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CÓMO NOS AFECTA EUROPA. 1

Puertas abiertas en Europa

Once millones de ciudadanos europeos viven en un estado miembro de la UE diferente al suyo

El auge de partidos xenófobos en países como Suiza, Reino Unido y Francia amenaza la libertad de circulación y de residencia de personas

MARC ESPÍN
BARCELONA

No había estallado la crisis cuando Ferran Porta, que trabajaba en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB), pidió una excedencia para irse a Alemania. Pudo elegir y lo hizo. Como ciudadano europeo tiene derecho a moverse libremente por los países de la Unión y a residir en ellos. Pero esto no fue siempre así y, a juzgar por la creciente vitalidad del discurso sobre el endurecimiento de la política migratoria en países como Suiza, el Reino Unido y Francia, quizá pueda dejar de serlo.

La libre circulación se estableció con el Tratado de la Comunidad Europea (1957) como una libertad económica que, en un principio, solo afectaba a trabajadores, pero se fue ampliando a familiares, estudiantes e incluso parados con recursos suficientes. Gracias a ello, 50 años después, Ferran pudo entrar y residir legalmente en Alemania sin necesidad de trabajar, a costa de sus ahorros, que le duraron un año. «Fui para mejorar el alemán y disfrutar de la experiencia», recuerda. Y esa experiencia fue tan positiva que, cuando regresó para recuperar su plaza en el

CCCB y se sentó otra vez frente al ordenador, supo que debía dejarla definitivamente para empezar una nueva vida en Berlín.

Hoy, Ferran es uno de los 11 millones de ciudadanos de la UE que residen en un estado miembro diferente al suyo, un derecho que este emprendedor considera de gran valor: «El pasaporte europeo abre un mercado enorme en el que poder ganarse la vida. Me ha permitido montar mi empresa de visitas guiadas en Alemania con el mismo grado de dificultad que hubiera tenido si la hubiera constituido en España».

Sin embargo, Ferran observa que Alemania, como otros países de la Unión, ha endurecido los requisitos en la concesión de algunas ayudas sociales a extranjeros. Y no hay que olvidar que no todos los europeos disfrutan de la libertad de circulación y residencia, ya que el derecho está condicionado por una serie de limitaciones por motivos económicos y de nacionalidad. Por un lado, las restricciones afectan a aquellos que no dispongan de recursos suficientes para no ser una carga para la asistencia social del país de acogida. Por otro, algunos estados exigen un permiso de trabajo a las personas provenientes de nuevos países miembros durante siete años desde la adhesión a la UE. En la actualidad esto afecta a los croatas.

¿En la cuerda floja?

El discurso antiinmigración es un clásico en Europa que ha alcanzado niveles preocupantes con cada crisis económica, con cada cita electoral y con cada ingreso de nuevos estados miembros, desde los de España y Portugal (1986), pero que «estos últimos años se ha radicalizado hasta niveles peligrosos», avisa el catedrático de Derecho Internacional Privado de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) Rafael Arenas.

«Es una enorme contradicción que puedan circular los capitales y las mercancías, que la libre prestación de servicios se esté globalizando y que sin embargo los controles para las personas sean cada vez más intensos», asegura Arenas. El auge de partidos xenófobos y de extrema derecha como el SVP suizo, el UKIP británico y el FN francés -es-

tos últimos con perspectivas de crecer significativamente en los comicios europeos de mayo-amenaza con arrastrar a los respectivos gobiernos. Ahí están las recientes medidas de Londres de restricción de ayudas sociales y, sobre todo, el triunfo del sí en el referendo suizo del pasado febrero para limitar la inmigración, que obligará a renegociar el acuerdo de este país con la UE.

Desigualdades

Y es asimismo ilustrativo que a la estrategia de echar la culpa al extranjero, utilizada tradicionalmente por la ultraderecha, se sumen algunas voces del centro y el centroizquierda, como el ministro del Interior francés, el socialista Manuel Valls, que ha señalado públicamente a los gitanos rumanos y búlgaros.

A los detractores de la libertad de circulación, Ferran les dice que «el problema no son los otros, sino las desigualdades dentro de la UE. Por mucho que se empeñen, el

proyecto europeo es imparable, sencillamente porque en el mundo cada vez cuentan menos países como Francia, España o Alemania si están solos, ya que a escala global son minúsculos. La UE nos interesa a todos».