Cata Menor
Protejamos la 'calçotada' de los emprendedores
A favor de la evolución del ‘calçot’ y de la involución de la ‘calçotada’
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Una 'calçotada' en una casa privada. / Pau Arenós

El ‘calçot’ tiene su tiempo y es ahora y no cuando los restaurantes sin calendario lo ofertan para atraer a los clientes despistados.
El éxito de esa cebolla fuera del territorio natural, Valls, es tan grande que pronto no habrá modo de atarla a una tradición (reciente: pongamos que unos 150 años). A mayor triunfo y difusión, menor vínculo, respeto y compromiso.
Es atractivo que el ‘calçot’ salga de la rutina para ser trabajado como hortaliza con personalidad en los restaurantes, y ya hace muchos años que se integra en los platos, o los protagoniza, pero a poco tardar afectará a la ‘calçotada’ y algún visionario sustituirá la romesco o la ‘salvitxada’ por una salsa barbacoa en la cita campestre con el argumento de la innovación. A favor de la evolución del ‘calçot’ y de la involución de la ‘calçotada’.
Si hay un ingrediente y una acción que identifican a Catalunya son estos porque en ningún otro sitio del mundo plantan un ‘ceballot’ dos veces en busca del tallo ufano ni exhiben la liturgia de la cabeza alta y el bulbo en vertical con la puntería del tragasables.
Otros países también conocen el ‘mar i muntanya’, China, por ejemplo, o las picadas; en Italia, los pestos. El romesco es la más distinguida de las picadas. En el magma anaranjado, el granulado del fruto seco tiene que notarse para que el ‘calçot’ se agarre.
El ‘pa amb tomàquet’ es una rareza identitaria a la que ha afectado la vulgarización, transformado en el insultante ‘pantumaca’.
Quien pueda, que huya de la ‘calçotada’ restaurantil en busca de la reunión familiar, englobando a los amigos en esa cercanía.
La ‘calçotada’ es una excusa para la reunión de la tribu; y mancharse, parte de la desinhibición que comporta sentirse a salvo en un lugar privado y sin protocolo.
El vegetal hay que completarlo con la proteína animal, con unas chuletas de cordero, ‘cansalada’, butifarra y ese ‘allioli’ que es la mejor salsa del mundo, con el romesco en el podio.
Las digestiones de las cebollas y los ajos son medibles con la misma escala en la que puntúan los terremotos.
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