Memoria viva
Casi un siglo de churros de El Sport: la historia viva que resiste en la plaza de Lesseps
El establecimiento, abierto en 1927, resume en su barra casi un siglo de historia popular, familiar y gastronómica de Barcelona
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Teresa Buch, en la churrería El Sport de la plaza de Lesseps de Barcelona. / Marc Asensio Clupés

99 años se dicen rápido. Pero hay lugares donde el tiempo no pasa: se fríe, se sirve en papel y se comparte. La churrería El Sport (plaza de Lesseps, 19) es uno de ellos. Abrió en 1927 en la antigua plaza de la Cruz, cuando Barcelona aún se construía a ritmo de barrio y las vidas cabían en pocas calles. Hoy, ese mismo punto pertenece a la plaza de Lesseps, en el límite entre Gràcia y Sarrià-Sant Gervasi, y aunque todo -o casi todo- ha cambiado, la caseta sigue allí. De hecho, la actual estructura metálica data de la homogeneización de puestos que se impulsó con motivo de los Juegos Olímpicos de 1992, cuando la ciudad se rediseñó también en sus pequeños detalles.

Teresa Buch, con una foto antigua de la churrería El Sport de la plaza de Lesseps de Barcelona. / Marc Asensio Clupés
Dentro, Teresa Buch, nacida a pocos metros de la churrería en 1972, conocida por muchos como Maite o simplemente “la churrera”, sostiene la historia con naturalidad. “Yo no me puedo acordar de toda la gente que pasa por mi negocio, porque son muchos, pero yo siempre estoy allí, así que todo el mundo me conoce”, dice, sonriendo. Y no es una frase hecha: su vida entera cabe en ese espacio. “Llevo aquí toda la vida. Me he criado aquí. Es mi casa”.
Una familia, una receta, un barrio
La historia empieza con sus abuelos, que levantaron una barraca de madera casi como un pasatiempo. “Mi abuelo la construyó como un 'hobby', después de que alguien de Les Planes le enseñara la receta”. Pero la vida apretaba. “Mi abuela enviudó rápido y entonces la churrería se convirtió en el sustento”. De generación en generación, el negocio pasó a su padre, y luego a ella. Sin estrategias de 'marketing' ni presencia digital. “Yo no salgo en TikTok ni tengo web. Tengo el boca-oreja, la recomendación de la gente, los que se acuerdan que aquí hacemos buenos productos”.

Teresa Buch prepara unos churros en la churrería El Sport de la plaza de Lesseps de Barcelona. / Marc Asensio Clupés
En la pared, dos fotografías en sepia lo confirman todo: los inicios, la plaza desaparecida, la vida anterior a las reformas de los años 50 que unificaron la plaza de la Cruz con Lesseps... En una de ellas, firmada por Francesc Català-Roca, la churrería aparece como un punto más en la ciudad. Hoy es un símbolo.
El lujo de lo sencillo
La propuesta no ha cambiado. Ni falta que hace. “Soy una artesana. Todo lo que hay en nuestro establecimiento está hecho al 100% por mí y al momento. No hay bolsas, te lo llevas todo calentito”. Aquí, además de los churros, las cortezas de trigo y las patatas 'chips' se hacen al momento, crujientes, doradas, y para muchos, las mejores de la ciudad. Se compran, se pelan, se cortan y se fríen al instante, sin atajos ni concesiones. “No hay ni conservantes, ni edulcorantes ni colorantes ni nada por el estilo”.

Los churros de la churrería El Sport, en la plaza de Lesseps de Barcelona. / Marc Asensio Clupés
La filosofía es clara y casi militante. “Tengo lo justo para que esté todo muy bueno”. Y eso se traduce en una oferta mínima, afinada con los años: churros -en invierno también bañados en chocolate-, patatas fritas y cortezas de trigo. El gesto, mientras trabaja, es preciso y casi coreográfico. Pinza, giro, azúcar. Una técnica heredada que también es memoria. Y al otro lado del mostrador, una constante: la gente se va con su papeleta en la mano y una sonrisa.

La churrería El Sport de la plaza de Lesseps de Barcelona. / Marc Asensio Clupés
A lo largo de los años, la churrería ha sido testigo de todo. Desde bandejas de plata cargadas de churros para la alta sociedad en tiempos de Alfonso XIII hasta un tranvía descontrolado que se llevó por delante parte del puesto. “Me explicaron que la gente le gritaba a mi abuela: ‘¡cuidado, el tranvía!’”. También fue requisada durante la Guerra Civil, convertida en punto de distribución de sacos de arena y metrallas. Y luego, como la ciudad, volvió a empezar.
"Ahora viene gente de todos lados"
Hoy, el barrio ya no es el mismo. “La gente ha cambiado. Ni para bien ni para mal. Los hábitos en general han cambiado”. Gràcia es ahora un barrio de moda, con turistas, nuevos vecinos y ritmos distintos. “Antes la gente hablaba más. Todo ocurría en el barrio. Ahora viene gente de todos lados”.
Pero hay cosas que permanecen. “Mucha gente me para y me dice que se acuerdan de mí de pequeña, o de mi madre, o que venían con sus abuelos. Los recuerdos relacionados con la churrería siempre son buenos: de domingo, de ocio, de familia”. Y ese es quizá el verdadero secreto: no vender churros, sino recuerdos.
A veces, incluso, el negocio sirve de referencia urbana. Taxistas que escuchan: “Párate donde la churrería”. Viajeros que se llevan una bolsa rumbo a Aragón o Polonia. Clientes que, si un día no abre, preguntan preocupados. “Yo paso más tiempo aquí que en mi casa”, dice Teresa. “Lo mismo que soy la tercera generación al frente, he visto aquí tres generaciones o más de una misma familia”. El futuro es incierto. “Ya veremos si alguien continúa”. Pero el presente sigue oliendo igual. A masa recién hecha, a aceite limpio, a azúcar cayendo despacio.
Antes de despedirse, deja un consejo, casi como quien comparte un secreto de familia: “Los churros están mejor a los diez minutos de freírlos que recién hechos. Deben reposar”. Como la historia. Como la ciudad. Como todo lo que merece la pena.
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