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Educada en libertad y para la libertad

JULIO CARBÓ

Cabecera de la marcha barcelonesa en la celebración del Día Internacional de la Mujer.

María Jesús Alonso FernándezMadrid

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Miércoles, 7 de marzo del 2018 - 13:30 h

Un 8 de marzo del año pasado, de camino a casa, coincidí con la marcha del Día de la Mujer. "¡Felicidades, hoy es su día!", me espetaron con alborozo distintos jovencitos. "Gracias, pero todos los días son mi día, no dejo de ser mujer ningún día de mi vida", dije yo. Sonrieron asintiendo y siguieron adelante con sus compañeras portando pancartas y gritando consignas.

Pensé: soy afortunada, fui educada en libertad y para la libertad. ¿El límite? Donde empieza la libertad del otro. Educada sin clichés para sentirme válida por mí misma sin necesidad de reflejarme en un esposo, educada para ser independiente, sin más techo que mi valía.

Nunca me sentí especialmente concernida por el activismo femenino. Mujeres como yo, crecidas en democracia, encontramos un camino allanado por generaciones de mujeres valientes, inconformistas y reivindicativas. Ellas se cuestionaron su forma de estar en el mundo, equiparar derechos era una obligación.

A todas esas mujeres comprometidas con su destino y con el de generaciones futuras, ¡muchas, muchas gracias!, especialmente a mi madre por su ejemplo.

El Día de la mujer pretende visibilizar el machismo existente en la sociedad. La mujer reclama su dignidad como persona-mujer, como persona de calidad, como persona capaz de tener criterio propio e independencia. Le grita al mundo: "Miradme, soy una persona como cualquier otra, como el resto de personas hombres, soy capaz de llegar allí donde mi valía personal me permita. No necesito ir unida a una persona hombre para ser tenida en cuenta, por mí misma valgo lo que cualquier otra persona".

Hombre y mujer deben ser y estar considerados personas iguales ante la ley. Diferentes en lo físico y psíquico, nos enriquecemos y complementamos. No soy princesa de nadie, soy la reina de mi propia vida. Cuando una mujer avanza ningún hombre retrocede. La exageración tiende a la irrelevancia, politizar el lenguaje con 'palabros' -'portavoza', 'miembra'- es torpe.

¡Somos fuertes, somos imparables!

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