25 oct 2020

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Vivimos (des)acelerados.

José Antonio Malvido López

José Antonio Malvido López

Ir y venir de gente con prisa.

Ir y venir de gente con prisa. / SAMUEL ARANDA

Caminamos a paso rápido por aceras  concurridas, llamamos por teléfono, escribimos un mensaje y  realizamos un selfie. Inmediatamente corremos para no perder el tren, nos detenemos  y pensamos en lo que tendremos que hacer hoy; lo hacemos y se acaba el día.

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El modelo social enmarcado en el modelo económico en el que nos encontramos sumidos nos incita a no perder el ritmo, a mantenerlo e incluso a superarlo. Vivimos en una época en la que la prisa se presenta como característica intrínseca del ser humano. Tímidamente aprendemos a desarrollar los quehaceres diarios de forma mecánica, pudiendo hablar de una prisa perenne. Sabemos dar respuesta a las vicisitudes que se nos presentan y somos capaces de lograr superarnos si la situación lo requiere. Sin embargo, este automatismo crea un desasosiego que nos encoge, nos debilita y encarecidamente nos desestabiliza.

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Nos encontramos con un ser humano que en una gran infinidad de situaciones, no es capaz de reconocer su propia idiosincrasia. Nos hemos olvidado de vivir, de vivirnos y querernos para luego compartirlo con los demás. Postrados ante el miedo, la indiferencia  y el individualismo, evadimos comprometernos e involucrarnos demasiado. Huimos ante el primer contratiempo para posteriormente reafirmarnos, asegurando que hemos seleccionado la mejor opción. ¿Qué le pasa a nuestras emociones? ¿Qué le pasa a nuestra capacidad de empatía? ¿Qué le pasa a la humanidad?

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Tradicionalmente desde la educación se le ha dado únicamente peso aspectos cognitivos como la atención, la percepción y la memoria; obviando aspectos como la motivación, la inteligencia emocional  o la educación emocional. Si lo que se pretende fomentar es el desarrollo de personas para la vida, no tiene sentido que sentimientos tales como el amor o la pérdida no sean tratados en las aulas. ¿Cuántos de nosotros hemos aprendido, en la escuela, cómo desarrollar el duelo de forma sana?

Hablamos, juzgamos y valoramos a los demás, continuamente, en términos cuantitativos. Desechamos todos aquellos aspectos que presentan con mayor complejidad de evaluación pero que se encuentran íntimamente relacionados con nuestros resultados académicos y nuestro desarrollo como seres sociales.

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Somos individualistas. Sin embargo, continuamente nos entristecemos cuando nos damos cuenta de que los demás realizan sus actividades de forma individual, repulsando cualquier tipo de colaboración; nos molesta. Es en ese momento cuando comienza a crecer en nosotros la soledad. Una soledad reacia, real y amarga que se desarrolla en un mundo en el cual nos encontramos continuamente conectados y que nos lleva a elevar insustancialmente  este individualismo. Nos obcecamos en buscar la compañía, y tras encontrarla, la desechamos o incluso nos centramos tanto que nos olvidamos de los demás. La sinrazón de esta situación incluso nos remite a un contexto más complejo, nos impide vivirnos a nosotros mismo y conocernos para poder posteriormente vivir y conocer a los demás. Desarrollamos casi una patología con la que pretendemos que los demás nos vivan o nos hagan vivir.

El pretender ser cada uno más y pretender más, nos ha conducido a evolucionar a un tipo de sociedad que ha avanzado considerablemente  en la técnica, pero que continúa matándose y discriminándose. Tenemos conciencia de lo que nos gustaría ser, sin embargo, no queremos tenerla de lo que somos.

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