Historias irrepetibles

Las 45.000 libras mejor invertidas por el City

El fichaje de Colin Bell en los años sesenta cambió el rumbo del Manchester City, acomplejado hasta entonces por su todopoderoso vecino, el United

Colin Bell  durante un partido con el City

Colin Bell durante un partido con el City

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Juan Carlos Álvarez

La historia de Colin Bell seguramente nunca habría sido la misma si en su vida no se hubiese cruzado Malcolm Allison, el singular personaje que en los años sesenta llegó al Manchester City y se haría célebre en el fútbol inglés por sus extravagancias, sus polémicas, sus declaraciones incendiarias y su forma de vestir. No es de extrañar que una vez retirado del fútbol encontrase acomodo como comentarista televisivo. Pero antes de eso, en 1965, poco después de colgar las botas, Joe Mercer, que acababa de llegar al banquillo del City, le llamó para que fuese su ayudante en Maine Road. Aceptó sin dudarlo y comenzó a recorrer el norte de Inglaterra en busca de jóvenes talentos para incorporar a un equipo que había vuelto a caer en la Segunda División y atravesaba serias dificultades económicas.

Allison buscó consejo en todos sus conocidos, en sus excompañeros en el West Ham, en entrenadores y durante las primeras semanas en el cargo iba y venía por las carreteras inglesas con una libreta llena de apuntes. Fue un amigo que solía jugar con él a las cartas, que nada tenía que ver con el fútbol, quien le puso tras la pista buena. Le dijo que en Bury, de donde él era, se hablaba mucho de un chico de 19 años que llevaba dos años en el equipo y corría con la pelota como si fuese un caballo. No hizo falta que le dijesen más. Allison aplazó sus planes iniciales y decidió acercarse el domingo siguiente al campo del Bury con su compañero de timba.

Le apodaron 'Nijinski' en honor del purasangre más popular del momento

Aquel joven se llamaba Colin Bell. Era natural de Durham, se había quedado sin madre siendo un bebé y de su educación se encargó su padre con la ayuda de dos de sus tíos. Uno de ellos fue quien le empujó al fútbol. Con solo diecisiete años había llegado al modesto Bury después de que clubes como el Newcastle, el Sunderland o el Arsenal descartasen su fichaje tras someterle a diferentes pruebas. Allison tardó quince minutos en comprender que aquel muchacho rubio, de pelo largo y zancada asombrosa se ganaría la vida jugando al fútbol. Ese mismo día se acercó, se presentó a los dirigentes del Bury y les preguntó el precio. “Por 45.000 libras es suyo” le dijeron.

Un precio de risa

Era un precio de risa, pero el problema era que aquel Manchester City tenía su tesorería por los suelos y conseguir de inmediato una cifra como esa suponía un problema. Allison regresó a Maine Road entusiasmado, habló con Mercer y se reunieron con los dirigentes del club que insistieron en que no tenían el dinero y que no pagarían por un jugador al que solo habían visto en un partido. Pidieron un par de semanas para conseguir esa cantidad y le rogaron a Allison que volviera a verle. El ayudante de Mercer regresó a la grada en los siguientes partidos del Bury. Allí también había ojeadores de otros clubes que acudían atraídos por Colin Bell. Verlos le hacía perder la cabeza porque se temía lo peor. Allison trazó entonces una estrategia algo disparatada, propia de su carácter.

Nunca iba solo a los partidos, se llevaba a algún amigo, y se dedicaba a hacer comentarios lo suficientemente altos, sin llamar mucho la atención, para que le escuchasen sus vecinos de grada. Todos eran pequeños inconvenientes que le veía a Colin Bell. Que si no cabecea demasiado, que si es blando en el corte, que si apenas maneja la izquierda… Iba dosificando sus juicios durante el partido, los soltaba con aparente indiferencia aunque todo estaba muy estudiado. No tenía ninguna seguridad sobre su eficacia, pero sabía que al menos a alguno de aquellos ojeadores le provocaría alguna reacción. Imaginaba que sus puntualizaciones tendrían su efecto en los informes que escribiesen para sus clubes o en las recomendaciones que hiciesen.

A sus condiciones físicas, añadía inteligencia para entender el juego y un endemoniado olfato de gol

Pasaron tres semanas hasta que el Manchester City consiguió el dinero. Allison vivió ese tiempo con verdadera angustia aunque felizmente para él ningún otro club se atrevió a poner en la mesa esa cantidad. A él le gustaba pensar que todo se debió a la estrategia psicológica que planteó en la grada durante aquellas tres semanas. Pero finalmente en 1966 Colin Bell entró a formar parte del Manchester City. “Es una ganga, es una ganga” festejaba Allison en las oficinas de Maine Road con unos dirigentes que en aquellos días celebraban el ascenso de nuevo a Primera División. La apuesta por la pareja Mercer-Allison parecía que daba sus frutos y empezaba a sacar al club de una situación crítica. Solo unos meses antes, en enero de 1965, habían registrado la entrada más baja en todo el siglo cuando apenas 8.000 aficionados acudieron al estadio.

La 'Santísima Trinidad'

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La aparición de Colin Bell cambió la vida del Manchester City. A él se sumaron Mike Summerbee y Francis Lee la temporada siguiente para formar su particular “Santísima Trinidad” (siguiendo el ejemplo de sus vecinos del United con Charlton, Best y Law). La vida se transformó para los aficionados del City que descubrieron un mundo nuevo de la mano de Colin Bell. Tenía un despliegue físico que no se había visto en un centrocampista. Efectivamente corría con la pelota como si fuese un caballo. Tanto era así que Allison, aficionado a las carreras y sobre todo a las apuestas, comenzó a llamarlo “Nijinski” en honor al purasangre más exitoso que había en ese momento en los hipódromos británicos.

Pero Bell era más que eso. A sus condiciones físicas añadía inteligencia para entender el juego, calidad para el pase y un endemoniado olfato para el gol. Muchas virtudes reunidas en un mismo futbolista que impulsaron al Manchester City y devolvieron el orgullo a unos aficionados que estaban algo acomplejados por la luz que irradiaba el Manchester United de finales de los años sesenta, el que conseguiría para el fútbol inglés la primera Copa de Europa de su historia. Pues el City desafió y ganó a aquel equipo. En la temporada 1967-68 el conjunto de Mercer mantuvo un impresionante duelo con sus vecinos y con el Liverpool. En un partido se movieron los tres equipos durante meses hasta que en la última jornada todo estaba en manos del City que debía jugar en el campo del Newcastle. En un partido vibrante los “citizens” se impusieron por 3-4 para lograr el segundo título de Liga de su historia aunque del primero, que había llegado treinta años antes, pocos se acordaban. Tres décadas de sequía en los que el club no había parado de dar tumbos hasta encontrar al fin su camino. El equipo era excelente, pero los aficionados tenían claro quién era el verdadero responsable de lo sucedido. A Colin Bell comenzaron a llamarlo “el Rey de The Kippax” en honor a la grada del viejo estadio del City.