"No estás mal, pero estás encerrado"

Mujer triste con la cara tapada.

Mujer triste con la cara tapada. / 123RF

Sergio López

Te despiertas, dudas unos minutos, piensas que nada ha cambiado y decides hacerlo. Te vas a hacer el desayuno. Cada día te cuesta más, pero acabas haciéndolo. Disfrutas del desayuno acompañado de noticias, con alguien o solo.

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Después de ese rato de placer, de no pensar en nada, empiezas un día que sabes que será eterno, que queda mucha semana, que no llegas a tiempo a todo y que el empujón de alegría o de ganas que sueles tener, ya no lo tienes. No estás mal, pero estás encerrado. No vas a tomar nada con nadie, no puedes cenar con gente, no puedes hacer absolutamente nada y sabes que no se está arreglando.

Ese es nuestro encierre; el encierre de miles de personas que ya no saben qué hacer, que están aprendiendo a tener paciencia, a sufrir todos los días lo que haga falta y siempre mirando hacia delante. Estar solos ya es algo que nos cuesta (a todos), pero hacerlo mientras te pasas el día estudiando y trabajando es más duro. Tengo la sensación de que necesito un abrazo o un simple ''¿cómo estás?'', pero no desde el móvil.

Hoy me despierto y no sé si seguir o rendirme un poco. No es la primera vez que lo pienso y sé que no me rendiré. Sin embargo, quiero que este día acabe ya, a ver si mañana me despierto con ganas de algo.

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