Un análisis de las elecciones andaluzas: sin la audacia del PSOE tras el 21-D

La presidenta andaluza, Susana Díaz, en rueda de prensa en la sede del partido en Sevilla.

La presidenta andaluza, Susana Díaz, en rueda de prensa en la sede del partido en Sevilla. / JULIO MUÑOZ (EFE)

Mario Martín

Mario Martín

La política es conectar con las necesidades de la gente y ser capaz de hacer ver la opción que se representa, como la mejor manera alcanzar el bien común. La política, básicamente, es estrategia, anticiparse y sorprender, especialmente, a la hora de negociar y formar mayorías para alcanzar el poder desde el cual cambiar las cosas o mantenerse en él, dependiendo del interés de cada cual. El pasado 2-D el PSOE aún siendo la primera fuerza en votos, perdió la mayoría que había sabido concitar a su alrededor en los 37 años de historia de la Junta de Andalucía y parece en un aparente shock desde aquella misma noche electoral, asistiendo como simple pseudo-espectador a las negociaciones abiertas entre el PP y Ciudadanos para establecer un nuevo gobierno andaluz armado en torno a los 47 escaños que sus dos formaciones representan en el cámara autonómica andaluza, sin pacto público con Vox, al menos de puertas hacia fuera.

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Desde la misma noche de la confrontación electoral se deslizó una de las claves en las que habría que leer el resultado de los comicios, o al menos las interpretaciones que los líderes de las distintas formaciones daban a lo sucedido, y ahí destacó el mensaje de Ciudadanos, al comunicar que entendían que ser la única opción que crecía en apoyos, con la notable excepción de Vox, les hacía merecer encarnar el cambio votado en las urnas por los andaluces.

Pues tanto PSOE, como PP, como Adelante Andalucía, sufrieron retrocesos importantes. Ciudadanos ha sido socio de gobierno del PSOE en Andalucía durante tres años, lo cual no le ha impedido recoger un notable crecimiento en estas elecciones del 2018, pero su defensa de la necesidad del cambio en la Junta de Andalucía no le tendría porque hacer ascos a que la candidatura de su líder autonómico, Juan Marín, recogiera el apoyo de los 33 diputados regionales socialistas, a los que sumar los 21 de la formación naranja, para formar una mayoría a un solo escaño de ser absoluta.

Lo llamativo es que el PSOE se ponga la venda antes de la herida, sin dar el necesario paso adelante, dando por rotos los puentes de cualquier capacidad de negociación con su antiguo socio de legislatura, incluso cediendo la presidencia del nuevo gobierno andaluz. ¿Acaso el PSOE prefiere ser oposición y dejar en manos de PP y Ciudadanos (con los apoyos de Vox ) el Gobierno, que mantenerse en él, aunque sea en coalición? Quizás entienda, el PSOE, que tendría un coste electoral a futuro su apoyo a Ciudadanos, ostentando un mayor numero de escaños. Pero en todo caso sería más que interesante evaluar la respuesta de la fuerza naranja ante la posibilidad de presidir Andalucía desde una fórmula Borgen.

En todo caso, si Ciudadanos fuera puesto en la dicotomía de ser apoyo de un Gobierno del PP en Andalucía o presidir uno alternativo que contara con el respaldo de los 33 escaños del PSOE, es más evidente que, bien por su derecha, bien por su izquierda, le generaría un desgaste electoral a futuro y no solo en tierras andaluzas. Susana Díaz se ha apresurado al confirmar que, en cualquier caso, ella liderará la oposición del PSOE en el parlamento andaluz y ello es síntoma de que ya se ha aceptado a ella misma en ese rol, y en este momento lo que tocaba a quien está en su responsabilidad era ejercer un rol de liderazgo, con más audacia, tal como recomendaba el político italiano de siglo XIX, Camilo Benso, al afirmar que "existen circunstancias en que la audacia es la verdadera prudencia", y ese rasgo parece que falta en el PSOE andaluz tras el pasado 2-D.

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