Opinión | Cata Menor

Coordinador del canal Cata Mayor
Cuando un bocadillo de pincho moruno alivia más que un paracetamol
Bares que cumplen la función social de una farmacia de guardia
Si no es imprescindible que el pizzero sea napolitano, ¿lo tienen que ser los ingredientes?

Un bocadillo de pincho moruno de pollo. / Pau Arenós
Aquel bar regentado por chinos en una ciudad que no era la mía cumplió la misma función social que una farmacia de guardia.
Había pasado el día en un hospital por un asunto familiar y tenía que regresar a primera hora de la mañana, de manera que estaba obligado a dormir en la población. Salí tarde del centro médico y ya todo eran bares en retirada, las mesas amontonadas y las fregonas en un baile de despedida.
La terraza iluminada anunciaba hospitalidad en el silencio de las ciudades medianas un lunes cualquiera.
A esa hora solo aspiraba a un bocadillo de embutido con pan de goma, pero la señora me ofreció una alternativa caliente.
Estaba cansado y con el estómago en un nudo, así que no leí detenidamente la pizarra, sino que me dejé llevar por un capricho a primera vista. Pincho moruno de pollo, pedí.
“¿Medio bocadillo o entero?”. Sin haber comido, me pareció prudente alimentarme, aunque mi cabeza no estaba en la expectativa y el placer sino en la preocupación. La caña fría de cerveza me alejó por un instante del hospital. Era amarga de otro modo.
Cargaba mochila y maleta y no parecía alguien con control sobre el destino. Desorientado, primero pedí el bocata para llevar y después decidí el consumo inmediato.
Pregunté si podía acomodarme y la mujer señaló la única mesa del pequeño local, sin contar las dos de la terraza: “Ahí se sienta mi marido a comer”.
El marido abrió una bolsa de tela y sacó una barra y la mujer me preguntó si quería tomate. Le dije que sí por reflejo, aunque mejor habría sido responder que no.
Al poco rato llegó la pieza cortada en dos mitades. El pan era todavía decente a la hora de los abandonos y el pollo jugoso, especiado y con el punto de picante que no molestaba. Le sobraba el tomate, pero eso era culpa mía.
De haber sido un bocata de trámite habría cumplido con el objetivo, que era procurar un poco de consuelo en el desconcierto. No era tan importante la calidad del marinado como que me hubieran acogido como último cliente del día. Me procuró más alivio que un paracetamol sin tantas contraindicaciones.
De camino al alojamiento encontré un colmado de indios o pakistaníes con algunos clientes en busca de un avituallamiento de urgencia. Como el frankfurt de la pareja de chinos, era otra farmacia de guardia, de gente que trabaja y habita la discreción.
Son extraños para nosotros como nosotros somos extraños para ellos. Habitamos en el mismo espacio sin apenas rozarnos.
En el bar no había buscado valor gastronómico, sino una solución. Y la recibí en forma de bocata de pincho moruno.
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