LA TEMPORADA EN EL PIZJUÁN

El loco año de Maradona en Sevilla con Bilardo

Tras 15 meses sancionado por dopaje, Maradona jugó una temporada convulsa en el club andaluz de la mano del técnico con el que fue campeón del mundo

Maradona, en un partido con la camiseta del Sevilla, en marzo de 1993.

Maradona, en un partido con la camiseta del Sevilla, en marzo de 1993. / EFE / J. MUÑOZ

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Eloy Carrasco

Sevilla fue testigo durante una temporada de la voluptuosa personalidad de Diego Armando Maradona. A la capital andaluza fue a parar el malogrado astro argentino en 1992 en plena redención, si es que esa palabra le cabía, tras una sanción que lo apartó 15 meses del fútbol.

El 17 de marzo de 1991 es un día funestamente señalado en la vida del '10'. Después de jugar el partido Nápoles-Bari de la Liga italiana, un control antidopaje lo pilló por primera vez: positivo por cocaína. Pasó el castigo en Argentina, sin más ocupación que entregarse a los placeres y entrenar poco, y tras una redada en su casa fue condenado a 14 meses de cárcel por posesión de estupefacientes. No entró en prisión y cuando hubo cumplido la pena por dopaje recibió la llamada de Carlos Bilardo, el técnico con el que había sido campeón del mundo en México-86, la cima absoluta de su impresionante carrera, y que por entonces dirigía al Sevilla.

 

Comenzó ahí un farragoso pulso entre el Nápoles, que aún tenía bajo contrato a Maradona, y el club andaluz, que se decidió a ficharlo. Mientras se ponían de acuerdo, el Diego viajó a una Sevilla en plena efervescencia de la Exposición Universal de 1992. Si la ciudad ya bullía con el influjo de Curro, la llegada del mejor jugador del mundo cebó el fuego de la agitación.

Fueron días tensos, de enjambres de reporteros, españoles y argentinos, zumbando alrededor de los imprevisibles pasos de aquel hombre que, pese a su evidente baja forma después de más de un año sin jugar, nunca dijo no a otra ronda. Se alojaba en el hotel Andalusí Park, por supuesto en una suite. Se iba a dormir al alba y bajaba a comer pasadas las cuatro de la tarde, con los ojos abotargados y dejando la estela perfumada de los recién duchados. Un Diego más alto y aún más melenudo, Diego Rodríguez, aquel felino defensa central que también salía en las revistas del corazón porque había estado casado con la eurovisiva cantante Lucía, fue su cicerone y uno de los responsables de que Maradona pasara entretenido las noches, después de haber entrenado un poco por las tardes, cuando el terrible sol sevillano de aquel septiembre aflojaba el termostato. A veces iban a Alfonso, la terraza que estaba de moda en una ciudad entonces cosmopolita como nunca.

 

En Buenos Aires estaban la esposa, Claudia, y las niñas, Dalma y Giannina, que le mandaban faxes con corazones dibujados y expresiones cariñosas ("te queremos, papi") que un empleado del hotel le deslizaba por debajo de la puerta. Ansioso de día pero relajado de noche, Diego se dejaba querer porque, como Carlos Gardel, otro gran mito argentino, se preguntaba "por qué hacer desgraciada a una sola mujer pudiendo hacer felices a tantas". No era un hombre hecho para el matrimonio, y no será que no insistió.

El calendario corría y al final tuvo que intervenir la FIFA porque el nudo entre el Nápoles y el Sevilla costaba de deshacer. El traspaso se cerró en siete millones y medio de dólares que en su mayoría puso la Mediaset de Silvio Berlusconi en alianza con el presidente sevillista, Luis Cuervas, y su vicepresidente, José María del Nido (el que después fue condenado a siete años por corrupción en Marbella).

 

Tras un amistoso desengrasante contra el Bayern de su amigo Matthaus, el azar quiso que el debut oficial de Maradona fuese contra el Athletic, el último rival en su anterior paso por la Liga española, con el Barça (la aciaga final de Copa de 1984 de la gran pelea barriobajera, con derrota azulgrana). Contaba Julián García en una inspirada crónica en este diario el viaje a Bilbao de la expedición andaluza, con Maradona mirando revistas porno en el avión y acercándose a felicitar a unos recién casados que celebraban el banquete en el mismo hotel donde se alojaba el equipo.

El Sevilla perdió en el viejo San Mamés (2-1), Maradona apenas dejó unos trazos de su clase y fue la diana del feroz rencor de los vascos: Urrutia y Lakabeg le lanzaron sendas entradas, clónicas de la nefasta desgracia que le procuró Goikoetxea, que le dejaron el olor a azufre en los tobillos. Hoy habrían sido de tarjeta roja sin paliativos, y de hecho el argentino tuvo que ser sustituido, cojo. No fue menor la hostilidad que le aplicó la grada.

Los detectives y el niño Messi

En aquel Sevilla 1992-93 de Unzué, Monchi, Suker, Simeone y otros buenos futbolistas, Maradona, con el brazalete de capitán ceñido, jugó 29 partidos y marcó 6 goles. Acabó mal con Bilardo, el entrenador que lo sacó del pozo pero con el que al fin chocó. Demasiado intenso uno, demasiado hedonista el otro. Pero unidos como quedan para la eternidad por la gloria de México, a Bilardo no le conviene saber que Diego ya no está. A sus 82 años, su salud es precaria y estos días sus familiares no le dejan ver la televisión. La mala noticia podría llevárselo a él también. 

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Bilardo encubrió al 'Pelusa' hasta que se hartó de mirar para otro lado cuando faltaba a los entrenamientos porque había amanecido con tragos y mujeres entre manos. También se hartó el club, que le puso detectives para constatar aquellas fechorías de las que toda Sevilla hablaba. Él sabía que lo espiaban, pero le daba igual. Allí ya no había ningún futuro.

Y tras el año en el Pizjuán, sin pena ni gloria en la Liga (séptimo) y en la Copa del Rey (eliminado en octavos), un Maradona a punto de cumplir la edad de Cristo regresó a Argentina, al Newell's Old Boys, los 'leprosos' de Rosario. Ayudaron a convencerle otro entrenador, Jorge Solari, y uno de los jugadores, el Tata Martino. Apenas disputó media docena de partidos. El primero lo presenció en las gradas un hincha de 6 años llamado Leo Messi que, con el tiempo, haría con el balón diabluras aún mayores.