05 jun 2020

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Un país robado

Mario Martín

Mario Martín

Un país robado

Imaginemos un país en un recóndito lugar cuyo rey hubiera amasado una inmensa fortuna a base de intermediar en la venta de productos y servicios de sus súbditos empresarios a otros Estados. Un rey divertido y cercano, capaz de construir al lado de su real palacio un refugio para su amiga entrañable, mientras el reino era dividido entre diecisiete.

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Imaginemos un pueblo tan ilusionado y participativo, tras muchos años aislado del resto del mundo, que cada cuatro años celebraba su libertad de poder elegir entre una de las dos formaciones políticas previamente seleccionadas por los cuatro poderes.

Un sistema tan abierto a las minorías que la mayoría política, fuere quien fuere, siempre precisaba conseguir el apoyo de los territorios históricos que habían sido mejor tratados en las épocas oscuras, ya felizmente olvidadas.

Imaginemos una familia real, unida solo en los posados, en la que el cuñado del rey estuviera en la cárcel y el suegro de este hubiera renunciado a serlo para garantizar la herencia a su hijo, mientras pasaba de cazador a cazado.

Un país atravesado por el síndrome del 3%, cuando no del 5% o el 10%, pero feliz más allá del desfalco o la prevaricación de sus dirigentes, porque en cada territorio lo fuera en su propia lengua oficial, en organizado reparto y equilibrio entre unos u otros; y para lo que sucediera más allá de las fronteras sería de aplicación el párrafo uno.

Imaginemos a un cónsul de un territorio, primera autoridad del Estado en él, confeso evasor fiscal, con unos hacendosos hijos valedores de la fortuna del padre, forjada con contumacia e insistencia, hasta el extremo que uno de ellos pacte, por un presunto delito, la pena de cárcel por dos años y medio, con tal de no ser juzgado por un jurado popular.

Una amistad tan profunda y duradera entre el viejo rey y el más veterano de sus cónsules, edificada en el mutuo conocimiento: "Si vas segando la rama de un árbol, al final cae toda la rama con los nidos que hay. Pero no solo cae esa rama, también caen las otras".

Imaginemos un reino, que ya troceado en partes (17), fuera de cómodo reparto, levante por allá, el noroeste por allí, el sur por aquí, el oeste por acá y lo demás por acullá, pero unido en el uso de sus mismos testaferros y paraísos fiscales.

Nada faltaría en ese imaginario país; por no faltar, la justicia sería ejemplar, ya que cualquier robagallinas cumpliría sus condenas sin mermas ni indultos, con las honrosas excepciones de todos quienes habiten las ramas del metafórico árbol del Estado.

Tranquiliza pensar que todo lo aquí enumerado no es más que un relato de ficción, porque si fuera cierto se trataría de un país robado.

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