La música, esencial para vivir a fondo la aventura de los videojuegos

“Not a game”, un nuevo documental de Movistar+ le toma la medida a un espectáculo que mueve millones y aborda las distintas perspectivas del fenómeno gaming, que ha ahondado la brecha generacional entre padres e hijos en los hogares de medio mundo.

Entre otras perspectivas, aborda la creación musical como una de las salidas profesionales que han surgido a la sombra del boom de los eSports.

La música es un lenguaje universal y una vía directa hacia esa parte del cerebro que rige las emociones. Casi como por arte de magia, unas simples notas pueden hacernos llegar allá donde no lo consiguen las palabras ni las imágenes. Los acordes de Star Wars nos anticipan que estamos a punto de vivir una aventura épica; los de E.T. nos despierta ternura instantáneamente y los primeros compases de Tiburón o Psicosis nos erizan la piel y nos ponen en alerta. Son sólo algunos ejemplos que demuestran que la banda sonora es un ingrediente imprescindible en la narrativa del cine y, por las mismas razones, también de los videojuegos. Un buen soundtrack es crucial para vivir una experiencia inmersiva completa cuando nos embarcamos en la aventura de cualquier videojuego.

“Not a game” es un documental que plantea las diferentes perspectivas del fenómeno del gaming y los eSports que ha abierto una importante brecha generacional entre padres e hijos.

Los juegos son proyectos audiovisuales que requieren un proceso de creación en el que están involucrados numerosos perfiles profesionales: diseñadores, artistas y animadores, programadores y desarrolladores, guionistas… Y, por supuesto, músicos y compositores. “Not a game” es un documental que aborda las diferentes perspectivas del fenómeno del gaming y los eSports que ha cambiado los intereses de niños y jóvenes, lo que les hace felices y la forma en que se divierten y se relacionan y ha abierto una importante brecha generacional entre padres e hijos. A través de entrevistas a psicólogos, jugadores profesionales, creadores, artistas y otras personas implicadas en el sector, presenta los diversos puntos de vista sobre este cambio de era, así como el nacimiento de un espectáculo cada día más profesionalizado que mueve millones de fans en todo el mundo.

Nuevas salidas profesionales

Una de esas perspectivas es la de las nuevas oportunidades profesionales en un negocio en pleno boom. El gaming y los eSports no son sólo un juego, son una pasión y un modo de vida que está atrayendo cada vez más talento de diferentes disciplinas. Así lo vivió Johnny Yates, compositor londinense cuya pasión por los videojuegos se relata en el documental. Johnny nació con problemas de audición y fue un niño solitario, con problemas en casa y en el colegio, que pasaba horas encerrado en su cuarto jugando a videojuegos.

Cuando le operaron y pudo por fin oír, fue para él como volver a nacer en un mundo nuevo lleno de música y sonidos fascinantes. Inmediatamente quedó cautivado por las sintonías de sus juegos favoritos.

No hay grandes diferencias entre el cine y los videojuegos. Los dos hacen uso de la narrativa, de personajes, decorados, vestuario y bandas sonoras. El objetivo es el mismo: mover las emociones a través del paisaje sonoro de la historia

“Crecí loco por Star Wars. Recuerdo la música del juego Luke Skywalker, cuando sonaba era como ¡guau! Me sentía parte del juego, estaba conectado a la música, me convertía en el mismo Skywalker con ella, esto cambió mi vida por completo. Esto era lo que yo quería hacer, escribir música que contara una historia”. Para él, tal y como explica en “Not a game”, no hay grandes diferencias entre el cine y los videojuegos. Los dos hacen uso de la narrativa, de personajes, decorados, vestuario y bandas sonoras. El objetivo es el mismo: mover las emociones a través del paisaje sonoro de la historia.

La diferencia, sin embargo, radica precisamente en la esencia de los videojuegos: la interactividad con el gamer, que no es un mero espectador, sino el verdadero protagonista de la historia y parte activa de lo que acontece. Por eso, mientras que la banda sonora de película es fija, la de los videojuegos es adaptativa. Es decir, debe ceñirse a su objetivo, que no es otro que acompañar al jugador en la acción que decida emprender en cada momento. Para ello, la música debe estar grabada en diferentes pistas o capas que se activan según lo que está pasando en el juego y, de ese modo, inyectarnos un extra de adrenalina en una persecución trepidante, meternos el miedo en el cuerpo cuando atravesamos un escenario siniestro, o llevarnos a otros mundos y otras épocas. Se encarga, en definitiva, de exaltar las emociones del jugador.

Mientras que la banda sonora de película es fija, la de los videojuegos es adaptativa. Es decir, debe ceñirse a su objetivo, que no es otro que acompañar al jugador en la acción que decida emprender en cada momento.

Para ello, lo óptimo es que la participación del compositor empiece desde el embrión mismo del videojuego, en la fase de preproducción, cuando se presenta el storyboard y el concepto artístico. Involucrarse en el proyecto cuanto antes permite conocer a fondo el guión y sus giros, el avance de la historia, la mecánica del juego y la estética artística. Todo debe funcionar como una unidad.

Historia de la música

La música para videojuegos ha ido poco a poco ganando en relevancia de manera que las bandas sonoras han alcanzado fama y prestigio propios, independientemente del éxito del juego.

La consecuencia es que ya es considerado un género en sí mismo que se enseña, incluso, en algunas universidades y que, en países como Japón ocupa los puestos destacados en las listas de ventas con artistas tan aclamados como estrellas del pop.

Aunque no siempre fue así. En los primeros pasos de los juegos de ordenador, la tecnología no permitía mucho más que unos modestos efectos de sonido muy limitados que contribuían, sin embargo, a aportar cierta emoción a la experiencia de juego. Es el caso de “Pong” el rudimentario primer videojuego de la historia (1972), de Pac-Man, con su reconocible sonido monofónico que se repetía en bucle, o la musiquita de Donkey Kong que marcaron una época. El avance de la tecnología fue abriendo nuevas posibilidades para la música de los juegos electrónicos y la sintonía de Mario Bros (1985) supuso un antes y un después. La musiquita que acompañaba al popular fontanero italiano en sus andanzas sigue siendo hoy reconocible con los ojos cerrados y tiene el mérito de ser la primera banda sonora creada por un compositor profesional, Koji Kondo. Él es uno de los nombres más reputados de la industria, consagrado después con otras obras míticas como las de toda la saga Zelda, considerada uno de los mejores soundtracks de la historia de los videojuegos.

La música de los videojuegos se considera ya un género en sí mismo que se enseña, incluso, en algunas universidades y que, en países como Japón ocupa los puestos destacados en las listas de ventas con artistas tan aclamados como estrellas del pop.

Otros nombres memorables son Nobuo Uematsu, responsable de la música de Final Fantasy; Akira Yamaoka, conocido por la banda sonora de Silent Hill; Michiru Jamane, autor de Castlevania; o Jeremy Soule, que ha compuesto la banda sonora para más de 60 videojuegos, entre ellos la saga The Elder Scrolls y Harry Potter. Su éxito y reconocimiento es tal que su trabajo se compara con frecuencia con compositores de bandas sonoras de cine míticas como John Williams (Star Wars, E.T., Indiana Jones), Hans Zimmer (El rey león, Piratas del Caribe) o James Horner (Titanic, Braveheart).

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