LOS RESTAURANTES DE PAU ARENÓS
Semproniana: una tortilla llamada K

Ada Parellada, en compañía de Joan Pluvinet (a los malabares) y Santi Alegre, en Semproniana. JOAN CORTADELLAS
Si examinas la Semproniana ves a Ada Parellada en cada rincón: pinturera, bulliciosa, abigarrada, colorista, lanzada y algo caótica.
En noviembre de 1993, Ada, su marido, el arquitecto Santi Alegre, y el cocinero Joan Pluvinet invadieron el territorio de tinta de la editorial Miquel para sustituir la linotipia por el horno. Mosaico en el suelo, paredes verdes o rojo-chili, sillas desparejas, tenedores usados como servilleteros, cuadros y gasas, algo moruno o mexicano en una atmósfera difícil de narrar.
Pasados los JJOO y sus medallas de latón y chocolatina, este fue un restaurante de moda en la ciudad en crisis. Resiste Semproniana, en mejor forma gastronómica que antes.
No había regresado al restaurante desde finales de los 90, aún sin canas ni sotabarba, así que entré escéptico y salí convencido después de un ejercicio de posibilismo culinario. Posee Ada una personalidad efervescente, una impronta que deja en libros (el último, 'Com fet a casa', sobre ¡comida envasada!), talleres para niños (el ya famoso Patacuchi, los sábados, en Semproniana), apertura (y cierre) de restaurantes... 'Ada o el ardor' es una novela de Nabokov, título perfecto para esta mujer en ascuas.
El crack económico o los años o lo que sea han centrado (algo) a Ada y la carta del Semproniana, bien cocinada por Pluvinet, desprovista de sobrantes, fingimientos y afectaciones. «Es más corta. Son cosas sencillas, identificables. No nos complicamos la vida ni nos metemos en cosas que no sabemos hacer».
Entré en materia con el vino L’Equilibrista (buena metáfora social), el rollo de arenque y el macarrón XL relleno de 'carn d’olla' y setas (una delicia). Recordé los sabores del canelón gigante, algo crudo, con butifarra negra y queso ('Braç d’un gitano moreno', según el humor de la casa) que había probado en versión lasaña en los años posolímpicos: «Una bomba, nuestro 'hit parade'».
Acerté con el arroz venere con queso mahón y sobrasada, convencida Ada de que lo detestaría (¿por qué?) y le di nota alta a la tortilla de patatas con fuagrás servida en cazuelita. Grasa, suave, envuelta en aromas de tomillo. Màrius Serra les ha regalado un enigmàrius: llama K a ese plato. 'K-ssola'.
Se empeñó la 'mestressa' –posee el gen fondista Parellada– en que probase un plato de la carta de mediodía (a precio económico), el saleroso 'rostit de cap de llom' con salsa de anchoas, y aún tuve espacio para el rosbif de secreto, que necesita correcciones como el Ferrari de Alonso. Helado de canela, pastel de manzana y 'delirium tremens'. No es el estado en el que salí sino una 'ganache' de chocolate.
«¿Qué pretendemos? Un lugar cómodo, divertido y desacomplejado». Pues no es otra cosa.
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