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Restaurante Casa Mari y Rufo: no es nuevo, no es bonito, no es cómodo, y hay colas
Una ruidosa casa de comidas, especializada en pescado y marisco, junto al mercado de Santa Caterina

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Casa Mari y Rufo (Freixures, 11): no es nuevo, no es bonito, no es relajante, y algunos platos tienen menos sentido que el programa de tele de Carlos Herrera. Y, sin embargo, los mediodías hay colas, puede que por el precio del menú (12 €), porque el contiguo mercado de Santa Caterina les sirve producto óptimo o porque existe en torno a lo destartalado y caótico una mística que no comparto.
Situación 1: la reserva es para las 14.15. Pues no. Se chillan los unos a los otros para saber quién demonios ha apuntado una reserva a una hora en la que no dan reservas (y nosotros, desconcertados; y expulsados a la calle).
Situación 2: en la mesita alta de la entrada, una pareja pide cava. Los clientes solo quieren un par de copas y la camarera, con pulmón de aprendiz de soprano, grita eso mismo. Aparece otra camarera: “¡¡¡¡Pues sirve dos copas!!!!”.
Cuando finalmente conseguimos entrar (con retraso, claro), el comedor es micro y ensordecedor a lo ‘mascletà’. La camarera tira los platos vacíos en la mesa sin cuidado ni interés, como si repartiera cartas de póker. Se puede comer por 100 euros o por 25, según se elija ‘wagyu’ o sepia a la plancha.
El pulpo es un error: duro, dulce (¿miel?), cubierto con germinados violetas y servido sobre un plato de pizarra. Choca la presentación de ¿autor? con el ambiente bullanguero.
Las vieiras con patata y jamón reafirman el error de seguir por la picajosa senda de lo moderno.
La fritura es otra cosa: pescado blanco, pescado azul, gambitas rojas. Crujientes para comer con los dedos, masticar cabezas y cáscaras.
El bacalao es bueno, a reventar de colágeno: engancha más que una 'tieta' plasta. A la 'llauna', va cargadito de picante.
El error de los dos primeros servicios y la satisfacción de los siguientes. El café, quemado: una plaga en Barcelona.
La mayoría de los comentarios sobre este establecimiento son elogiosos, ditirámbicos, ¡hiperbólicos! Esa misma noche, un grupo de amigos ocupó una mesa y la vivencia, con el comedor semivacío, fue placentera.
El estrépito y los bramidos son los ingredientes a apartar.
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