. / Alberto García Moyano
El segundo, de entre todas las opciones, que por cierto incluían dos opciones de pescado, fue uno que ya viene apareciendo con más frecuencia en estas líneas: la 'galta de porc'. Es, según nos dijeron las jefas de la casa, uno de los más solicitados "porque siempre se acaban". Y no me extraña porque, con ese punto de pimienta, ese casi tostado exterior y esa grasa propia envolviendo, las pondría cerquísima de las del Gelida o las del Bar Andalucía del Poblenou. Y es que ya lo dice el refrán: En el comer y el rascar, todo es empezar".

Rosca casera bañada en chocolate del menú del día del restaurante La Cassola. / Alberto García Moyano
Pero ¡alto!, que esto no acaba aquí. Que el postre era una rosca casera bañada en chocolate. Ahí, en medio del plato de postre una rosca y, a continuación, un abundante caudal de chocolate cubriéndola casi, casi del todo. Cucharilla y al lío para comprobar que era mucho menos pesada y empalagosa que la que el propio prejuicio te empujaría a pensar. Todo alegrías, es un hecho.
Este triunfo sólo (por fin, nuevamente con tilde) es patrimonio de la unida familia que mantiene lo que podría considerarse un unicornio en el Gòtic, pero que a la vez muestra que hay posibilidad de no sucumbir a la espiral de pelotazos gastronómicos que nutren buena parte del centro de la ciudad (y parte del extranjero). Un delicioso antídoto contra descreídos.
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