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"El tío Ovidio y la locura"

"El tío Ovidio y la locura"

Leer la novela 'Panza de burro', de Andrea Abreu, me ha traído muchos recuerdos de infancia, en especial esta escena hacia el final: “Desde la cocina se oía la risa aguada de tío Ovidio. Tío Ovidio siempre triste, siempre cambado, riéndose solo cuando veía pelis de Cantinflas. ¿Por qué llevaba tantos años encerrado?”. Me acordé de un miembro de mi familia que tenía una discapacidad mental, al que se cuidó hasta su muerte, como se hacía con los discapacitados y con los enfermos mentales, que muy a menudo estaban integrados en el lugar donde vivían.

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No descubro nada si afirmo que todo ha cambiado enormemente con la migración a las grandes ciudades. La persona que cae en una enfermedad mental puede encontrarse con frecuencia sin el apoyo de su familia directa y de sus vecinos. Ya no existe esa red social. No solo eso, la soledad, además de agravar las circunstancias, puede ser el propio desencadenante de la enfermedad. Más aún con el aislamiento al que nos han forzado estos dos años de pandemia y el estrés derivado de ella.

Lo que resulta irónico es que aconsejen a la población que desactiven el estigma que conlleva la enfermedad mental, que proclame a los cuatro vientos su locura, pero que no proporcionen los medios para curarse. El número de profesionales de salud mental españoles se triplica en Europa. Un afortunado mutualista puede optar a hacerse un psicoanálisis en un máximo de diez horas.

En cuanto al trabajador, ¿de qué le sirve declararse enfermo si nadie lo va a curar? ¿Para perder un empleo? ¿Para no conseguirlo?

Me temo que la locura seguirá llevándose en la intimidad, con vergüenza o con miedo -o ambos- y sin grandes expectativas. La locura seguirá siendo personal e intransferible.

Volveremos a cruzarnos en el barrio con alguien que camina de una forma extraña y tiene la mirada perdida. Y el tío Ovidio seguirá riéndose con desgana de las películas de Cantinflas, o ahora quizá con las comedias de Santiago Segura.

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