El sueño dulce de una diseñadora
Hijos de Nata: la buena y bonita heladería de una diseñadora de moda y un psiquiatra argentinos
El matrimonio formado por Barb Bruno y Gerard Lazcano quiere repetir el éxito logrado con sus marcas de ropa, Tinycottons y Tiny Big Sister, y de juguetes, We Are Gommu
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Barb Bruno, propietaria de la heladería Hijos de Nata. / Manu Mitru

En Barcelona los 'booms' gastronómicos llegan por oleadas: algunos pasan rápido, otros se quedan para siempre. La fiebre del helado pertenece, sin duda, a esta segunda categoría. “¿Sabés que los países europeos que más consumen helado son Dinamarca y Alemania? En España tenemos clima para ofrecer mucho más y mejor”, dice Barb Bruno, 48 años, empresaria argentina y creadora de Hijos de Nata, la nueva heladería que acaba de abrir en Gràcia. Ella y su marido, Gerard Lazcano, también argentino y hoy completamente volcado en su grupo empresarial tras dejar la medicina, forman una pareja emprendedora que lleva más de una década marcando tendencia en Barcelona.
Del diseño al obrador
Bruno se define como “apasionada absoluta del diseño” desde que, con solo 23 años, lanzó su primera marca de moda infantil en Argentina. La vida la llevó después por caminos inesperados: “Nuestro hijo, que hoy tiene 20 años, está dentro del espectro autista, y eso nos hizo buscar el mejor entorno posible para él”, explica. Su marido, psiquiatra especializado en autismo infantil, encontró trabajo en Barcelona y la familia se instaló aquí. Ella se incorporó como diseñadora infantil en una conocida marca deportiva, pero aquella estabilidad no calmó su impulso creativo. Tinycottons nació poco después y, durante años, compatibilizó ambos trabajos hasta que su proyecto personal creció hasta convertirse en un grupo empresarial con proyección global.

La entrada de la heladería Hijos de Nata. / Manu Mitru
A Tinycottons le siguió su línea para adultos, Tiny Big Sister. No hay dos sin tres: fundaron We Are Gommu, su marca de juguetes sostenibles. Y, para ellos, tampoco hay tres sin cuatro: Hijos de Nata, la heladería más bonita -y luminosa- de Barcelona, con una estética que mezcla un punto 'retro', un toque italiano y, como dicen algunos, muchas buenas vibras.
Un sueño que llegó en forma de helado
El músculo empresarial acumulado con los años les ha permitido cumplir otro sueño: crear su propia heladería, cuidada hasta el último detalle. “Siempre me gustaron los helados. En pandemia mi marido me regaló una máquina profesional y me pasé meses haciendo helado para todos, tanto que ahora se me han quitado las ganas. Es mucho mejor dedicarse a probarlos”, recuerda Barb entre risas. Para consolidar Hijos de Nata, se han asociado con una pareja de heladeros profesionales que trabajan la formulación y la carta. El obrador, en Gràcia, tiene capacidad para abastecer hasta ocho locales. “El nombre es canalla y tiene sentido: el helado sale de la nata y de la leche.”

Una empleada de la heladería Hijos de Nata prepara un cucurucho. / Manu Mitru
La leche llega fresca cada martes desde la granja Cal Porta, en Barcelona, y la filosofía es clara: ingredientes de calidad, azúcares reducidos y, cuando es posible, productos ecológicos. “Usamos azúcares naturales de fruta siempre que podemos. Queremos acercarnos a recetas más sanas, aunque al final sigue siendo helado”, apunta. El primer local abrió en agosto en la animada plaza de Gal·la Placídia, 2, y el segundo llegará en enero a la calle de Rubinstein, en Sant Gervasi, con café incluido para combatir el frío de temporada. Sants está en el horizonte. “Queremos una heladería buena en cada barrio.”
Sabores de autor
La carta mantiene siempre 20 sabores en rotación, todos creados para la marca. Desde clásicos como 'stracciatella' o pistacho hasta propuestas de autor como sésamo negro con caramelo de miso, chocolate negro con sal en versión vegana o Banofi, un helado de banana tostada con cacahuete y caramelo salado. “La gente alucina de que una heladería esté tan cuidada. El producto es buenísimo, pero la imagen también tiene que ser única y replicable”, destaca Bruno, convencida de que comunicación y sabor deben ir de la mano.

Varios helados de la heladería Hijos de Nata. / Manu Mitru
Su público es, por ahora, un reflejo del barrio: niños que juegan en la plaza, vecinos mayores que pasan cada tarde y familias que llevan helado para el postre del fin de semana. “Es divertido ver cómo se cruzan mis otras marcas: muchos de mis clientes de Tinycottons terminan apareciendo aquí. Supongo que la manera de comunicar atrae al mismo tipo de público.”
Una experiencia pensada al detalle
Bruno asegura que lo que más disfruta es imaginar y explicar la marca. “Necesito que tenga una estética, unos colores, una forma de atender. Que los vendedores sean amorosos, que te guíen y te hagan probar. Queremos que la experiencia sea casi gurmet a precio normal.” Cada elemento -la cuchara, la tarrina, el uniforme- está diseñado con intención. “Trabajar con helados es felicidad. Y ver la sorpresa en la cara de la gente cuando entra, también.”
Para ella, Barcelona tiene margen para muchas más heladerías de calidad. “Hasta la competencia ha venido a probar. Lo esencial es tener buen producto; luego buena comunicación. Si uno de los dos falla, no es lo mismo”, argumenta. Continúa probando helados de otros para aprender y mejorar. “De verdad que me encanta: es lo más divertido del proceso”, asegura.
El éxito de sus proyectos de moda y juguetes le permite, confiesa, “el lujo de desarrollar la heladería perfecta, incluso sin beneficios al principio”. Pero está segura de que funcionará. “Me hace muchísima ilusión tener mi propia marca de helados. Nací en un país donde el helado está en todas partes, crecí con él. Ahora puedo crear algo diferente, como siempre soñé.” Y mientras siguen soñando, Hijos de Nata va tomando forma como una de las heladerías más personales -y deliciosas- de la ciudad.
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