La 'playlist' de la Euro

Una burla del destino de crueldad insoportable

Yves Eigenrauch, en un partido de la Copa de la Uefa contra el Brujas, el 3 de diciembre de 1996.

Yves Eigenrauch, en un partido de la Copa de la Uefa contra el Brujas, el 3 de diciembre de 1996. / S04

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Rafael Tapounet
Rafael Tapounet

Periodista

Especialista en música, cine, libros, fútbol, críquet y subculturas

Escribe desde Barcelona

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Yves Eigenrauch era un futbolista alopécico de mandíbula impresionante que jugó durante 12 temporadas como lateral derecho en el Schalke 04 y se ganó el aprecio de la hinchada del club minero por su ferocidad y su constancia a la hora de anular el juego de las estrellas rivales. Un perro de presa en toda regla cuya hora de gloria llegó en un partido de cuartos de final de la Copa de la Uefa 1997-1998 (competición que los de Gelsenkirchen habían ganado el año anterior) en el que protagonizó un marcaje implacable a Ronaldo Nazário de Lima, entonces en las filas del Inter de Milán.

Por alguna razón nunca del todo aclarada, la banda de indie-rock de Hamburgo Tomte (nombre tomado de un personaje de un cuento de Astrid Lindgren, la autora de ‘Pippi Calzaslargas’) compuso una intrigante canción dedicada a Eigenrauch y la incluyó en su segundo elepé, ‘Eine sonnige nacht’. La pieza, todo voz quejumbrosa y arpegios de guitarra, suena como si al ‘Creep’ de Radiohead le hubieran extirpado la parte del subidón. Su título, ‘Yves, wie hältst du das aus’ (traducido: Yves, ¿cómo puedes soportarlo?), resulta muy enigmático, porque en el momento de la publicación del disco, en noviembre de 2000, el defensa no había padecido ninguna desdicha especialmente destacada en el terreno futbolístico, más allá del ninguneo sistemático al que le había sometido el seleccionador alemán Berti Vogts. En realidad, la gran calamidad estaba a la vuelta de la esquina.

Solo seis meses después de que el álbum de Tomte viera la luz, el Schalke 04 acariciaba con los dedos el primer título de campeón de la Bundesliga de su historia. A falta de dos partidos, los mineros encabezaban la tabla empatados a puntos con el Bayern de Múnich y con un mejor balance de goles que los bávaros. En la penúltima jornada, ambos equipos parecían condenados al empate en sus respectivos encuentros, pero el Schalke, que visitaba al Stuttgart, encajó un gol en el último minuto. Pasaron siete segundos y el Bayern anotó el tanto del triunfo ante el Kaiserslautern sobre el pitido final. En menos de lo que se tarda en decir Gelsenkirchen, los muniqueses habían cobrado una inesperada ventaja de tres puntos en el campeonato. Quienes pensaron entonces que el Schalke había completado su cupo de fatalidades se equivocaban por completo.

Lo imposible

El último partido del curso era además el último partido que el Schalke 04 jugaba en la que había sido su casa durante 28 años: un abarrotado Parkstadion cuyas gradas vibraban con una extraña mezcla de resignación y fe en los milagros. Castigado por las lesiones, Yves Eigenrauch se quedó fuera del equipo que aquel día se enfrentó al ya descendido Unterhaching. El choque fue una locura y los mineros tuvieron que remontar en dos ocasiones la ventaja visitante para imponerse por 5 a 3. Cuando el árbitro dio por concluido el encuentro, todo el público estaba ya pendiente de lo que acontecía en el Volksparkstadion de Hamburgo, donde, en el minuto 90, el Bayern empataba a cero. Y entonces sucedió lo imposible. Marcó el Hamburgo.

La afición del Schalke se volvió literalmente loca y se lanzó al césped. El frenesí subió de nivel cuando, al cabo de tres minutos, corrió el rumor de que el partido había acabado. Para que los espectadores pudieran certificar la conquista del título y paladearla a gusto, los videomarcadores del Parkstadion conectaron con lo que ocurría en el campo del Hamburgo. Pero lo que mostraron las pantallas, en impecable directo, no fue el final del encuentro (el rumor era falso) sino el gol del empate del Bayern, anotado de un tiro de falta por Patrick Andersson en el minuto 94.

En ese momento sí estaba ya plenamente justificado lo de dirigirse a Eigenrauch y preguntarle: Yves, ¿cómo puedes soportarlo?

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