11 jul 2020

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BARRACA Y TANGANA

El bebé-pelota

Enrique Ballester

El veterano central Antonio Raíllo arropa, felicitándole, al jovencísimo Luka Romero, en su debut de anoche ante el Real Madrid, ante la mirada de Ante Budimir.

El veterano central Antonio Raíllo arropa, felicitándole, al jovencísimo Luka Romero, en su debut de anoche ante el Real Madrid, ante la mirada de Ante Budimir. / EFE / JUANJO MARTÍN

Antes de llegar a la cama, y como cada noche, me asomé a la habitación para ver cómo dormían mis hijos. Es este un placer rutinario y sereno al que soy adicto porque me da justo la paz que a esas horas necesito. Si Delia está tapada hasta la coronilla, aunque estemos con 40 grados, y Teo duerme destapado en enero y con la cabeza donde los pies, es que todo está bien. Pero en esa ocasión, algo me alteró: mi hija estaba durmiendo con una pelota de fútbol sobre el colchón.

Emocionado, se lo conté a mi mujer, que si no estaba dormida poco le faltaba. ¡Por fin! Por fin a nuestra hija le interesa el fútbol, le dije, por fin, después de ocho años de intentos fallidos. Mi mujer se giró para mirarme con una acertada combinación de asco y condescendencia y explicarme que no, que nuestra hija tenía una pelota en la cama porque había estado jugando a que estaba embarazada, y la pelota era el bebé y el fútbol no le importaba, y yo era imbécil porque la había despertado para nada.

Resignado, al día siguiente observé a mi hija jugar con una pelota debajo de la camiseta. Vio la tele con una pelota debajo de la camiseta, fue al baño con una pelota debajo de la camiseta y leyó un libro con una pelota debajo de la camiseta, y lo hizo en voz alta porque así lo escuchaba el bebé-pelota. Esta mezcla confusa de ficción y realidad convierte sin duda a mi hija en una persona muy de su época. Mi hijo se le acercó entonces con un matiz importante. Mi hijo ya no le pregunta si le deja jugar con ella, porque sabe la respuesta. Mi hijo le pregunta si le deja mirar cómo juega. Es prudente y se conforma con poco: será feliz en esta vida si no lo impide el fútbol, porque al pobre sí que le gusta el fútbol.

Estafador de uno mismo

Pedir permiso para mirar cómo se juega es algo que ya no se lleva. Cuando era un crío, en la plaza del barrio o en las pistas del pueblo, llegaban los mayores a jugar su partido y los demás nos quedábamos mirando desde las orillas, si nos dejaban, con suerte y como mucho. Si algún día faltaba alguno y te invitaban a jugar era lo máximo, valorabas ese privilegio en su justa dimensión, como ahora hace mi hijo cuando su hermana mayor le deja un hueco en su mundo.

En aquella época infantil yo dormía a menudo y a escondidas con una pelota porque, aunque no fuera muy higiénico, era algo que leía mucho a los futbolistas y las madres en las entrevistas. Solía imaginar incluso qué diría en las ruedas de prensa después de mi debut en la Liga, cómo contestaría a los periodistas. Tenía las frases y el relato, tenía el envoltorio pero no lo sustancial: el fútbol. Era un estafador de mí mismo y quizá por eso ahora me gusta pensar que los veo venir de lejos. Quizá por eso ahora desconfío de los futbolistas con pinta de trabajar más en las celebraciones que en el gol, con pinta de aplicarse más en la consecuencia que en la causa. No se trata de eso.

Luka Romero ha debutado con el Mallorca a los 15 años. Es el más joven de la historia de la Liga. No me impresiona: estoy tentado de acostarme hoy abrazado a una pelota, pensando qué diría en rueda de prensa al conseguir mi nuevo reto: ser el primero en debutar a los 115 años.