Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Segundas vidas

Una nueva generación rescata bares y restaurantes históricos con mínimos cambios y máximo respeto

Barcelona descubre que su futuro también huele a guiso de toda la vida gracias a jóvenes restauradores que, con su apuesta, demuestran que la ciudad tenía hambre de memoria

Estas son las bodegas más auténticas de Barcelona

Cuando la experiencia es un grado: estos restaurantes históricos de Barcelona siguen en plena forma

Elisabet Prat, flanqueada por sus hijos, Esteve y Martí, en la barra de Bar Casi

Elisabet Prat, flanqueada por sus hijos, Esteve y Martí, en la barra de Bar Casi / Òscar Gómez

Laia Zieger

Laia Zieger

Barcelona
Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico Por qué confiar en El Periódico

Barcelona vuelve a mirar atrás para avanzar. En un momento en que las calles parecen replicarse con cafeterías de especialidad, cartas calcadas y una estética que se repite de barrio en barrio, algo se mueve -casi en silencio- tras las persianas de hierro de locales de siempre. Bares con décadas a sus espaldas que, lejos de desaparecer, encuentran una segunda vida. No con grandes reformas ni conceptos revolucionarios, sino con algo mucho más sencillo: limpiar, pintar, ajustar cuatro detalles… y dejar que el alma y saber hacer siga haciendo su trabajo.

El valor de lo que permanece

Durante años, muchas bodegas, casas de comidas y bares familiares fueron cayendo, arrastrados por alquileres imposibles o por una tendencia que parecía exigir novedad constante. Pero ahora, una nueva oleada de hosteleros -a veces por romanticismo, a veces por pura viabilidad económica- ha decidido tomar el relevo sin borrar la historia. Y ahí está la clave: conservar.

Porque estas casas no solo dan de comer: conservan la memoria de la restauración local en los barrios. Han sido, durante décadas, puntos de encuentro donde se ha tejido vida cotidiana -desayunos de barra, vermuts de domingo, menús entre semana-, espacios donde generaciones enteras han aprendido a comer fuera de casa. Recuperarlos es también recuperar ese papel social que va mucho más allá de la cocina.

Las tortillas de Bar Casi.

Las tortillas de Bar Casi. / Òscar Gómez

Lo que antes se habría considerado “viejuno” hoy es, paradójicamente, lo más contemporáneo. Barras metálicas, mesas de mármol, azulejos marrones, neveras con puertas de madera. Espacios que no necesitan disfraz porque ya son, en sí mismos, escenario. Para el cliente de siempre, son un refugio reconocible. Para el turista, una experiencia auténtica. Para el público joven, una postal perfecta -y asequible- de una Barcelona que ya casi no existe.

Donde la ciudad se reconoce

En Bar Casi (Massens, 74), esa idea toma forma cada mañana. Lisabet Prat, junto a sus hijos Martí y Esteve, se puso al frente del local hace poco más de un año con un objetivo claro: que siga abierto otros 47 años más. Apenas tocaron nada. Lo justo para ponerlo en condiciones. Y ahí siguen, con desayunos de los de antes, menús de mediodía y vermuts sin artificios. Ocho tortillas distintas cada día, butifarra con 'mongetes', 'capipota', cremas de verdura. Cocina sencilla, directa, familiar. Como la de casa. Como la de siempre. Y la respuesta es inmediata: colas, fidelidad, boca a boca.

Los calamares encebollados con 'fesols' de Santa Pau de Bodega Manolo son una maravilla.

Los calamares encebollados con 'fesols' de Santa Pau de Bodega Manolo son una maravilla. / Òscar Gómez

“Nos hemos dado cuenta de que la gente se siente muy desplazada de los barrios”, explica Esteve. “Hay ganas de mantener lo de siempre. No quieren menús degustación ni formalismos, sino una caña, unas bravas, unas croquetas. Lugares que han visto crecer generaciones. Eso reconforta”. También lanza una advertencia: “Sin ayudas y con alquileres abusivos, este patrimonio lo sostiene la gente, no las instituciones”.

Los caracoles con tripa de bacalao de la Bodega Gol.

Los caracoles con tripa de bacalao de la Bodega Gol. / Manu Mitru

No es un caso aislado. En Gràcia, la Bodega Manolo (Torrent de les Flors, 101), fundada en 1961, ha cambiado de manos sin cambiar de piel. El equipo de la Bodega Gol (Parlament, 10) ha tomado el relevo manteniendo carta, horarios y atmósfera. Ensaladilla, bacalao a la 'llauna', garbanzos con oreja, fricandó. Barricas, mármol, rutina. Todo sigue igual. Y eso es precisamente lo que funciona. Ellos mismos ya habían aplicado la fórmula en Bodega Gol, abierta en 1943. Un “bar de pueblo” en plena ciudad que sobrevivió a la pandemia y renació gracias a una red tejida con oficio y afecto. Hoy, callos, 'capipota' o carrilleras vuelven a salir de una cocina que, hace no tanto, parecía condenada al cierre.

La nostalgia como motor

Hay algo profundamente emocional en todo esto. Una necesidad colectiva de reencontrarse con lo cotidiano. De volver a los platos de cuchara, al trato cercano, a los lugares donde te llaman por tu nombre y saben cómo te gusta la tortilla.

Marcos Costa, Grey Mora y Gerard Sans, con la escudella del restaurante Veracruz.

Marcos Costa, Grey Mora y Gerard Sans, con la escudella del restaurante Veracruz. / Òscar Gómez

En Bar Restaurante Veracruz (Mallorca, 321), Gerard Sanz lo entendió desde el primer día. Llegó, limpió, pintó, cambió las lámparas… y poco más. El resto ya estaba allí. Hoy sirve una carta breve pero efectiva: escudella 'barrejada' todo el año, zarzuela, bacalao a la 'llauna'... Compra en el mercado de la Concepció, cocina, atiende. Como siempre se ha hecho. Como si nunca se hubiera dejado de hacer.

La ensaladilla, muy cremosa, de Bodega Vidal.

La ensaladilla, muy cremosa, de Bodega Vidal. / Òscar Gómez

Mientras tanto, otros proyectos siguen el mismo pulso: Bodega Vidal (Nou de la Rambla, 148), la Bodega Josefa (Saragossa, 86), con más de un siglo de historia, el 'burger' bar OK Sarrià (Jaume Piquet, 18) o la Sra. Dolores (Marquès del Campo Sagrado, 27). Nuevos propietarios que entienden que innovar, en este caso, es no estropear lo que ya funcionaba. Mantener la estética, ajustar la oferta, devolver la vida.

Espetos de carnes a la parrilla en La Font del Gat.

Espetos de carnes a la parrilla en La Font del Gat. / El Periódico

Y en paralelo, hay grupos que han sabido leer esta nostalgia colectiva y convertirla en motor de éxito, reivindicando también este legado. Vieron el tirón, reinterpretaron el pasado y lo petaron: Grup ConfiterIa, con proyectos como La Font del Gat (paseo de santa Madrona, 26), la Bodega Molina (plaza Molina, 1) o Bar Muy Buenas (Carme, 63) demuestra que recuperar la estética, la carta y el espíritu de los locales históricos no solo preserva patrimonio, sino que conecta con una ciudad que quiere reconocerse en sus propios bares.

Las albóndigas de Colmado Wilmot.

Las albóndigas de Colmado Wilmot. / Instagram

Son neotabernas, barras recuperadas, cartas que evocan otra época. Desde propuestas como Los Tortillez (Manso, 50), Bar Alegria (Borrell, 133, y Torrent de l'Olla, 77) y Colmado Wilmot (Calvet, 28) hasta nuevas aperturas como Finca Nebot (Pujades, 133) que beben de esa misma fuente. Pero eso -quizá- juega en otra liga.

Aquí, en estos bares que resisten y renacen, la clave es otra. No se trata de parecer antiguo. Se trata de serlo. Y de entender que, en una ciudad que cambia tan deprisa, a veces el mayor lujo es que nada cambie demasiado.

Suscríbete para seguir leyendo