Cata Menor
Las coctelerías son los nuevos hornos de pan con degustación
Hay que saber marcharse a tiempo: nos da vergüenza salir por la puerta si el local es hostil
Sí al gimlet, el cóctel clásico que no está de moda
Un pecho en la mano... y un cerebro en la copa: la incomodidad según Mugaritz y Paradiso
Este es el sake elaborado con la saliva de Rosalía

Una coctelera. / Javier Corso

Fue un error desde el comienzo y a la primera señal de alerta deberíamos de habernos ido. Hay que saber marcharse a tiempo. Nos da vergüenza salir por la puerta si el local es hostil. Una vez sentados, aguantamos de una manera obstinada y ridícula.
Insistí en ir, estaba cerca del teatro donde habíamos visto la función de las 20.00 horas, el frío navajeaba y la cuestión era cenar por ahí o llegar a casa.
Sentía curiosidad por ver el cambio del establecimiento: lo recomendé como restaurante porque había cenado satisfactoriamente y ahora, con la misma propiedad, había mutado en coctelería con bocadillos. En Barcelona, las coctelerías son los nuevos hornos de pan con degustación. Una en cada esquina.
La vez anterior, el sitio me pareció feo y el paso de los años había acentuado el abandono. Mesas altas para un consumo urgente y un camarero joven con gorrita a la moda. Preguntamos dónde podíamos sentarnos y dijo que junto a la puerta (frío) o en la terraza (frío).
El local estaba casi vacío. Al fondo, una pareja jugaba a las cartas y le daba a unos cócteles. Dos mujeres tomaban vino y picaban algo. Tres personas bebían cerveza. Era un ambiente tan raro para una iglesia como para una coctelería.
Fue entonces cuando deberíamos habernos ido, pero el camarero consintió en que pasáramos.
No hablaba catalán y un castellano a trompicones, lo que nos hacía sentir extranjeros. Los ‘expats’ dominarán la Tierra porque nosotros somos ya los dinosaurios. La hospitalidad hacía rato que había huido en busca de otros parajes. El chaval tenía ningún interés en nuestra comodidad. Era como dirigir la palabra a una cafetera.
Le pedimos si podía bajar la música, salsa trompetera y timbalera a toda máquina. Nos ignoró como quien da un codazo en una multitud.
La cerveza no era la que habíamos pedido, sino otra más cara. La ‘smash burger’ estaba seca como un tapete. El bocadillo de pastrami poco tenía que ver con esa preparación en salmuera.
En la barra, el camarero agitaba unos cócteles para las personas de la baraja. Puede que le molestara el trabajo de servir patatas fritas porque era un artista ‘mixólogo’.
Esa es la escalada del descontento: primero fueron barmans, después ‘bartenders’; ahora, ‘mixólogos’. Nosotros seguimos en la vulgar categoría de clientes. Comprendo que apenas hubiera público.
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