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Escandalosamente callejero

Jatachi desarrolla el concepto de 'street food' asiática junto a las playas de Castelldefels

ALBERTO GONZÁLEZ / Barcelona

Dos sushiman en Jatachi.

Dos sushiman en Jatachi. / Nil Mora

Ha abierto con tiempo suficiente como para tener el oportuno rodaje y, llegada la temporada fuerte de playa, estar listo para lucir músculo. Y es que Jatachi confía, lógicamente, en su fabulosa ubicación –cercana a la playa de Castelldefels– para convertirse en los próximos meses en uno de los locales de moda de la costa barcelonesa. Detrás de tal sonora nomenclatura están Quim y Martín, dos jóvenes que, a través de sus viajes por Asia, quedaron prendados de su cocina, lo que desembocó en su primer negocio gastronómico (Teikit, un servicio 'take away' de comida japonesa). Ahora era el momento de dar mayor corporeidad a su especialidad: la comida asiática callejera.

Jatachi es darle la vuelta, traer la calle al restaurante”, explican al inicio de su carta. Y eso es precisamente lo que han intentado desarrollando un interiorismo original y rompedor, donde se combina la chapa, el hormigón, el acero, el cemento o la madera reciclada. Los grafitos o las pegatinas con el logotipo del local son otra constante, así como la iluminación mediante luces de neón (hasta en el lavabo), que nos transportan a las bulliciosas calles de las grandes metrópolis asiáticas.

El servicio –informal, canalla y veloz–  insiste en traer algunos platos para compartir. Para empezar, los calientes hablan de la tradición culinaria de Tailandia, China, Corea, Japón o Vietnam. De allí salen especialidades como el pad thai (un acierto seguro), cítrico y agridulce; los baos de pato, tiernos, dulzones y con un toque refrescante; algunos curris (como el amarillo, el rojo o el massaman); o el pollo vietnamita, rebozado en panko, con ajos tiernos, menta y envuelto en hojas de lechuga y salsa Jatachi (secretísima).

Luego está el apartado dedicado al sushi, que un cocinero oriental trabaja tras la barra con enorme pericia. Algunos de los makis (ellos los llaman sushi rolls) con más salida son el Karikari (langostino rebozado, crema de queso y mermelada de tomate, recubierto de salmón flambeado, cebolla caramelizada y salsa kabayaki); el Kuromai (curiosamente, elaborado con arroz negro, además de langostino, muselina de ajos tiernos, aguacate, sal marina y cebollino) o el Ringo (con foie y manzana horneada) que, por su dulzor, casi podría servir de postre. Bueno, tampoco hay que tomarlo al pie de la letra, no vaya a ser que alguien salga por la puerta perdiéndose uno de sus mochis artesanos (el de 'cheesecake' es espectacular). Sería un terrible error. Tanto como olvidar probar alguno de sus cócteles. Tienen incluso sin alcohol, para invalidar la excusa de que hay que conducir (el Shenlong, con lima exprimida, aloe vera, Calpis y un toque de jengibre es una buena opción).

“Jatachi es pedir un pad thai entre cláxones, probar un maki entre neones, el vapor del wok flotando entre las bicis […]. El contraste con la calma, al salir del establecimiento, confirma que han logrado el efecto deseado.