Opinión | Cata Menor

Coordinador del canal Cata Mayor
Eliminar las fotos de paella de la Rambla no hará que sean mejores
La cosmética de la acción municipal hará que los clientes se sienten bajo parasoles idénticos y en sillas gemelas mientras los ametrallan con granos de plomo
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Un cártel con la oferta de un restaurante de la Rambla. / MANU MITRU
El Ayuntamiento de Barcelona ha decidido restituir la Rambla a los barceloneses con una operación de estética: la unificación de las terrazas para la aún lejana fecha de febrero de 2027, en busca de que la belleza desplace el infierno.
Para dar uniformidad y coherencia al paseo, unas normas: los parasoles será de la misma altura y de color crema; dos modelos de mesas y cuatro de sillas a elegir; cuatros tonalidades discretas para fundas y cojines, con la prohibición de los estampados; tampoco se permite la publicidad; el nombre de los establecimientos podrán aparecer en las pizarras autorizadas.
Adiós a las sillas, mesas y sombrillas patrocinadas. Adiós a la sillería metálica y ruidosa y bienvenido el polipropileno. Adiós a la ‘gincana’ y a la carrera de vallas y a esa cartelería insoportable con un colorido más violento que clavar agujas en los ojos.
Poco más que decir si lo que se quiere es presentar un espacio anodino y pulcro: se entiende la reacción porque la Rambla es un desguace del buen gusto.
No quiero dar un disgusto al alcalde, que ya debe saber que al poco del reseteo y con el descuido de los polis terraciles, la avenida hasta el mar se verá sometida al trile y poco a poco la cultura de los encantes volverá a conquistarla.

Un cartel con oferta de cócteles en la Rambla. / Manu Mitru
Si la operación sirve para contener el caos será un éxito, aunque dudo de que los barceloneses regresen al bulevar del que fueron expulsados. Porque la operación de estética solo se queda en la superficie y no va al fondo: que supriman las fotos de las paellas atroces no hará que estas desaparezcan. Aunque cerremos los ojos, al abrirlos, el monstruo del arroz hormigonado seguirá allí.
Obligar a comprar una determinada silla es legislable, ¿y es imposible imponer que el alcohol que vivifica una sangría sea de calidad?
La cosmética de la acción municipal hará que los clientes se sienten bajo parasoles idénticos y en sillas gemelas mientras los ametrallan con granos de plomo y caen bajo el napalm de los cócteles fosforescentes. Algo se habrá ganado, aunque la oferta seguirá teniendo el atractivo de un repelente.
Los locales han dejado de ramblear porque la masificación impide el paso y lo que antaño fue un agradable caminar bajo los plátanos es ahora el repiqueteo loco de las bolas en una máquina del millón.
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