Los restaurantes de Pau Arenós
Mitja Galta: el gusto del barrio
[Este restaurante ha cerrado]

Manel López, Elisenda Castellón y Xavier Insa, en la cocina de Mitja Galta. Foto: Danny Caminal

Mitja Galta, un nombre sugerente, atractivo, fronterizo. Podría referirse a un contrabandista, a un bandolero, a un fantasma en las catacumbas de la ciudad. Xavier Insa, uno de los tres dueños, lo desvela. “La gente de cierta edad de L’Hospitalet se refería a la calle de Santa Eulàlia como mitja galta”.
Un lado construido; el otro, no. “También tenemos mitja galta (mejilla) en Barcelona y mitja galta en L’Hospitalet. Y En Mitja-Galta era el título de una novela de 1905”. El autor, Joan Pons Massaveu, la subtituló noveleta barcelonina. Cuando alguien se curra lo anecdótico, es que ha trabajado lo esencial a fondo.
Mitja Galta es un restaurantito barcelonés. Y en el diminutivo aparece aquí de forma elogiosa porque como Manel López, que cocinó durante siete años en el Manairó de Jordi Herrera, advierte: “No es un gastronómico”. Y Xavier remata: “Es de barrio”.
En el 2011, al escribir sobre La Forquilla, me referí a la Nueva Cocina de Barrio, con el vano deseo de que en cada esquina hubiese un comedor que ilusionase al vecindario y atrajese a los paladares intrépidos. Mitja Galta lo es. Fue la primera sede de El Pràctic de Andrés Huarcaya, que ha remodelado el arquitecto Daniel Powell, propietario de la galería Mitte.
Xavier y Elisenda Castellón, tíos de Manel, eran clientes de El Pràctic, sus respectivos trabajos se disolvieron y achucharon al sobrino para que enseñase la galta. Los tres son de Santa Eulàlia, espacio mitificado en la geografía gastro porque nació Ferran Adrià.
Tomo el menú de mediodía al precio de 11,50 euros con sorpresas tan agradables como los cannoli de postre. “Usamos masa de wonton frita”, descubre Elisenda, que se encarga del apartado dulce con las indicaciones de Manel. Buena idea, e indicativo de las soluciones contemporáneas aplicables a una casa de comida.
“Cada vez nos vamos atreviendo más”, dicen los tres. Elijo el reconfortante guiso de garbanzos con tomate y el arroz del día, reprochable combinación dietética.
Es jueves y toca gramínea: arroz bomba con callos y zamburiñas. Es la bomba, buen representante del barrio, de los bares del barrio, de cómo tendría que ser los bares de barrio. Le sobra la zamburiña, abatida por la potencia de la casquería.
Desde mayo no ha repetido receta arrocera. “Cuando cumplamos un año, veré qué hacemos”. Horas después, Xavier me enviará un excel con los ¡350 platos! diferentes del menú de mediodía. Un ritmo de récord.
Como plus pido “la tapa estrella”, a decir de Xavier, la mitja galta de ternera. Negro y blanco y negro, la carrillera deshuesada, el parmentier, la salsa con su punto de chocolate.
Jordi Herrera fue un buen maestro. Veo uno de sus gestos de fuego en la visita a la cocina cuando Manel coge un soplete para achicharrar unas tiras de carne: “Le voy a pedir a Jordi un Fakir Cook”. Es la plancha con clavos en la que el chef de Manairó clava solomillos para buenas crucifixiones.
“Queremos coger el gusto al barrio”, acaban. El barrio tiene gusto.
Atención: al mediodía con un MMB (Mejores Menús de Barcelona).
Recomendable para: los quieran conocer la Nueva Cocina de Barrio.
Que huyan: los que confunden L’Hospitalet con Santa Coloma .
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