Los restaurantes de Pau Arenós
La Cova Fumada: la bomba, la leyenda

Palmira, Guillem (detrás), Josep Maria y Magí Solé con la bomba. Foto: Ricard Cugat

La Cova Fumada es un fenómeno que supera lo gastronómico. A las 15.00 horas de la tarde cierran los portones. Quien no está en la lista de Josep Maria Solé no entra.
Llega una pareja de indios: han leído en una guía sobre este espacio de resistencia. Ven la cola y preguntan. Los clientes, amables, responden. Los clientes son vecinos, ciudadanos de la república de la Barceloneta que, como los guiris, aguardan el turno. Disciplinados, pacientes, resignados. “Si no estás en la lista, no entras”.
Esta puerta, que vigila 70 años de historia, es más difícil de atravesar que la de la última discoteca de moda. Los indios aseguran que volverán por la noche. Que Ganesha se apiade de ellos: los horarios que rigen aquí corresponden a extraños relojes.
Al rato, Josep Maria viene a buscarme. Paso por detrás de la barra, donde se afana Magí, el hermano.
Al frente de la plancha y los fuegos, la madre, Palmira, y Magí y su hijo Guillem. Voy solo, pero entramos tres. Nos sientan juntos. Josep Maria dice: “De aquí han salido muchas parejas. Personas desconocidas que se han compartido mesa y que han intimado”. Ellos son primos; uno, del barrio, cliente habitual de la casa; el otro, constructor de cocinas.
Pido bacalao, vale, no hay bacalao. Calamar con garbanzos, mejillones a la marinera y una bomba.
La bomba, tapa emblemática de la casa, de la Barceloneta, de Barcelona. Fue obra de la abuela Maria “en 1955”, afina Josep Maria.
Bodega primigenia, evolucionó hasta este comedor de barrio. El origen del invento es una croqueta, es Tarragona, es el 'allioli'.
“La primera versión llevaba carne con piñones”. Magí, el padre, tenía mucha gracia vendiéndolas. 'Allioli' y salsa picante con aceite y cayena y… Josep Maria calla. Ha dicho suficiente. ¿Doble rebozado? ¿Una fritura andaluza? No sé.
Cuenta una cosa más: “Un día un vecino llamado Enric la probó y dijo: ‘Esto es la bomba”. Apunten, historiadores de lo cotidiano.
Se trata de un negocio formidable: un vino blanco, un vino tinto y una marca de cerveza. Ni complicaciones de estoc ni malabarismos con las botellas. Bullicio, trajín, velocidad, calor.
“La gente viene porque la comida está buena, no por mi simpatía”, bromea el dueño (¿o no?).
La bomba es sensacional: rebozado crujiente, patata, carne y las dos salsas.
Los mejillones están en su punto, así como el calamar, con unos garbanzos demasiado gruesos (pero bien cocinados).
Porrón de vino batallero, adecuado al ambiente. Mis vecinos me dan a probar el 'capipota', también con nota. Café con ron. Cocina popular en un ambiente popular a precios populares. ¿Resultado? Seguidores por doquier.
Vuelvo a la bomba. Es ligera, pero no se deshace.
Explica Josep Maria que un programa de tele con gran audiencia le propuso que explicara la receta. Declinó salir. Es su patrimonio.
Muchos restaurantes preparan bombas. Son otra cosa, son otras historias. Estas son leyenda.
Atención a: las bombas. No probarlas es delito.
Recomendable para: los arqueólogos de lo gastro.
Que huyan: los que se agobian en lugares atestados.
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