Un homenaje 38 años después
Ramon Cabau ya tiene biografía: quién fue el restaurador que se suicidó con cianuro en La Boqueria
Precursor de lo mediático, ‘influencer avant la lettre’, ha sido olvidado por las nuevas generaciones, aunque su recuerdo sigue clavado, como una rara mariposa, en la memoria de quienes le conocieron
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Ramon Cabau, en el Agut d'Avignon, con el cocinero Josep Bullich al fondo. / EPC

El 31 de marzo de 1987, el restaurador Ramon Cabau Guasch se suicidó con cianuro en el mercado de la Boqueria. Creador del más celebrado establecimiento de Barcelona de su época, el Agut d’Avignon, que tuvo una estrella, dejó de vivir en el lugar que le había dado la vida.
Precursor de lo mediático, ‘influencer avant la lettre’, Cabau (Lleida, 1924-Barcelona, 1987) ha sido olvidado por las nuevas generaciones, aunque su recuerdo sigue clavado, como una rara mariposa, en la memoria de quienes le conocieron.
El periodista Marc Casanovas retrata de forma minuciosa en ‘Una òpera gastronòmica’ (editorial Ara) a este hombre diverso y torturado, de personalísimo vestir, fino gurmet, rehabilitador de la cocina catalana, comprador riguroso y personaje de verdad entre personajillos.

La portada del libro 'Una òpera gastronòmica' sobre Ramon Cabau, escrito por Marc Casanovas. / Pau Arenós
‘Una òpera gastronòmica’ es más que una biografía: cuenta una Barcelona que salió del gris para abrazar los colores y a un hombre que desde los colores fue al gris. O al negro.
A partir de unas preguntas, Casanovas explica a Cabau y sus multiciplidades.
Quién fue Cabau. “Farmacéutico, abogado, campesino, restaurador, sensible, inteligente, embaucador, fanfarrón, poliédrico, tímido, amanerado, mujeriego, asexual, famoso y gran desconocido en la privacidad. Y lo era todo a la vez. Un pirulí con patas sin que la envoltura fuera una pantomima. Su extraño equilibrio junto al abismo lo persiguió toda la vida sin sentir el vértigo que lo convirtió en el primer gran restaurador mediático e internacional de la historia de la cocina catalana durante la década de los 60 y 70. Suena fuerte, suena exagerado, pero es real. Su biografía jamás contada merecía altas dosis de documentación, para no basarse en las trampas de la memoria de las fuentes consultadas, y una pizca de toques novelescos y de aventura sin faltar a la verdad para alcanzar un público mayor al del nicho gastronómico. No niego que el ritmo vibrante y adictivo de las hazañas del ‘Limónov’, de Emmanuel Carrère; la soledad llena de ojos inquisidores de ‘El gran Gatsby’, de Francis Scott Fitzgerald, o las andanzas por Barcelona de Fernando Atienza de ‘El día del Watusi’, de Francisco Casavella, alumbraron el camino”.

El restaurador Ramon Cabau, con el perro Suflé. / EPC
El por qué del olvido. “¿Qué sucedió para que un personaje extremadamente querido en la ciudad de Barcelona se suicidara en 1987, con el correspondiente entierro con honores de celebridad, pase al ostracismo en 2025? 38 años bastan para adentrarse en una especie de amnesia colectiva, muy típica de esta ciudad hormonada que adoramos y odiamos a partes iguales. Precisamente este es uno de los pilares del relato que sustenta el libro. Hoy, Cabau tendría 101 años y no exagero si sitúo su figura a la altura de Manuel Vázquez Montalbán, Eduardo Mendoza, Mercè Rodoreda, Joan Manuel Serrat o Montserrat Caballé. Si apreciamos nuestra dieta, si nos llenamos la boca con Catalunya como Región Mundial de la Gastronomía, debemos respetar, mencionar y agradecer la labor de los que desbrozaron el camino a machete. Cabau fue uno de ellos, pero lamentablemente hay muchos Cabau en los márgenes que esperan su turno”.
La aportación. “Cuando todos los restaurantes y restauradores miraban a Francia, cuando Catalunya incluso dudaba sobre si gozaba de cocina propia o tan solo consistía en una serie de excelentes platillos, Cabau turbinó la escena pantanosa para hablar de estacionalidad, proximidad, productos autóctonos en peligro de extinción, medias raciones y creatividad basada en un pozo de sensibilidad. Viajado y formado, logró que los catalanes volvieran a comer bien resituando la esencia del producto fresco, de temporada y de calidad en el centro. Es decir, el discurso que defienden hoy el 99,99% de los restaurantes tenía a Cabau como avanzadilla en los 60. Incluso hablaba de nutrición, dietética y digestiones cuando lo único que importaba en los grandes restaurantes era el lujo y la gula. Además, logró sacar a muchos cocineros de la cueva y a restauradores del micro universo de su restaurante para pisar cada mañana el mercado. Dar valor añadido a los mercados municipales desde una gastronomía catalana inteligente fue una de sus señas de identidad”.
La ocultación: sombreros, pajaritas, chalecos. “Fue el primer hombre de la restauración catalana en crear una marca personal reconocible públicamente. Y lo logró gracias a la oratoria, pero sobre todo a través de su imagen personal repleta de detalles. Era un icono de la mediterraneidad, el primer gran ‘influenciador’ de la cocina catalana, un reclamo para medios de comunicación nacionales e internacionales. Tan solo la historia de Paul Newman poniendo de moda el aceite de oliva en EEUU y que llamaran a Cabau como embajador de sus propiedades, ya vale un imperio. En cambio, Cabau era escurridizo de puertas adentro. Incluso quebradizo. Poca gente podía asegurar que lo conocía, ya que prefería 'bunquerizarse' en su finca con sus flores que saborear las mieles de la popularidad en su tiempo libre”.
El solitario. “En el libro intento visualizar sus viajes nocturnos en coche a Canet, un pueblo del Maresme a 45 minutos de Barcelona. Ese momento de despojarse de las capas, de los disfraces y de las medias verdades y medias mentiras. Imagino ese combate interior de forma crónica y no sé si podría soportarlo mucho tiempo. Que el precio de la fama comporta una gran soledad no es nada nuevo, pero cuando pierdes esa fama y la soledad se hace obvia, ¡ay!”.

Ramon Cabau, con traje blanco, canotier y pajarita. / EPC
El incendio que le quemó el cuerpo. “Pese a que algunas fuentes se referían a las quemaduras como un intento de suicidio, después de hablar con personas cercanas a él me decanto por la mala fortuna con la quema de unas malas hierbas en la finca. Sus quemaduras eran un tema que mantenía en secreto, ya que todo el año vestía con manga larga en público. Es una apreciación personal, pero el canotier, el traje, la pajarita, las camisas, los chalecos de seda, el bigote y el bastón escondiendo quemaduras de medio cuerpo enfatizan esa sensación extrañísima de fragilidad extrema entre personaje y persona. Una soledad y un dolor que emanaba de su cuerpo y se percibía, dicho por sus más allegados, como Llorenç Torrado”.
Los ingresos en sanatorios. “Llama poderosamente la atención su ingreso cuando se inauguró su restaurante, el Agut d’Avignon, pero ha sido imposible cuantificar el número total. Sumo más de tres e incluso hubo una relación sentimental con una enfermera al final de su vida. Un indicador de sus largos periodos de baja. Pese a que tenía médico personal, Cabau era de la vieja escuela y la ropa se limpiaba en casa”.
El por qué del suicidio. “Porque estaba enfermo. Me costó mucho decidirme, pero cuando las fuentes profesionales y la hemeroteca confirmaron las sospechas, me atreví a hablar de Cabau como enfermo de trastorno bipolar. Sus ingresos periódicos al frenopático, su comportamiento errático y sus intentos de suicidio dejan poco lugar a la duda en una época en la que los bipolares no se diagnosticaban y, por tanto, no se medicaban. Quizás, incluso se puede decir que Barcelona gozó de Cabau más tiempo del previsto. Y eso que precisamente, cuando cometió el acto de suicidio las cosas no le iban precisamente mal, ya que tenía propuestas personales y profesionales estimulantes [aunque había perdido su restaurante en 1983]”.
Lo que queda. “Queda lo más importante: su legado, su rol trascendental en momentos claves de la historia de la gastronomía en España y en Catalunya para poder alcanzar su cenit en los años posteriores. Cabau entendió casi de forma natural que la gastronomía, el turismo y la economía van de la mano. Parece una ‘boutade’, pero tuvo que defenderlo a capa y espada para que las instituciones lo siguieran antes de la irrupción de las academias, el turismo de masas y los grandes chefs mediáticos”.
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