El perfil más especial
La Catalana de l'Any, Montserrat Fontané, vista por su hijo Josep Roca: "Valiente, generosa, hospitalaria"
El sumiller de El Celler de Can Roca nos acerca la figura de su progenitora con motivo de la concesión del título
Montserrat Fontané, Catalana de l'Any 2025: Toda una vida al mando de los fogones de Can Roca
VÍDEO | Montserrat Fontané, la cocinera que encendió el fuego de los Roca

Josep Roca y su madre, Montserrat Fontané, brindan en Can Roca junto al patriarca, Josep Roca, y otro de los hijos, Jordi, ambos de espaldas, en abril de 2025. / Zowy Voeten
Montserrat Fontané Serra es hija de Joan y Carme, hermana de María, Rosita, y gemela de Núria. Madre de Joan, Josep y Jordi. Abuela de Marc, Martí, Maria, Marina y Queralt. Reconocida como hija predilecta de su pueblo natal, Sant Martí de Llémena (1936). Aficionada al fútbol, al Girona y al Barça.
Es una mujer valiente, generosa, hospitalaria. Una cocinera con ángel, con carácter y emprendedora. Su vida es a fuego lento, entre cazuelas hasta los 85 años cuando su fémur dijo basta.
Nació en Can Batista, en las afueras de Sant Martí de Llémena, municipio entre la comarca del Gironès y la Garrotxa.
Su infancia deambuló entre umbrías de castaños, encinas y el repiqueteo de la riera Llémena.
Una infancia dura, triste, sufrida
El resonar de yunque y martillo era un sonido anhelado en su infancia.
Era el aviso sonoro de la presencia de su padre, que volvía del bosque, donde vivía escondido en tiempos de guerra y hambruna, susceptible de ser perseguido por el somatén. Su madre fue comadrona en la comarca y durante la lactancia no tuvo suficiente alimento para sus dos hijas gemelas. Ella, la más fuerte de las dos fue enviada a una nodriza. Sin leche materna y con una nodriza malévola y rácana, su vida se inició famélica. Tuvo una infancia dura, triste, sufrida.

Jordi, Joan y Josep Roca, con su madre, Montserrat Fontané, en 2010. / Jordi Ribot (Click Art Foto)
Quedó huérfana de padre demasiado pronto.
No hay recuerdos de cocina alegre en sus primeros años.
El pan negro racionado, la recolección de hierbas y frutos de bosque y la leche de la vaca 'Maduixa' fueron el sostén a qué agarrarse para crecer.
Cada mañana, café con leche y chicharrón
En su infancia acompañaba a su madre a las masías colindantes donde se celebraba la matanza del cerdo. Siempre sucedía en casa de los otros. Se especializó en mover la sangre del cerdo con la mano, cuando el cuchillo hacia su efecto dramático en la yugular porcina. Cada matanza era una fiesta. El chicharrón era y aún es protagonista. Cada mañana desayuna café con leche y el manjar porcino. Probablemente es el bocado del bienestar. De una infancia dura a una venerable edad dorada con este capricho mañanero. Hoy puede gozar desde la melancolía y también desde una superación de su rancia infancia.
Ya de adolescente, aprendió a servir en fines de semana entre Sant Gregori y Girona, y se curtió profesionalmente en las Termes Victòria de Caldes de Montbui. Allí, fregando suelos hasta herirse las rodillas, y sirviendo a los jugadores del F. C. Barcelona, de esa delantera cantada por Serrat: César, Basora, Kubala, Moreno y Manchón. No es casualidad que una de sus canciones predilectas sea aún, 'Teníem quinze anys'. Quizás mimetizando esa época en la que se iniciaba un giro positivo en su vida con el noviazgo del dandi Josep Roca de Can Reixach de su mismo pueblo.
Abrió el Bar Restaurante Roca en 1967 con su esposo
Volvió a regazo de su maestra en la cocina, su hermana María. En Can Lloret, aprendió a guisar, a freír los calamares a la romana, y a comprender que tenía un talento para cocinar. Seis años después, en 1967, se atrevió y fundó junto a su esposo Josep el Bar Restaurante Roca, ubicado en la carretera de Taialà. Eran los años 60. El barrio de Germans Sàbat crecía gracias al esfuerzo de una generación emigrante, con limitada organización y mucha necesidad. Llegaron del sur, abandonando lazos familiares sobresaliendo del apego a su tierra amada. Buscaron porvenir y consiguieron cuajar sus esperanzas de futuro mejor. Ellos fueron el sostén de su apuesta en un barrio obrero marginal. Montserrat pudo viajar el año pasado a Jerez para recibir un premio de Excelencia, de la Bodega Maestro Sierra. Allí, pudo sacar de su corazón unas palabras guardadas. Cogió el micro, acompañada de su nieta Maria y su nuera Encarna, y les dijo a los asistentes a la entrega de premios: “Abrimos el restaurante. Sin dinero. Lo pedimos prestado. ¡Y los primeros clientes fueron los andaluces! Por eso, yo tenía que venir aquí, para decir: ¡Gracias Andalucía!“

Josep Roca y su madre, Montserrat Fontané, celebran el tercer puesto de El Celler de Can Roca en la lista de los mejores restaurantes del mundo de 2017. / Marc Martí
Los primeros 12 años del restaurante fueron ininterrumpidos, sin vacaciones. El bar restaurante Roca era, en esa época, una casa jubilosa y suculenta. Los guisos de cocina catalana aprendidos de su hermana María se entrelazaban con costumbrismos andaluces. Los riñones al Jerez, los calamares a la romana, la zarzuela, las butifarras elaboradas en casa, los pies de cerdo con nabos o los canelones eran platos imbatibles con los que edificar una propuesta honesta, sencilla, sabrosa. Consolidó una cocina catalana y popular.
Cocinó el futuro de sus hijos
Cuando los hijos quisimos incorporar un menú más caro en Can Roca para la gente que venía de fuera expresamente, nos soltó: “¡Qué culpa tienen mis clientes de siempre de vuestro éxito!”.
Cocinó el futuro de sus hijos. Meció su talento desde niños, marcando valores de honestidad, responsabilidad y sacrificio desde el inicio.
Cuando nosotros abrimos nuestro restaurante fue ella quien nos animó y nos acompañó en la locura a contracorriente de razones y rutas turísticas.
La solidaridad
Abrimos El Celler en 1986. Montse siguió cocinando puerta a puerta con Joan. Dos cocinas que se sabían no excluyentes y necesarias, como lo es la dependencia de una madre con sus hijos. Así, la tradición y la innovación se abrazaron en un proyecto familiar. Pared con pared. Todo fluye, nada se pierde, todo se transforma. Reciclaje, reutilización, recuperación, sostenibilidad, eran intrínsecos a su manera de hacer. Sabíamos que había personas que entraban por la puerta del bar y pagaban. Otras, la mayoría mujeres, entraban por la puerta de la cocina, y salían con bolsas de comida. Hoy sabemos que eso era y es solidaridad.
Ella mantiene la lucidez, la fuerza y el liderazgo. Es un ascendente imprescindible. Cultivó valores y generó curiosidad en nosotros para pensar en grande sin salir de su regazo.
Siempre cuenta que una de sus máximas felicidades no fue cuando el restaurante comenzó a ganar estrellas o posiciones en los 'rankings', sino cuando, al cabo de dos años, El Celler de Can Roca se llenó por primera vez. Ese fue un gran día. Comprendió que era el inicio de una nueva etapa. Se inició un trayecto nuevo, ya con los tres hijos al frente. Ese tronco con tres ramas, iniciaba un viaje de inconformismo y excelencia imparable. El Celler de Can Roca llegó a la cima de roca más alta, pero ella siempre retuvo la euforia consolidando el apego a la raíz, a la memoria antigua de un origen entre umbrías, en Can Batista, que sirve ahora de semilla para volver a creer que la gastronomía es una bella historia.
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